El vacío que dejan las estrellas (16)

—¿Recuerdas algo antes del aterrizaje?
—No pienses en eso ahora… No merece la pena.
—A mí me calma imaginarlo. Si allí fuimos más felices que aquí pero ya no lo recordamos, si encontraremos una manera de regresar.
—Olvídalo. Ahora todo cae.
—Ojalá haber aterrizado en otra parte, lejos de todo esto, donde viéramos las mismas estrellas pero sin tener que huir de ellos.
—Da gracias de que funcione el coche…
—Lo envidio al coche, me gustaría funcionar como él, con un corazón de verdad en vez de bujías repartiendo aceite por todo el cuerpo. Me gustaría notar los latidos, cada latido, contarlos, cuando tengo miedo al verlos a ellos o cuando te miro y todo mejora.
—Así que eres de esos que todavía añoran la vida humana… Decían que ya no quedaban. En el aterrizaje uno toma conciencia. Nosotros solo imitamos a los humanos. Para eso nos programaron… Y no se nos da mal del todo. Repetimos sus errores y malos hábitos, pero peor sería ser perfectos, ¿no?
—¿De qué nos sirve seguir adelante si nunca llegaremos a ser perfectos?
—Ni perfectos, ni humanos, ni inocentes. Nunca seremos nada de todo de eso. Solo somos un cúmulo de tubos y cañerías por donde circula aceite. Pero también somos tú y yo. Eso somos. ¿No es lo que deseaste?
—¿Puedo responder algo que no sea sí?
—No.
—Seguimos adelante porque ya no podemos volver atrás. Desde que nos subimos al primer coche, sellamos nuestro destino y ahora no podemos hacer otra cosa.
—Podemos hacer lo que quieras. Pídemelo y lo hacemos, venga.
—…
—Hubo un tiempo que después de cada concierto, volvía a mi estudio y solo me saludaba el eco de la puerta. Me sentaba en el sofá… Todavía me veo ahí tirado. Pedía una pizza porque en la nevera solo quedaba un poco de mantequilla. Me la comía lo más despacio que podía. A veces ni siquiera ponía la tele. Luego dejaba la caja de cartón encima de las otras y apagaba todas las luces. Y me preguntaba si alguna vez tendría algo más. Esperando al sueño en la cama solo pensaba en eso. Tú, yo, esta carretera: eso es mucho, para mí, ahora.
—¿Y después?
—Avanzar, avanzar, avanzar… Y así hasta que el mundo aguante.
—¿Aunque no tenga ganas?
—Dejando de avanzar, nos convertiríamos en esos restos que tanto te asustan. Te prometo esto: llegaremos más lejos que nadie.
—Supongo que eso me asusta también, nunca me han gustado las sorpresas, lo siento. Antes de Reyes siempre fisgaba en el armario de mis padres hasta encontrar los regalos envueltos y escondidos entre los jerséis. Por el bulto, el peso y el ruido elucubraba lo que podían ser. En cuanto lo adivinaba, lo devolvía todo a su sitio y así aguantaba tranquilo hasta la mañana que tocaba abrirlos.
—Vaya manera de cargarte la magia…
—¡Luego me hacía el sorprendido!
—Abre la guantera.
—Solo están las gafas de sol que robé en aquella gasolinera. Las guardé ahí.
—¡Sorpresa! Es tu regalo de Reyes, ¿te gusta?
—Oye, que así no vale. Tienes que trabajártelo un poquito más o robarlo tú mismo, como mínimo.
—Ya ves lo que significa adelantarse a la sorpresa. Lo estropea todo, ¿no?
—No me vas a convencer.
—Lo que te pasa es que eres un cobarde. No te atreviste a quitarte de en medio y ahora me toca a mí tirar de los dos. Para mí tampoco es fácil, ¿sabes? ¿Eso te lo habías planteado? El otro día, cuando te vi con el pecho reventado creí que era el final. Pero no lo fue. Y cada mañana tiraría la toalla, como deseé tantas veces. Lo haría. Dejaría de tomar esa maldita pastilla azul y me quedaría ahí hasta que me encuentren. Entonces pienso en ti, pienso en el próximo coche que cogeremos juntos. Pienso en los kilómetros que seguiremos sumando… Y puede que sean cosas pequeñas: de hecho lo son. A nadie le importaremos mañana, vale, pero al menos tenemos esto, ¿no? Habrá noches que el sentimiento más tonto te hará feliz y querrás repetirlo. Confía en mí. Si lo has sentido, volverás a sentirlo. Ellos no se rendían: copiemos también eso.
—Gracias. Pisa a fondo, por favor, quiero avanzar. Tienes razón, sé que tienes razón.
—Ya se te ha pasado el cortocircuito, ¿eh?

El vacío que dejan las estrellas (15)

Tu dedo índice recorre la distancia entre las estrellas para que yo no piense en la herida. Asiento a tus movimientos, adormecido por el calor de la ladera de un nuevo cráter. La tierra humeante casi parece incienso. Del coche en la cima nos llegan la luz de los faros y versos sueltos de una canción que me gustaba escuchar en la bañera: “But listen carefully to the sound of your loneliness, like a heartbeat drives you mad”. Te señalo el punto donde ayer vi una estrella más grande que las demás. Ahora es solo un diminuto vacío negro idéntico a otros tantos vacíos negros diseminados por el cielo. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que mi estrella estuviera ahí, como tampoco podría encontrar el vacío donde estaba la luna por más que quisiera. “In the stillness of remembering what you had and what you lost…”, siguen cantando los Fleetwood Mac. A mi lado apuntas hacia otro lugar que podría ser o no ser el mismo que yo decía. Comprendo que aunque apuntemos al mismo cielo, mi dedo nunca será el tuyo. Después juegas a ponerles nombres divertidos a las constelaciones, tiramisú, sombrilla, y yo contengo la risa para no abrir las suturas del pecho. Con cada brote de risa, surgen pequeñas hierbas aquí y allá en la tierra abrasada. No duran mucho. “Thunder only happens when it’s raining…” Como siempre que estoy feliz, acabo acordándome de esos esqueletos anónimos a los que nadie buscó. Me gustaría pensar que están en el cielo para que él no esté tan solo como nosotros aquí. Desde la profundidad del cráter lo observamos inalcanzable e inmenso, llegando a todas partes, indiferente a la ausencia de la luna o de sus hijas. Dices para calmarme que, pasado el tiempo suficiente, nadie será capaz de encontrar el vacío que dejan las estrellas pero nosotros seguiremos sintiéndolo dentro. “When the rain washes you clean you’ll know.” Una sucesión de pérdidas produciéndose solo para nosotros, repitiéndose como el vaivén de las olas si es cierto eso de que el espacio se comprime después de expandirse. Busco tus ojos y los encuentro mirándome mientras hablas. Imitamos el sonido de unas copas de cristal para simular que tenemos vino. Mañana, cuando acabemos de rellenar el cráter con arena azul y nos alejemos en ese coche que pronto abandonaremos, tampoco nadie sabrá indicar dónde estuvimos nosotros.

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El vacío que dejan las estrellas (14)

No es una amapola lo primero que veo al abrir los ojos. Se trata de un pañuelo arrugado y manchado de sangre encima del salpicadero. No te veo sentado a mi lado y no huele a ti el vehículo. Tardo en identificar de quién es la canción que inunda la cabina. “The bad thing’s gone away and everybody’s happy now.” No sé cómo he llegado aquí y ni siquiera puedo preguntártelo. Más allá de los cristales, no se distingue nada. Abro la puerta pero al ir a levantarme, descubro que no tengo fuerzas suficientes. Mi pie vuelve a su posición encima de la alfombrilla. Afuera el mundo es un yermo infinito, las piedras que ilumina la luz del coche podrían pertenecer a cualquier planeta. “Hey, hey, I saved the world today…”, repite la cantante de Eurythmics, ahora sí los he reconocido, e intento tararear lo que sigue sin éxito. El asiento del conductor conserva algo de tu calor. Con la poca energía que conservo me muevo hasta ahí para tocar algo que tú tocaste. Ponerme en tu piel. Y entonces te veo en el retrovisor, arreglando el motor trasero de este coche raro. Ni siquiera ahora pierdes la calma. Ríes al levantar el capó y recibir la densa humareda en la cara. Ríes como si estuviéramos a medio camino de la playa y no lejos de cualquier lugar al que podamos poner nombre. “The good thing’s here to stay, please let it stay.” Algo me duele en el pecho. Enseguida me doy cuenta de que no es mi corazón acelerándose sino una herida. Has vendado mi torso desnudo. Cuento las marcas oscuras de tus dedos tatuadas en la piel y te imagino cuidándome preocupado mientras no te veía, taponándome la sangre con el pañuelo que después dejaste ahí tirado. Recuperas tu sitio al volante sin dejar de pensar en algo que no compartes. Cuando por fin sonríes al verme consciente, te devuelvo media sonrisa. Antes de cerrar los ojos me pregunto si habrás notado los restos de mi calor en el cuero de tu asiento. “Let it stay.”

En esta zona abundan las cacerías. No podemos parar. Ni siquiera hablamos porque al hacerlo la herida se me abriría. Conduces concentrado, de vez en cuando sueltas alguna frase escueta de las tuyas, pero sobre todo conduces, con una mano me das pastillas y agua que no sé de dónde has sacado como tampoco sé cómo hemos llegado aquí, pero he aprendido a no preguntarte las cosas. Evitamos las carreteras principales para no cruzarnos con camiones de cazadores. Incluso los caminos secundarios son peligrosos. Hay patrullas: detrás de los árboles vemos alzarse los focos rastreadores como hilos de araña desplegándose por el cielo. Descansamos dentro del coche si tenemos la suerte de encontrar ruinas donde aparcar discretamente. Intentamos no pensar en el calor asfixiante mirándonos en silencio, lo más cerca que nos permiten estos dos cuerpos que no pueden tocarse. Me duermo acariciando las llagas que dejaron tus dedos mientras los haces de luz intentan rozarnos en medio de la penumbra. Nos despertamos cuando el sol nos lo indica. Arrancas el coche, tampoco será este el lugar donde nos detendremos. Intento hacerte caso aferrándome al recuerdo de todos esos paisajes que se nos escapan. Los árboles humeantes y las rocas blancas. En la lejanía, unas nubes resplandecen con un halo rojizo. Parecen la aurora boreal del infierno y hacia allí nos dirigimos.

Cuando no hay canciones, la radio crepita como aceite hirviendo en una sartén olvidada. Permanecemos sin hablar, atentos al runrún del motor por si vuelve a estropearse. Los mejores días me recitas trozos de lo que cantabas en los conciertos. Ninguno de tus fans te vio tan cerca como yo ahora, pero igual que ellos, yo tampoco puedo tocarte. Me gustaría confesarte que fui fotógrafo erótico, me gustaría sacarte una foto justo en este segundo, con tu barba descuidada y la misma camiseta granate de la primera noche pero ahora llena de agujeros y manchas. Me gustaría decirte que no tengo miedo aunque ellos estén a punto de cazarnos. Canturreo contigo un verso de los tuyos y después respiro.

—Cantaban tan orgullosos aquellas canciones que para mí ya no significaban nada. Me parecía macabro que se emocionaran tanto. Que se apropiaran de unas emociones que desconocían. Y dejé de escribir. No para siempre. Temporalmente, me decía. Para reconectar conmigo. Para recuperar la inspiración, le decía a la discográfica. Y los días fueron pasando y de golpe habían pasado tres años y no me acordaba de escribir. Enlazaba acordes con la guitarra pero ninguno sonaba bien. Ninguno encajaba con las palabras que improvisaba. Creía que tampoco era tan grave. Tota, nadie se acordaba de mí a esas alturas. Hasta mi representante había dejado de llamar. Que sacara o no sacara un segundo disco daba lo mismo. Después del cénit, solo quedaba la caída. Sentía que cada día que no me quitaba de en medio, era un día que sumaba a mi fracaso. Había una película donde el protagonista se quitaba de en medio sin dramas. Admitía que nunca sería más feliz que en ese momento y desaparecía. Fin. Yo me sentía así, pero sin su valentía. Solo me alejaba día tras día de la plenitud que en algún momento había sentido. No sé por qué te estoy contando todo esto pero voy a seguir, ¿te importa? Era una oscuridad física: podía sentirla acercándose para empujarme. Y yo me quedaba quieto en el sofá, con mi manta verde que me protegía. A la espera, casi intrigado por ver el desenlace. Cada vez más oscuro, cada vez más quieto. Intentaba aferrarme a cualquier gilipollez para justificar mi cobardía. Una fecha del futuro, la publicación de un nuevo libro, algún viaje. Algo así de tonto bastaba para calmarme, ¿sabes? Y ni siquiera entonces componía. Decían que en el pozo es cuando más te inspiras. Es mentira, te lo juro. Toda mi vida la había imaginado como una línea recta, con sus curvas y altibajos. Me decía que si seguía avanzando por esa línea, lo lograría. En algún momento todo cambiaría. De alguna manera lo sabría, que todo había cambiado. Pero la realidad es que conseguimos cosas y todo continúa igual. Ojalá me hubieras conocido antes. Mucho antes, cuando aún brillaba sobre el escenario. Salía sin miedo con mis ropas extravagantes. El pelo azul, las uñas pintadas. Y me aplaudían. Me sentía tan capaz de todo que no tenía que esforzarme en hacer nada. La inocencia del principio: cuando todo parecía fácil y también lo era.

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El vacío que dejan las estrellas (13)

La explosión nos asusta como el primer trueno de una tormenta. Se repite coche tras coche, haciéndolos saltar hacia nosotros. Impactan contra el suelo cada vez más cerca y levantan piedras que vuelven a caer en forma de lluvia pesada. El primer vehículo en estallar lo habías descartado después de agacharte para examinarlo. Ahora el tsunami mecánico se aproxima con un rugido que es la suma de muchos. Nosotros seguimos a salvo de cada nueva explosión pero quizás no de las siguientes. Detrás y a los lados se eleva una valla que no podríamos escalar; para escapar de este cementerio de coches deberíamos cruzar las llamaradas crecientes hasta la única puerta. Nos miramos como si el otro pudiera tener alguna respuesta. Nadie nos preparó para salir con vida. A nuestro alrededor los cascotes aplastan el suelo y abollan los capós alineados, caen piezas carbonizadas, trozos de cristal, huele a neumáticos quemados. Una serpiente huye de aquí, se escabulle entre mis pies y desaparece algo más allá, bajo las ruedas gigantes de un camión. Con un coletazo final, deja sobre la arenilla marcas ondulantes. Parece una señal, confiamos en que lo sea. Echamos a correr hacia ese vehículo, el más grande de los que todavía no han saltado por los aires, la grava cruje a nuestros paso pero apenas la oímos en mitad del estruendo, este calor no sé si lo provoca la carrera o el fuego a nuestra espalda, subimos rápido sin tiempo para examinarlo y al tomar asiento cierras los ojos implorando algo y ahí comprendo demasiado tarde por qué lo haces, por qué siempre registras cada coche en el que nos subimos: para que no haya una de esas bombas que ahora nos atacan. Antes de que hagas girar la llave, yo también cierro los ojos y todo se vuelve negro.

—¿Crees que alguien te estará buscando? ¿Algún fan te echará de menos?
—Quizás los primeros días. Suena muy egoísta si digo que ojalá mi carrera fuera importante para alguien, ¿no?
—Bueno, no te creas, la mayoría se plantearía la herida que les hicieron los demás, tan ocupados en eso que no pensarían en la marca que dejaron ellos.
—Se me hace raro hablar de “mi carrera”… Como si todavía fuera algo real. ¿No piensas que podría estar inventándomelo todo?
—Pues ya podrías ser un actor de Hollywood, puestos a inventar.
—Me lo propusieron, no te creas. No: bastante tenía siendo un cantante mediocre. Como mucho quedará algún póster mío en la puerta de un armario viejo, medio despegado. ¿Y de ti?
—¿De mí, qué?
—¿Alguien se acuerda de ti? Algún amante acuchillado de los tuyos.
—No lo sé, la verdad, supongo que nadie es insustituible. Lo que sí sé es que yo…
—Por favor, te puedes ahorrar los “yo nunca te voy a olvidar” y todo eso. Gracias.
—¿Cómo sabes lo que iba a decir?
—Porque no falla: siempre, siempre dices lo que quiero oír. Pero tú mismo lo has dicho. Nadie es insustituible. No cuesta nada encontrar nuevos ídolos a los que adorar.

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El vacío que dejan las estrellas (12)

—Lo que más me preocupaba era que se me notara. Intentaba contenerme, sobre todo cuando interactuaba con otros, pero al final me daba cuenta de que ellos conocían unos protocolos que me eran ajenos y ahí me bloqueaba.
—Ese momento de “¿Se habrán dado cuenta?”. Me suena.
—Sí, las dudas, mirarle a los ojos para reconocerme o no en la mirada del otro.
—El vértigo, yo lo llamo el vértigo. Escribí una canción con ese título.
—La posibilidad de que me delatase, de que se quisiera adelantar a mí en caso de que yo quisiera delatarle. Lo que ocurriría después.
—¿Controlabas tus gestos, tu forma de hablar? A mí me daba igual. Quiero decir: me asustaba, ¿a quién no?, pero lo llevaba al extremo. Una vez me teñí el pelo de azul
—¡Qué dices!
—De azul, a juego con las uñas. También me las pinté. Y esos días, cada vez que subía al escenario, mientras el tinte aguantó, no sentí miedo. Te lo juro.
—Bueno, eras cantante, ya contaban con que saldrías raro. Además, pensarían que alguien que de verdad fuera como nosotros jamás se atrevería a ser tan descarado.—Puede ser. No lo había pensado así, la verdad. Simplemente lo hice.
—Yo no habría sabido ser tan valiente, ni siquiera hoy podría.
—¿Me habrías delatado? Quiero decir: con el pelo azul. Si me hubieras visto.
—Creo que habría tenido miedo de mirarte, de que me lo notaran si se me iban los ojos. Bastante tenía con mis manos.
—¿Tus manos? ¿Qué les pasa?
—¡Como si no te hubieras fijado! Que me mariposean más de la cuenta. Lo odiaba, siempre lo odié. Intentaba moverlas lo menos posible para que no me delatasen.
—De verdad que no lo he notado.
—Me daba rabia, por más que me esforzara en cambiar o ser otro, a la hora de la verdad solo conseguía que se formaran una idea equivocada de mí y encima no podía demostrarles lo equivocados que estaban. Contigo por fin puedo decirlo, no siempre sonrío.
—¿Ah, no? Desde que te conozco no has dejado de hacerlo.
—Y a veces tengo días malos, también. Días terribles. Y debajo de la máscara pienso en sexo tan a menudo que algunos días solo pienso en eso.
—A todas horas, ¿no?
—Y en todas partes, no lo sabes tú bien. Tanta energía gastada en algo que podría solucionar en diez, quince minutos a lo sumo.
—Qué generoso…
—A menudo cocinaba pensando en la paja que me haría después. Por la calle, los ojos se me iban a los paquetes de los tíos. Calibraba el bulto en el pantalón de chándal.
—Pero con disimulo, ¿eh?
—Eso siempre. De reojo. Pero aunque los viera con su novia no dejaba de preguntarme si ellos estarían pensando lo mismo, imaginándose también una escena sexual por la calle. No necesariamente conmigo; con quien fuera. Eso me intrigaba, saber si los demás llegaban a pensar en sexo tanto como yo o no.
—¿Y todo esto no se lo contabas a nadie?
—Qué va. Quienes me conocían me habrían mirado todos como un depravado. “¡Es un guarro! Solo piensa en sexo”, dirían a mis espaldas. Por eso tengo tan ensayada mi cara de niño bueno. Para que nadie sospeche.
—Es curioso: te tienes por alguien autosuficiente, cuando en realidad lo que más te preocupaba y preocupa es lo que pensamos los demás de ti. Nadie te pedía fingir ser un santo.
—¡Tú ahora no me lo pides! Pero la gente… La gente…
—A la mierda la gente. Joder, hablas tanto de ellos que parece que aún los llevemos en el coche.
—Sí, en cualquier momento se asomará alguien desde el asiento trasero.
—Hablo en serio.
—Yo también, perdona. Y además, no te equivocas, siempre que conozco a alguien, acabo por actuar como él espera. Como si viera proyectada la imagen que esa persona tiene de mí y actuase en consecuencia, queriendo ser su espejo o algo así.
—…
—Te prometo que ya mismo dejo de hablar de nada que no seamos tú y yo.
—Puedes hablar de otras cosas, también. De los libros que querrías haber traído, por ejemplo. Me gusta escucharte, no pienses lo contrario. Conmigo puedes hacer y decir lo que quieras, lo sabes, ¿verdad?
—Es que contigo es distinto, no eres solo “una persona”.
—Hombre, muchas gracias…
—Me refiero a que eres más que eso. Además, he comprendido que tenías razón el otro día. Ya está bien así, esto de conocernos lo justo para estar cómodos, pero seguir conservando parte de misterio. Eso me gusta. De verdad, siento que contigo puedo dejar de interpretar.

Con los dedos intento atrapar la libélula de fuego que revolotea a la altura de mi ventanilla abierta. Dejo que mi mano se convierta en mariposa para jugar con ella. “Who can say if your love grows as your heart chose, only time”, susurra Enya en la radio. No me importa que el insecto alargado me queme o que antes de eso mis dedos lo apaguen como harían con la llama de una vela. Solo deseo que algo ocurra y presenciarlo. “Who can say when the roads meet that love might be in your heart.” Las alas azules refulgen en las sombras de la carretera, son esas olas que de noche nadie ve llegar a la orilla. A un pellizco de mí, empiezan a desmigajarse, sus retículas desvaneciéndose como senderos en la niebla. Toda la libélula acaba perdiendo su figura, deshecha en una nubecilla de partículas de plata azulada. “And who can say where the road goes, where the day flows, only time.” Las motas brillan un último nanosegundo a luz de los faros traseros antes de dejar de existir para siempre.

Siguiente capítulo…