Bon Appétit

No hay receta para nosotros, así que tendremos que improvisar.

Mi consejero oficial de cine sigue acertando de pleno con sus recomendaciones. Una vez más, me sorprende con la película correcta en el momento oportuno. David Pinillos debutó en el cine llevándose el Goya 2011 a Mejor Director Novel, y no es para menos. Se trata de una película bien hecha, a medio camino entre el drama y la comedia romántica, muy resultona. En algunas cosas, me recordó (salvando siempre las distancias, claro) a la maravillosa «(500) Days of Summer».

Dani huye de su Bilbao natal en busca de su lugar en el mundo. Deja atrás a una novia a la que ya no quiere, aunque no se atreva a decírselo. Acaba trabajando en Wackerle, un prestigioso restaurante de Zurich donde hay más gente perdida como él: Hugo, un guapísimo italiano responsable de la cocina, y Hanna, una chica alemana que además de ser la sumiller del restaurante, enamorará al protagonista con su sonrisa y su espontaneidad. Supervisándolos a todos, está el estricto dueño del restaurante, Thomas, preocupado por las apariencias y por no perder todo aquello que tanto le ha costado construir.

La película no destaca por su argumento, sino por la naturalidad con que está tratado todo. No hay grandes giros argumentales ni vueltas de tuerca: las cosas van fluyendo como toca, sin más. Sientes que si esta historia fuera real, ocurriría justamente así. Tal cual. Pasito a pasito, escena a escena, emoción a emoción, con los mismos miedos y los mismos besos fugaces que comparten Dani y Hanna. Ese acercamiento sutil, sin prisa pero sin pausa, ese notar la magia entre dos personas, ese tener miedo de decir demasiado, pero también miedo de no decir suficiente.

Los diálogos están cuidadísimos, hay escenas muy logradas (el paseo nocturno, la primera cena, el amanecer sobre Zurich…). Unax Ugalde y Nora Tschirner consiguen una complicidad excelente entre ambos, nada fácil teniendo en cuenta que sus personajes no cruzan la barrera de la amistad. A destacar la selección de canciones, temas que refuerzan tan bien las escenas que parecen compuestos expresamente para la película.

Me quedo con dos momentos: Hanna cantando Strange Things Will Happen en el coche (inigualables la dulzura de su sonrisa y ese cruce de miradas) y la improvisación de Dani, que con 4 ingredientes muy dispares (spaguettis, naranjas, huevos y caramelos de menta) se las maneja para preparar una deliciosa cena. La vida es eso: atreverse a cocinar algo rico incluso cuando la nevera se te pone a la contra. Y con paciencia y empeño, acabas encontrando tu lugar.

No Strings Attached / Sin compromiso

Siempre he presumido de no tener prejuicios. Cada película tiene su momento, y del mismo modo que me gusta ver películas con sustancia, profundas (por decirlo de algún modo: odio ese adjetivo), también disfruto con otras más palomiteras cuando toca. La verdad es que ahora que voy solo al cine más a menudo, el número de películas gafapasta que veo se ha incrementado, pero el miércoles me apeteció una buena dosis de comedia romántica sin pretensiones. Lo bueno de las comedias románticas es precisamente su previsibilidad: sabes que vas a salir del cine con una sonrisa de lado a lado, dando saltitos y creyendo en el amor. «Sin Compromiso» cumple su cometido. Al menos, conmigo, porque parece que a nadie más de mi entorno le ha convencido, todos la han encontrado absurda y lenta. Y quizá no les falta parte de razón, pero a mí no me importó.

Ya sabéis de qué va esto: chico conoce a chica, el destino los separa y los vuelve a unir cuando ninguno de los dos busca ninguna relación seria. Se convierten en follamigos y… En fin, no os voy a destripar la película pero os podéis hacer una idea. Si queréis sorpresas, giros argumentales y frases memorables, es que habéis entrado en la sala equivocada del cine. Lo cierto es que a Natalie Portman no se la acaba de ver cómoda en su papel (afortunadamente lo compensa siendo la buena actriz que es); Ashton Kutcher en cambio está en su salsa. La química entre los dos es aceptable, supongo que influye que sean tan guapos.

La película cobra color gracias a los personajes secundarios: el padre de Ashton en plan vieja gloria patética, la asistente friki y muy pava, la ex novia petarda, la jefa majara, la amiga basta, la hermana incapaz de estar sola… Son estos secundarios los que brindan las mejores escenas de la película, y debo reconocer que con ellos me reí mucho. La asistente desatada quitándose la camisa y hablando en voz alta es adorable, por ejemplo. He leído ciertas críticas hacia Ashton Kutcher (y su físico), los años no pasan en balde. A mí, en cambio, me gusta mucho más ahora: más natural, menos crío.

No cambiará vuestra vida, no pasará a engrosar vuestras listas de «las mejores comedias románticas», pero en mi caso me hizo pasar hora y media agradable. También es cierto que ahora estoy en una etapa muy receptiva, en cualquier cosa encuentro detalles que apreciar, pequeñas lecciones que aprender, ciertos detalles en los que sentirme identificado y otros con los que recordar cuál es mi camino. Y estoy así de receptivo y analítico incluso viendo algo insustancial como «Sin compromiso». Ni los planos del culazo de Ashton me despistan. Corroboro lo que siempre digo: no hay que obsesionarse en buscar, pero tampoco hay que cerrar puertas a nada. Hay que disfrutar de todas esas oportunidades que surgen espontáneamente, sin que las persigamos. Tener a miedo al sufrimiento sólo nos hace sufrir aún más.

La vida de los peces

El cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás.

Tenía muchas ganas de ver esta película del chileno Matías Bize desde que vi el tráiler la semana pasada, incluso antes de saber que fue la ganadora del último Goya a Mejor Película Hispanoamericana. Me enamoré del título, me enamoré de Santiago Cabrera y me enamoré del propio tráiler: casi mudo, sólo mostraba miradas y abrazos bañados por una música mágica. Tenía el sabor de un reencuentro antes de la última despedida. Y es que precisamente de eso trata «La vida de los peces». De la última despedida de Andrés, que después de 10 años de ausencia vuelve a su Chile natal para reencontrarse con su gente y despedirse de ellos, cerrar ciertos cabos sueltos antes de instalarse ya definitivamente en Berlín.

Los primeros compases de la película reflejan perfectamente esa sensación de curiosidad y extrañeza ante un mundo que ya no es el tuyo. Gente que fue tan importante y ahora apenas reconoces, con la que lo único que queda en común es el pasado, habitaciones vacías llenas de recuerdos, esas ganas locas de irte y al mismo tiempo de posponer lo máximo posible tu marcha. Andrés deambula por la casa durante un cumpleaños que ha reunido allí a mucha gente, y conversa con las personas que siguen instaladas en aquel lugar después de 10 años, con mujeres que se niegan a perder su atractivo, con niños que no existían cuando él se fue, chicas que ahora han crecido e intentan seducirle, abuelas que siguen al cuidado de todo como siempre… Andrés da vueltas y vueltas por la casa, él mismo se define como un turista.

Y entonces llega el momento clave de la película: el reencuentro con la novia que abandonó hace 10 años, Beatriz. A partir de ahí, la película toma otro ritmo y otro tono, mucho más melancólico. Ya no hablamos sólo de adioses, sino también de oportunidades perdidas, de cosas que se estropearon sin saber muy bien porqué. Escena a escena, diálogo a diálogo, vamos obteniendo un retrato de Andrés y Beatriz, de la vida que dejaron atrás, de las vidas que llevan ahora (él es redactor de viajes para revistas y guías; ella ha formado una familia, tiene dos hijas), de los motivos que impulsaron a Andrés a irse a Europa.

Todo se sugiere más que se dice, tienes que ir reconstruyéndolo a partir de todos esos detalles que se mencionan en diferentes escenas. Es una película lenta e intimista, construida exclusivamente a base de diálogos y pequeños gestos de gran importancia. No esperéis un ritmo trepidante ni nada más que el retrato de unos personajes, su pasado añorado, su presente impuesto y el futuro al que aspiran. La película está montada, además, casi en tiempo real: dura una hora y veinte, y asistes a la última hora y veinte de Andrés en esa casa de Chile.

La química entre Andrés (Santiago Cabrera) y Beatriz (Blanca Lewin) es asombrosa. Sus conversaciones están cargadas de significados ocultos, pero no son menos enormes las miradas, sonrisas y gestos que entrecruzan. Destaco la escena en la que ambos escuchan a un hombre cantar «Nubes» de Inverness acompañado por una guitarra (el verso «El cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás» resume toda la película), así como la escena de la pecera, bellísima. Por no hablar de la escena final, completamente muda y sin embargo, la más significativa de todas. Se dice todo con las miradas, y lo remarca esa música maravillosa que no para de crecer, violines y pianos que envuelven a los personajes por última vez. El violín intenta arrastrar del piano, consolar su tristeza, alejarlo de las percusiones y las guitarras que los rodean. Una maravilla.

No es una película redonda. El ritmo (obligado por los diálogos, ese único espacio y ese montaje en tiempo real) se puede hacer pesado a ratos, y la metáfora de gente dando vueltas por una casa como peces en una pecera lleva a momentos de redundancia, de pensar que la casa es circular y que Andrés no se va a acabar de ir nunca. A pesar de todo, «La vida de los peces» deja un poso muy agradable, la satisfacción de haber presenciado una buena historia, sencilla y emotiva, con la que te puedes identificar porque todos nos hemos despedido del pasado, todos hemos sentido esa curiosidad por cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos tomado otras decisiones. Los inevitables «¿Y si…?». Y como no podía ser de otro modo (no quiero ser pedante, pero es triste pensar que últimamente la calidad de una película es inversamente proporcional al número de salas donde se estrena), sólo encontramos un cine en toda Barcelona que la proyectase. Intentad verla, porque merece la pena.

Te mentiría si te digo que no pienso en cómo será otra vida, cómo será estar contigo. Si estuviésemos en una tormenta de nieve, o en un pueblito. O las cosas simples: comprar fruta, pagar las cuentas, ir a comprar un regalo… No es que no quiera lo que tengo, es sólo que no puedo evitarlo, quisiera asomarme a mirar, a mirar otra vida.

Howl / Aullido

¿Qué pasa cuando haces una distinción entre aquello que le dices a tu amigo y aquello que le dices a tu Musa? El truco está en quebrar dicha distinción y aproximarte a tu Musa sinceramente, como te hablarías a ti mismo o a tus amigos. Es la capacidad de comprometerse a escribir de la manera que tú eres.

(Allen Ginsberg)

Se le llama calidad de vida: salir de trabajar el sábado por la tarde, comprar una entrada en los cines Verdi (que tengo al lado), volver andando a casa para cenar allí tranquilamente, dar otro pequeño paseo por las callejuelas y las tiendecitas de Gracia de regreso a la calle Verdi, disfrutar una crepe de chocolate antes de entrar al cine. Adoro mi barrio.
Se le llama dejarse sorprender por la vida: consultar la cartelera por curiosidad, como cada fin de semana, sin buscar nada concreto, o sólo buscando: buscando cualquier cosa, buscando La Película… y decidirme instintivamente por una: «Howl», poeta transgresor de la generación beat, la voz de una generación, James Franco, Rob Epstein, Jeffrey Friedman, mezcla de varios géneros y formatos… Me convence la propuesta. Poco sabía yo que esta especie de biopic sobre Allen Ginsberg iba a impactarme como lo hizo. Mindfuck literal.
La película está dividida en tres bloques que van intercalándose. Por un lado, tenemos una larga entrevista a Allen Ginsberg (interpretado por James Franco) hablando de su obra, de porqué escribe (y porqué escribe así), rememorando algunos momentos clave de su vida. Por otra parte, tenemos un juicio al editor de «Howl» (el famoso poema escrito por Ginsberg); por el mero hecho de haberlo publicado, acusan al editor de promover la obscenidad, la homosexualidad, el vicio y el buen gusto. Y por último, tenemos la lectura íntegra del poema en cuestión, acompañada de vistosas animaciones que tratan de traducir la poesía en imágenes muy plásticas.

Está basado en hechos y personas reales, y por eso impacta tanto. Por eso y porque su discurso sobre la libertad de expresión y la libertad creativa, por desgracia, no han perdido tanta vigencia como podría parecer. Ginsberg abogaba por la libertad absoluta: que el autor no se censurase a sí mismo y hablase de lo que le gustaba, lo que le interesaba, sin ataduras ni reparos de ningún tipo. Que vertiera en el papel lo que se contaría a sí mismo o lo que le contaría a su mejor amigo. No es menos interesante la parte del juicio, con un encendido debate sobre qué es literatura, qué tipo de valores o vocabulario son «necesarios» para considerar que un texto es literario y no obsceno.

Ginsberg fue transgresor, por eso su poema «Howl» levantó tantas ampollas pero también supo conectar con una generación entera, que vio en sus palabras lo que ellos sentían y no sabían expresar. Lo más bonito es cuando el personaje revela que empezó a escribir por amor: se había enamorado de su amigo y escritor Jack Kerouac, y al no ser correspondido, escribir le pareció la mejor forma de comunicarse con él. De impresionarle, también. Y una cosa llevó a la otra. De escribir por amor, a ser escritor. A destacar cómo James Franco se mete en el papel hasta el punto de que no sientes que esté actuando: es Allen Ginsberg. Casi jurarías que las escenas de la entrevista están rescatadas de algún programa de televisión antiguo.

Es una película que me impactó mucho, muchísimo, me fascinó la persona de Allen Ginsberg y ya tengo encargado su libro «Aullido y otros poemas». Pero también reconozco que es una película densa, se hace más larga de lo que es, al final se vuelve demasiado reiterativa y desde luego no es una película que recomendaría. Hay que saber muy bien lo que se va a ver, tener ese día la mente despejada, libre de prejuicios y muy receptiva.

El poema se ha malinterpretado sólo como una promoción de la homosexualidad. En verdad es… es más la promoción de la sinceridad, acerca de cualquier tema. Si eres un fetichista de los pies, escribe acerca de los pies. Si eres un especulador del mercado, puedes escribir acerca del aumento de la curva de ventas o el gráfico del mercado del petróleo. Cuando un pequeño grupo de personas es franca acerca de la homosexualidad en público, aquello rompe el hielo. Cuando la gente es franca acerca de lo que sea, entonces… aquello es socialmente útil. 

(Allen Ginsberg) 

Never Let Me Go / Nunca me abandones

«No es una película para recomendar», se iban diciendo unas abuelitas al salir del cine. Yo estaba tan encantado que por primera vez en mucho tiempo me quedé sentado en la butaca hasta el final de los títulos de crédito, y al acabar, aún con lágrimas en los ojos, hice check-in en Miso y envié un mensaje recomendando la película a alguien que sé que la disfrutará tanto o más que yo.

«No es una película para recomendar». No. En todo caso, no es una película para todo el mundo, del mismo modo que la novela de Kazuo Ishiguro en que se basa tampoco es un libro para todo el mundo. Por eso, aunque sea uno de mis libros favoritos, pocas veces lo recomiendo. Sé muy bien a quién le gustará y a quién no. Película y libro cuentan una historia durísima, de esas que te golpean en el cerebro y el dolor te dura días. Y eso no lo puede aguantar cualquiera, es evidente.

Mi primer consejo es que intentéis saber lo menos posible de la historia. La primera mitad es bastante lenta pero también es imprescindible: está diseñada así para que, llegado el momento, la verdad te golpee con toda su crudeza. Es difícil explicar de qué va o por qué impacta tanto «Never Let Me Go» sin dar detalles. Basta decir que es una historia sobre la vida, nuestra vida. El paso de la infancia a la edad adulta. La búsqueda de respuestas. El miedo a la soledad. La ética (o la falta de ella) del ser humano. Comprender quiénes somos, qué somos, qué seremos.

El libro original es muy japonés: sutil, sin caer en dramatismos baratos, siempre sugiriendo más que mostrando, pero creo que por eso mismo afecta y emociona tanto. La película ha respetado ese tono casi distante, esa elegancia sobria: no se permite caer en las emociones baratas, porque la vida no son emociones baratas. Me parece bellísimo cómo han representado en imágenes los pasajes clave del libro; por no hablar de esa fotografía que juega tanto con los contrastes de épocas y ambientes, pero sin estridencias. Incluso la música emociona sin ir a lo fácil, y eso que utiliza mucho piano. Es una historia que te hace llorar precisamente porque no busca hacerte llorar. Como un cassette tan bonito y tan triste y tan reconfortante que en realidad no existe.

Y poco más puedo decir. El libro apenas se vendía (ahora creo que está descatalogado) y la película sólo se ha estrenado en 3 salas de toda Barcelona. Así que os animo a que os déis prisa, seáis valientes, y la veáis… Si os gusta la vida, vivirla con todo lo que ello conlleva, os garantizo a que estaréis dándole vueltas a las vivencias de Kathy, Tommy y Ruth durante días, quizá semanas. De hecho, las recordaréis siempre: en esos momentos que necesitas recordar que lo importante, siempre, es vivir.

Tenéis que saber quiénes sois, qué sois. Es la única forma de llevar una vida decente.