El vacío que dejan las estrellas (25)

No sé qué ocurre antes, si la amplitud de la cueva o el dejar de pensarte. De improviso puedo incorporarme por completo sin que mi cabeza se golpee con ningún obstáculo. Vuelvo a escuchar con placer el eco de mis pasos. Ni siquiera levantando el brazo llego a tocar el techo. Siento en la cara una ligera brisa que me guía hacia alguna parte. Mis ojos se han acostumbrado y en la oscuridad comienzo a intuir penumbra. A cada lado de la amplia galería hay calaveras metálicas amontonándose hasta el techo. Primero me parecen huevos, huevos enormes y brillantes, después distingo incluso las cuencas vacías de los ojos. Aquí acabaron todos los androides que huyeron antes de nosotros. Tarareo a George Michael para tranquilizarme: “I think there’s something you should know…”. Sigo avanzando por la cueva mientras me digo que quizás esos cráneos robóticos bloquean otros caminos, pero no importa porque yo sigo al viento hacia la salida. “Freedom, I won’t let you down.” Algo roza mi pierna y escuece: una libélula de fuego cruzando el corredor en la misma dirección. Bajo su luz azulada, descubro que algunas de las calaveras tienen piel sintética y pelo, un peinado que me resulta familiar. El insecto combustiona antes de fijarme en más detalles. Avanzo a tientas. “All we have to see is that I don’t belong to you and you don’t belong to me.” Pronto otra libélula me quema la mejilla, puedo ver las retículas de sus alas ardiendo como ríos de lava. Se posa sobre la mejilla de una de las cabezas más cercanas y entonces la reconozco. Es como mirarme en un espejo subterráneo. Soy yo. Yo decapitado, con los ojos cerrados y cables colgando del cuello. “You gotta give for what you take.” Todas las calaveras se parecen a mí, copias y copias apiladas. Aunque el segundo insecto también se desintegra, otro resplandor azul empieza a inundar la cueva. El suelo que creía roca son mis propios torsos clonados, todos llevan mi misma ropa aunque chamuscada y en los pechos al descubierto se repite la herida que todavía me duele al respirar. “Sometimes the clothes don’t make the man.” Al girarme para averiguar la fuente de la luz, veo una avalancha de libélulas en llamas que se aproxima para abrasarme. No producen ningún sonido, pero eso solo las hace más terroríficas. Corro con miedo, corro gracias al miedo, corro sin pensar en otra cosa que este miedo. “Freedom, ‘cause I would really, really love to stick around.” Sabiendo que todos mis esfuerzos previos acabaron en este cementerio de androides, todo cobra más sentido, pero yo no pienso convertirme en uno de ellos.

El vacío que dejan las estrellas (24)

Al principio pienso que no me pasará nada. No es la primera vez que estoy solo, no es la primera vez que estoy a oscuras. Solo tengo que repetir todo eso que ya sé mientras gateo hacia el interior de la cueva. Avanzo unos pocos metros, satisfecho de mi valentía. Hasta que resoplo al tomar conciencia de la cantidad de negrura que me espera por delante. Detrás todavía se intuye la luz que entra por la grieta. Podría recular si quisiera, volver al balcón contigo, ahora no sería demasiado tarde. Pero tampoco serviría de nada. Tengo que continuar. Intento dejar la mente en blanco mientras penetro en la oscuridad. Me convierto en un cuerpo que avanza, mi brazo impulsa y mis piernas se arrastran. Las irregularidades del suelo son relajantes: las cuento, en definitiva el trayecto solo será una suma de guijarros, pequeños hoyos, ondulaciones y desniveles. Uno a uno estoy algo más cerca. El dolor en el pecho lo atribuyo a la herida: la creía curada pero quizás se ha vuelto a abrir. En mitad de las tinieblas, me doy cuenta de que lo que me ocurre es que me cuesta respirar. No distingo nada delante, tampoco si me doy la vuelta. Todo atisbo de luz se ha extinguido. Y a ciegas las paredes de la cueva se sienten más cerca. Me aprisionan. Hemos estado en coches estrechos donde no podíamos movernos pero entonces no me importaba. El ritmo desbocado de mis pulmones desearía controlarlo, pero con cada exhalación se me escapa una palabra de ánimo que no me anima. Busco alguna irregularidad, palpo una protuberancia en la roca. Concentrado en su suavidad me repito el mantra inicial. No es la primera vez que estoy solo, no es la primera vez que estoy a oscuras. Puedo hacerlo. Sí, sería más fácil si estuvieras aquí pero tendré que hacerlo por mi cuenta. Continúo gateando, procuro hacerlo más deprisa. La tierra húmeda clavándose entre mis uñas me recuerda al musgo de una infancia que no tuve. El túnel desciende y yo desciendo. Es fácil. Pero después hay que girar a la derecha y ahí quiero gritar tu nombre. Como no sé cómo te llamas, grito un único eh. El eco me lo devuelve: eh, eh, eh, como el estribillo de una canción que se repite pero nunca con tu voz. En silencio profundizo en el pasaje hasta que pierdo la noción del tiempo. Te imagino aún en el barranco. En mi visión te pones en pie, llevas botas militares y unos tejanos rotos. Me gustan tus piernas nuevas. Seguro que tus fans te preferían en las fotos de estudio, impecable para las revistas o el libreto del disco, antes que encima del escenario tal cual eras en realidad, sudado y con la ropa desgastada. A mí me gustas así porque significa que estás vivo. Regreso a la oscuridad por la que me abro camino. Tomar impulso, encogerme para volver a desplegarme un poco más adelante: en el fondo, cuesta menos que una caída. Ni siquiera me importa ya la pérdida de la luna o todas las estrellas caídas. Solo en esta cueva no las echo de menos porque siempre está oscuro. En algún momento unas estalactitas acarician mi espalda como no lo hacían tus dedos de noche. Desaparezco en el vacío pero para mí sigues aquí aunque te alejes.

El vacío que dejan las estrellas (23)

No alcanzo a verlo pero noto en mi espalda cómo te contorsionas para lanzar piedras contra el helicóptero. Me reiría de tu idea absurda si no tuviera que esforzarme en mantenernos agarrados a la pared rocosa. Aquí la tierra se desmenuza entre mis dedos si aprieto demasiado. Tú tiras algunos pedruscos más, tantos que pierdo la cuenta. Tu truco funciona y el aparato se aleja. Quizás los cazadores sean más cobardes que nosotros. Después de arrojar una última pedrada al vacío, vuelves a agarrarte a mi cuello con firmeza pero procurando no ahogarme. Dejamos de parecer el mago y el equilibrista para ser solo un amasijo de hierros escalando un gigante.

Mi pie descalzo resbala por culpa de tu aceite. En algún momento debo de haber perdido una de mis zapatillas. Vuelvo a tomar impulso, vuelvo a patinar y esta vez el segundo pie también pierde soporte. Nos balanceamos en el barranco cogidos de mi única mano. Concentro toda mi fuerza en ese punto. Aprieto los dientes hasta que dejo de sentir la lengua. Ahora nos hemos convertido en una libélula: ellas logran sostenerse en el aire apoyadas solo con un extremo de su cuerpo. Cierro los ojos para que la imagen se forme en mi mente. Me ayuda a serenarme, siento que nos estabilizamos. Al volver a mirar, te encuentro usando el brazo opuesto al mío para recuperar el equilibrio. Hacemos un buen equipo.

Con tu ayuda, consigo retomar la escalada. Saber que estás al límite de tu energía dispara mis últimas reservas. Acelero, confiado. No me asusto cuando se desprende un trozo de pared porque mi mano ya está más allá. Se aferra a un saliente. Tú subes primero y, aligerado de tu carga, puedo seguirte hacia arriba con la falsa soltura de quien llega a la meta. Me tumbo en el suelo junto a ti y entonces me doy cuenta de que apenas cabemos los dos en este balcón del acantilado. Por encima ha dejado de verse el cielo: la pared de piedra se curva hacia afuera, un desnivel que me veo incapaz de superar. Estoy demasiado cansado. Cansado de insistir en la huida, sobre todo. Quizás esté bien terminar aquí juntos, aislados del mundo, donde nadie nos encontrará. Tú señalas algo detrás de nuestras cabezas. Me giro como si quisiera buscar un desperfecto en el cabecero de nuestra cama pero veo que me muestras una pequeña grieta en la roca. Nuestra última esperanza tiene forma de cueva oscura y estrecha.

—Tienes que entrar ahí…
—¿Te ves con fuerzas para gatear? No podré cargarte, apenas sé si cabremos.
—Yo te espero aquí.
—¡No, no, no! Tenemos que seguir juntos, como hasta ahora.
—Mírame. Ves cómo estoy, ¿no? Yo te espero aquí.
—Sin ti no creo que pueda llegar muy lejos.
—Claro que podrás. Aterrizaste en el primer cráter sin necesitarme.
—¿Y si vuelven ellos, y si vuelve el helicóptero? ¿Cómo…?
—Tengo esto.

Entonces ejecutas tu truco final. De debajo de la camiseta granate, sacas algo que jamás estuvo ahí. Una pistola. El metal del arma reluce bajo la luz tenue de la mañana. Me recorre la espalda un escalofrío pero tú sonríes y asientes en dirección a la grieta. Haces un gesto divertido para que me vaya, restándole importancia. Sé que me engañas pero prefiero creerte. Para no ver tu torso mutilado, para no extraviarme en esos pelos rubios que asoman por el cuello de tu camiseta, me concentro en tu cara, en la barba tupida y el tupé desmadejado y todo lo que hay en medio. Ni siquiera puedo darte un beso de despedida. Cuando quiero darme cuenta siempre hay este cristal que nos separa. Lanzo una última mirada a tus ojos marrones antes de adentrarme en la caverna.

El vacío que dejan las estrellas (22)

El penúltimo meteorito cae en mitad de un valle y lo hace más hondo. Desde nuestro refugio en la ladera escarpada, podemos ver cómo arde en silencio, más allá del desfiladero y el río. Cuando desaparece el fuego, el humo aún perdura. Un humo espeso, del color de la tierra. Y cuando el humo se levanta como el telón de un teatro, aparece un agujero inmenso. Es la sombra de algo que ya no existe, un lago extinto que no llenaremos. Me encajo entre tus brazos para huir del paisaje apocalíptico. Imagino que me abrazas, que juntos lloramos. Pero tú sigues dormido y yo nunca lloro por las cosas importantes. A pesar de mi camiseta, la quemazón me recuerda que no podemos tocarnos. Me aparto para acurrucarme sobre las piedras más pequeñas. Durante el breve trayecto golpeo un par de ellas, que caen hacia el río y me dejan esperando su sonido al caer. Ahora comprendo la letra de tu canción: no te engañes, a nadie le importamos. Esto es el final y yo no quería que hubiera ninguno. Pensaba que los finales solo existían para las otras veces. Para esas películas que ya no nos ponemos. Todavía ascienden columnas de humo del cráter cuando me duermo.

A la mañana siguiente, no tengo que dar muchos pasos para descubrir que el desfiladero termina. Va haciéndose más estrecho hasta que deja de existir. Si no queremos dar media vuelta, habrá que escalar. Me lo dices al oído montado a mi espalda. Estudio la pared casi vertical, sintiendo tu peso y la herida de mi brazo arrancado. No veo la cima, pero sé que tienes razón. Si no queremos dar media vuelta, habrá que escalar. Pongo el primer pie sobre un saliente, tomo impulso con mi única mano. El terreno aguanta. No nos caemos tampoco cuando busco un apoyo para el segundo pie. Al tacto aprendo a reconocer los salientes inestables de los que son seguros. Procuro no mirar hacia abajo para no ver el camino que hemos dejado atrás ni el río de ceniza. Ascendemos lento pero lo hacemos.

Un impacto extraño me hace apartar la mano del saliente al que me iba a agarrar. Se produce otro impacto igual al lado de nuestras cabezas y entonces lo reconozco. Un disparo. Tan concentrado estaba en la escalada que no he reconocido el estruendo de las aspas del helicóptero. Los cazadores han regresado y nos disparan. Siento la tentación de dejarme caer: si sobrevivimos, estaremos más protegidos allí abajo, en la estrechez del desfiladero. Pero algo me empuja hacia arriba. Encuentro nuevos soportes deprisa, descarto rutas guiándome por la trayectoria de las balas. Todo va a ir bien, te digo, pero tú gritas. Comprendo qué son esos impactos metálicos: disparos alcanzándote. Tu torso me sirve de escudo. Te pregunto si estás bien mientras busco cómo seguir ascendiendo. No respondes, noto que te muerdes los labios para contener el dolor. Se desprende una parte de tierra roja y tengo que cerrar los ojos para que las piedrecillas no me cieguen. Si pudiera llenar de arena el cráter de anoche, pediría un atajo. Tendré que crearlo yo a lo largo de la ladera restante. Entre disparos y huecos continúo escalando hacia el cielo inalcanzable.

Siguiente capítulo…

El vacío que dejan las estrellas (21)

Entramos en el desfiladero con la única compañía del viento. Las paredes de piedra nos protegen elevándose hasta cubrir el cielo y entre ellas solo se oyen la corriente de aire y el eco de mis pasos. Más por intuición que por práctica, respeto las irregularidades y ondulaciones del terreno. Tosemos cuando las aspas del helicóptero levantan algo de polvo rojizo al pasar de largo. Después nos sabemos a salvo, al menos por ahora. Decido reducir el ritmo: de huida a paseo. No sé qué nos espera al final pero por ahora me gusta viajar cargándote a mi espalda.

A nuestra izquierda la garganta se abre  a lo que parece un río. Su azul cobalto tiene la densidad de la sangre y serpentea despacio entre arcilla roja. Nos quedamos perplejos hasta entender que debe de ser la ceniza de millones de libélulas fluyendo hacia el fondo de la tierra. Retomo el camino, cada vez más estrecho, nunca lo había sido tanto como ahora, solo me cabe un pie y tengo que hacer equilibrios contigo a cuestas. Con mi única mano me sujeto contra el borde de la derecha, pero si me tropiezo caeremos al río de ceniza. Se vuelve más fácil cuando no lo pienso y solo camino, como si fluyera yo también entre las paredes de piedra.

En mitad del desfiladero, noto que ya no me respondes. Quiero llamarte por tu nombre pero no lo sé. Podría llamarte conductor o cantante pero ya no eres ninguna de esas cosas. Tú. Esa es la única palabra que te pertenece. Digo tú y ese tú rebota entre rocas y regresa con fuerza. Murmuras algo irreconocible. Puede que tengas sed, yo también la tengo. Como no puedo darte agua, sigo caminando mientras te cuento todas las vistas bonitas que hay en este lugar salvaje. El río, las paredes altas, los guijarros que esquivo. “And I think it’s gonna be a long, long time…”, canturreas, y el silbido del viento parece acompañarte en la melodía: “I’m not the man they think I am at home…”. Esta canción de Elton John siempre me hace pensar en la leyenda del chico que viajó a las estrellas. El último ingenuo antes de la debacle. “Rocket man burning out his fuse up here alone.” Te cuento toda su historia tal como me la contaron, escena por escena, desde los días en que siempre llovía hasta el cohete que construyó para encontrar su espacio. Te contaría cualquier cosa con tal de anclarte al suelo conmigo. “And I think it’s gonna be a long, long time ‘till touch down brings me down again to find…” Sería más rápido dejarnos caer allá al fondo azul, que nos arrastre la corriente adonde tenga que arrastrarnos, pero el calor que provocas en mi espalda me anima a continuar por este desfiladero ardiente.

Avanzo incluso de noche, a tientas porque ni siquiera las libélulas volarían tan lejos. Cuando paramos a descansar, aprovecho para cambiarte los vendajes y curarte las heridas. No me quejo del ardor al rozarte durante el proceso. Te doy de beber las últimas gotas de agua que quedan en un charco; luego me arrepiento: hubiera sido más inteligente beberlas yo. De nada te sirve sobrevivir si yo no te llevo. El final de tu torso mutilado se ha hinchado, está amoratado y chisporrotea, pero me repito que no pasa nada, que te conseguiré unas piernas nuevas pronto. Algo se posa en tus labios, iluminándolos de azul. Son lo único que veo a la luz del pequeño faro: tus labios agrietados y entreabiertos como una cueva. Aparto la libélula brillante antes de que te queme. El insecto combustiona en el aire y el viento del desfiladero arrastra sus restos hacia una cascada. Después de guiarnos, allí acuden a morir todas las libélulas con una breve llamarada que la ceniza apaga. La catarata desciende hacia el río y la oscuridad la engulle. Quizás este lugar sea ese final del infinito que buscábamos. Allí donde desembocan todos los caminos. Pero en vez de morir juntos, me gustaría que juntos vivamos. Puede que baste con desandar uno de los caminos, alejarnos de la luz de cualquier faro para encender otra más duradera. Te lo preguntaría pero duermes apoyado contra una roca. Envidio tus ojos cerrados, medio escondidos bajo el tupé revuelto. Yo también tengo que descansar, me digo, y encogido en el suelo observo el vaivén de tu pecho para serenarme. Bajo tu camiseta granate se hincha y deshincha con la tranquilidad de un mar de verano, en eso somos iguales.

Siguiente capítulo…