Desamores de verano 2: Tinder love

Nunca llegamos a ir juntos a por ese helado del que tanto hablábamos. Era lo poco que compartíamos, hablar de sabores de helado, nuestra broma recurrente para sentir la compañía de una pantalla. En los demás temas apenas ahondábamos, solo vaguedades a las que nos aferrábamos con la avidez de quien no quiere romper el hechizo. Tampoco podíamos hacer otra cosa aquellos días. Cuando por fin llegó la posibilidad de quedar alguna tarde, no nos hicieron falta excusas: para los dos fue fácil dejar de hablar y así no tener que concretar lo soñado. Simplemente nuestras vidas siguieron su curso como dos ríos cercanos que nunca se cruzan.

Fotografía: Joel Muniz.
Banda sonora: Brigitte Laverne.

Desamores de verano 1: Grandes despedidas


Cada una de nuestras despedidas parecía la última pero siempre regresabas. Era tu mayor don: convertir la visión de tu espalda alejándose al final del paseo en otra sonrisa repentina. Curioseabas los estantes hasta que cerraba la tienda y después íbamos al rincón elevado de aquel bar para hablar de cualquier cosa durante una o dos horas. Cuando todo empezaba a ser tangible tu teléfono nos hacía aterrizar. La última tarde, en vez de ir adonde siempre, quisiste un helado y en el parque te saqué una foto admirando una flor que no existía. Estar contigo volvía a parecer fácil y nuevo, por eso te dije adiós sin darle importancia y ni me fijé en tu espalda alejándose al final de la calle. Todavía no sabía que habías cambiado de número.

Fotografía: Tim Marshall.
Banda sonora: Pastora.

Milk & toast & honey

Me costó encontrar tu mermelada favorita. Recordaba bien la marca y el sabor, cereza negra, me lo contaste en el restaurante de los barriles de vino; tardaron en atendernos y tuvimos que esperar la cena con conversaciones tontas que entonces parecían importantes. Ahí estaba al fin: el bote alargado de mermelada, de un color oscuro que no tienen las cerezas. Había decenas de ellos alineados en el estante. Compré uno, feliz por lo que aquello significaba. Íbamos a pasar nuestra primera noche juntos y a la mañana siguiente prepararía pancakes y sacaría tu mermelada favorita con una sonrisa, como si ese gesto pudiera sellar nuestro destino. Mi plan perfecto tenía un fallo porque cuando todo acabó, no te quedaste a dormir y yo desayuné lo de siempre solo.

Fotografía: Viktor Talashuk.
Banda sonora: Roxette.

Crush

Mientras te duchabas, descubrí mi bote de desodorante sobre tu escritorio. En realidad allí nada era nuestro: yo era un simple invitado de paso en aquella habitación de hotel, pero aquel frasco familiar de etiqueta azul me hizo sentir en casa. Te lo aplicaste despreocupado, primero un sobaco, después el otro, como debías de hacer cada mañana, ajeno a mis pensamientos. Presencié cada paso del proceso desde la cama a la que ya no regresaste. Después llegó mi turno de ducharme y antes de vestirme te pedí el desodorante porque yo no tenía, comentando de pasada que era el mismo que usaba. Reíste sin darle mayor importancia a la casualidad. Todo duró menos de media hora pero todavía lo recuerdo cada mañana al salir de la ducha y ver tu bote de desodorante en el estante de mi baño.

Fotografía: Théo Gosselin.
Banda sonora: Day Wave.

Diario de creación 6: La aventura de encontrar un título

Cuando me pongo a escribir un nuevo libro, no puedo hacerlo sin un título. Se sentiría antinatural empezar a llenar páginas y páginas sin saber por qué nombre llamarlas aunque sea de manera provisional. Me pasa incluso con los textos de la web: primero tengo que encontrar el título, después llega el resto.

El mar llegaba hasta aquí, por ejemplo, empezó titulándose Adán y los últimos vampiros. No fue hasta que ya tenía el manuscrito algo avanzado y la atmósfera de la novela más clara, la idea madura, cuando llegó a mí un haiku de Hosai que me dio el título: “Antaño el mar / llegaba hasta aquí”, dijo / y echó leña al fuego”.  Lo leí por casualidad y de repente sentí que ahí esperaba escondido el título de mi primera novela. El haiku no tenía nada que ver con ella y a la vez esa frase lo contenía todo.

La mayoría de títulos me han llegado así, por casualidad pero justo cuando los necesitaba. Y siempre me ayudaron a acabar de dar forma al proyecto. Con su título definitivo, las escenas más importantes de El mar llegaba hasta aquí crecieron alrededor del agua: mar, lluvia, peces. La noche nos alumbrará llegó en el último momento, cuando tenía que encargar la portada y le comentaba a un amigo la dificultad de encontrar un título preciso. En aquella época escuchaba a menudo La era punk de Algora, me la sabía de memoria, pero esa noche unos versos de los coros finales saltaron con fuerza: “La música nos salvará, la noche nos alumbrará”. Ahí estaba mi título.

Confieso que dar con un título para mi segunda novela fue muchísimo más complicado. Para el resto de libros, el título definitivo llegó para quedarse. Con este, en cambio, cada nuevo título seguía sintiéndolo provisional. El primero fue Baile de máscaras, porque en un primer momento tenía la ambición de que los personajes se comportaran distinto en cada escena. De esa idea primigenia solo queda un residuo en una escena del libro. Después llegó Lo que ya no importa: cuando decidí que en sus conversaciones los personajes jamás hablarían del pasado que dejaban atrás, pero pronto me di cuenta de que costaba construirles una personalidad sin contar lo que habían vivido antes.

Entonces fue el turno de Nunca seremos inocentes. Ese título se mantuvo durante varios años. Me gustaba su contundencia, se sentía importante, pero poco a poco fue volviéndose extraño a medida que la historia tomaba nuevos rumbos, más optimistas. Al final el título se sentía lo opuesto a lo que quería comunicar con esta obra. No me gustaba algo tan categórico para un libro que pretendía poético y esperanzador. Y ahí llegó El hueco que dejan las estrellas, sacado de una de las escenas para mí más bonitas y significativas de todo el libro.

Lo primero que hago antes de aferrarme a un título es comprobar que no existe ya otro libro que se llame así. Me pasó con Hanakotoba: quería llamarlo Komorebi, mi palabra favorita del libro, pero un amigo había publicado un libro con ese mismo título, sí que tuve que buscar algo más representativo que personal. Hice la búsqueda y lo más parecido era El hueco que deja el diablo de Alexander Kluge. Muy parecido pero no igual, pensé ilusionado. No me gustaba la similitud pero seguí adelante con ese título, cada vez más enamorado de él, hasta que ocurrió el desastre: en el boletín de novedades de mi librería apareció un nuevo libro titulado El hueco de las estrellas. Por suerte, la sinopsis de la novela de Joe Willkins no tenía nada que ver con mi historia, pero el título sí era demasiado parecido y entonces supe que tenía que cambiarlo.

Durante días estuve triste porque me había enamorado de ese título y no quería desprenderme de él. Busqué en libros de haikus y de poesía, escuché canciones de todo tipo, pero los títulos que sonaban bien en inglés no quedaban bien en castellano. Mis viejos trucos ya no servían. Algunos amigos, por consolarme, me dijeron que tampoco eran tan iguales, que lo mantuviera. Finalmente, opté por una solución intermedia, buscar un sinónimo para la palabra conflictiva: en vez de hueco, vacío. El vacío que dejan las estrellas. Además de simbolizar la relación y el viaje de mis dos personajes, el nuevo título también parecía contener todos los anteriores. Y lo sentí poético y sereno, capaz de construir esperanza donde no la había, justo lo que deseaba transmitir al lector.

Junto con la portada, los títulos de los libros son su carta de presentación. Y supongo que pasa como con las personas: algunas las conocemos enseguida, casi desde el primer día, y en cambio otras solo logramos conocerlas después de muchos años, a base de compartir vivencias hasta que un día, en lo alto de una azotea o tomando una paella improvisada, por fin te alegras de tenerlas en tu vida.

Ya puedes comprar la versión digital de El vacío que dejan las estrellas, disponible para Kindle, móviles, tablets, iPhone e iPad. ¡Ojalá te guste!