Too time too time too time

La última vez que te esperé era de noche. Fui a buscarte por sorpresa a la salida del trabajo. Como era sorpresa, no te dije nada, fingí que hacía lo mismo que antes y después de conocerte: volver directamente a casa después de la playa. Pero aquel día, aquella noche, allí estaba yo en una estación de tren nueva, en una zona industrial mal iluminada, sin saber si te haría ilusión o si me había precipitado como me pasa tantas veces. Lo que más recuerdo de aquel día, de aquella noche, son los mosquitos atacándote las piernas poco después, mientras esperábamos el tren y tú te quejabas de cómo había ido el día, bebiéndote a sorbos el refresco de sandía que te había traído pero sin hacerle mucho caso. Creo que también sonreíste, puede que lo hicieras al verme, pero aquel momento fue perdiéndose a medida que el tren se acercaba.

Fotografía: Taylor Miller.
Banda sonora: The 1975.

Life is a flower

Ahora ya no haces ninguna de todas aquellas cosas que antes hacías. Te salía natural lo de apuntarte a cualquier plan improvisado. Meterte en un taxi hasta la otra punta de la ciudad para el concierto gratuito de un grupo que no conoces y sentir en mitad de esa noche que no podrías estar en ningún otro lado. Decir que sí cuando ese sí es lo que más te apetece. Lanzarte a bailar, correr, escribir, disfrutar todo lo que vas encontrando, que nunca es poco. Te escudas en que eso era antes, como si tú ya no fueras el mismo. Y es verdad que has cambiado, pero tampoco eres tan distinto del chico que hacía todo aquello.

Fotografía: Luz Natural.
Banda sonora: Ace of Base.

Furusato, el lugar que consideras tu verdadero hogar

Cuando hablo de Hanakotoba, a menudo digo que me gustaría que sus palabras tejieran un puente entre culturas lejanas. No es una frase hecha. A menudo, estando en Japón, al subir las escaleras de un santuario en la montaña o al girar la esquina de una calle cualquiera, me he sentido como en casa. Como si ya hubiera estado ahí antes, aunque lo supiera imposible porque era la primera vez que lo visitaba. Ese sentimiento cálido de pertenencia a un sitio donde no necesariamente hemos nacido, en japonés se llama furusato.

Fue una de tantas palabras que me confirmaron esa conexión extraña con un país al que solo viajo de tanto en tanto, al que idealizo a través del arte y la literatura. Pero sí, ahí me siento como en casa, aunque no sepa explicar por qué. Y al ir poniendo nombre, gracias a algunas palabras japonesas, a tantas sensaciones, a tantos momentos que había olvidado y a tantos impactos que dejaron huella, al descubrirme reconocido en ciertas palabras mientras investigaba para el libro, de verdad sentí que palabra a palabra podía cruzar ese puente entre dos culturas, como si alguien invisible lo hubiera construido para que nos entendiéramos.

El otro día me hablaron de una palabra portuguesa: cafuné, el placer de pasar los dedos por el cabello de la persona amada. No existe una palabra en castellano para eso, tampoco una palabra japonesa, pero todos sabemos cómo se siente ese cafuné. En distintas épocas, en distintos lugares, todos hemos sentido lo mismo. Esta extraña conexión me parece algo especialmente valioso hoy en día, cuando intentan enfrentarnos entre culturas y entre lenguas. Yo estoy convencido de que las lenguas nos enriquecen. Ojalá pudiéramos hablarlas todas. Me gustaría haber aportado un pequeño grano de arena para que vislumbremos ese puente y lo caminemos juntos mientras hablamos con palabras recién descubiertas.

Mi mala suerte

Un gesto te bastó para recordarme que también podíamos salir a buscarla. Hasta ahora había sido tan cómodo quedarme en casa inventando excusas, como quien hace la lista de una compra que no quiere hacer. Allí en el rincón en penumbra, donde nadie me podía ver. Secretamente a salvo. Tú en cambio diste los pasos necesarios, apenas dos o tres, para cruzar el umbral del lugar donde acabarían guiándote hasta tu destino. Me pareció sencillo. Incluso me creí capaz de hacerlo yo también llegado el momento. Así que me quedé esperando ese momento, el de mi suerte por fin cambiando.

Fotografía: Cristina Gottardi.
Banda sonora: Nena Daconte.

Yokomeshi, la dificultad de expresarnos en otro idioma

Cuando me puse a buscar palabras japonesas intraducibles para Hanakotoba, me chocó descubrir que los japoneses eran las personas que menos podían ayudarme en mi búsqueda. Como es lógico, al principio me planteé pedirles consejo y orientación, pero enseguida me di cuenta de que nadie es consciente del hecho de que algunas palabras de su propio idioma son especiales porque no existen en otras lenguas. Al fin y al cabo, si nos preguntaran a nosotros por palabras españolas intraducibles, de primeras no sabríamos qué responder. Las tenemos tan interiorizadas, entendemos tan bien su sentido y damos por sentados todos los matices de su significado, que jamás nos hemos planteado que para otros puedan ser justo aquella palabra que andaban buscando.

Lejos de hundirme, las dudas y titubeos que noté en los japoneses y japonesas cuando les planteé el proyecto me reafirmaron en que debía escribir el libro. Pensé que quizás a ellos mismos les sirviera para apreciar la riqueza de su idioma y les facilitara comunicarse con nosotros. Ahora, cuando les enseño el libro a mis conocidos japoneses, lo hojean con curiosidad: unos apenas pueden creer que esas palabras que ellos usan habitualmente para nosotros sean en cambio una revelación (o casi); pero otros también descubren algunos conceptos de su propio idioma que no conocían y asienten como si confirmasen algo que ya intuían.

Quizás en ese momento se acuerden de la tranquilidad que sintieron al poner nombre a hechos cotidianos gracias a palabras nuestras como merienda, morriña, duende o sobremesa. Así me sentí yo cada vez que una palabra japonesa definía algo indefinible que me había ocurrido tiempo atrás: menos solo en el mundo. Con este libro quise poner mi grano de arena para que juntos superemos el yokomeshi, esa dificultad de expresarnos en un idioma que no es el nuestro. Me gusta pensar que las lenguas son amigas y que, palabra a palabra, acabaremos todos found in translation, por darle la vuelta a la película.

Fotografía: Ben Blennerhassett.