El vacío que dejan las estrellas (11)

Coges la arena con ambas manos, con cuidado de no derramarla, como si fuera agua sagrada y no solo arena, y la viertes en el interior del cráter. Apenas se nota el fruto de tu esfuerzo, la confundo con la que ya había, pero tú repites el proceso. La recoges de lugares distintos, de forma tan uniforme que el desierto continúa igual de llano. Me propongo imitarte. A falta de pala, yo también uso las manos. Así cuesta más: de la poca arena que recojo, mucha se me escurre entre los dedos como si fuera el tiempo cuando lo contábamos. Voy despacio pero algo hago. Poco a poco, me amoldo a nuestra misión. Disfruto haciendo algo juntos, imagino que el calor lo desprende el horno de nuestra cocina donde pronto meteremos la masa de un bizcocho. Sudamos sedientos pero casi puedo oler la naranja de la masa esponjosa. En cuanto el cráter vuelve a parecer una esplanada, te peinas. Recorro los caminos dorados que dibujan tus dedos en el pelo antes de montarnos en el siguiente coche. Duran uno o dos segundos, enseguida todo el tupé luce uniforme, como recién salido de la peluquería. Me pregunto si hacías ese mismo gesto en tus conciertos mientras subías al escenario. Todo vuelve a ser como antes del meteorito y a la vez siento que algo ha cambiado. Podríamos retozar entre los cactus quemados si quisiéramos. Sé que no nos pincharíamos porque esta vez tenemos un propósito, una nueva oportunidad. En silencio nos alejamos del antiguo cráter y en silencio arrancamos. Me fijo en cómo te agachas para comprobar los bajos del vehículo; siempre repites ese ritual, pero es hoy cuando realmente lo percibo. Algo se remueve al verte a cuatro patas como un tigre amaestrado. Te tomas tu tiempo antes de encender la radio: una canción estropearía este instante. Todo el parabrisas lo llena esa llanura que hemos reconstruido. Durante unos segundos la contemplas como añorando algo. Quizás piensas ya en tu próximo deseo. Desde el otro asiento, yo pienso también en el mío, pero me asusta no pedir lo mismo que tú. Acabar así en otro mundo, un desierto desconocido que no sea este donde nos hemos encontrado.

Cada coche robado nos ofrece una posibilidad de reinventarnos. Una nueva partida a un videojuego creado solo para nosotros. Con un descapotable actuamos como si fuéramos ricos, con un coche familiar fingimos que hemos dejado a los hijos con sus abuelos para irnos de fin de semana. Somos conscientes de que a todos les queda poca gasolina, de que inevitablemente tendremos que pararnos para cambiar de vehículo, pero nada de eso importa al principio del robo, cuando nos sentimos poderosos a bordo de nuestro bote salvavidas. Durante estas breves horas que siempre acaban nos sentimos renacidos. Podemos ser otras personas, volver a acostumbrarnos al espacio entre nosotros, pensar nuevas posturas y acercamientos, diferentes anécdotas que extraer de un pozo que ayer no estaba. Cada nuevo coche alarga la huida porque solo conduciendo sin freno nos sentimos a salvo de ellos, incluso cuando nos los topamos bajando de sus camiones para cazar a otros sabemos que pronto estaremos lejos. En la guantera de un todoterreno encontramos unas gafas y te las pones. Finges coquetería al usarlas para estudiar un mapa imaginario, te atreves a mostrarte tal como serías si fueras otro y yo me río con unas ganas que no pueden ser mías. Los brotes verdes que creamos nos dan más energía que las pastillas del desayuno. No es que todo sea perfecto pero me gusta encadenar instantes como estos donde nada ocurre. Delante de nosotros, la carretera ya está cargándose de nuevo, vuelve a parecer infinita como al principio de cada partida.

Y por las noches, cuando encontramos un refugio entre las ruinas, bailamos. Bailamos como la primera vez que lo hicimos. Bailamos agradecidos por haber escapado un día más. Bailamos en mitad de solares y bosques brumosos, junto al coche con las puertas abiertas, sin sabernos toda la letra pero alternándonos los “You make me feel” y los “mighty real”. Bailamos a la luz de los faros levantando polvo y ceniza con cada paso que inventamos, encontrando libertad en cada movimiento improvisado que guardábamos dentro. Bailamos lanzando besos a un público imaginario. “And you kiss me back and it feels real good and I know you love me like you should.” Bailamos con los brazos alzados, nuestras palmas rozando supuestas hojas y los pies tan sueltos como los hombros, la cadera por fin desatada, la cabeza hacia atrás buscando lo eterno. Bailamos juntos aunque apenas nos miremos. Bailamos chasqueando los dedos como hacían en esos vídeos que nunca hemos visto. “I feel real, I feel real.” Bailamos a lo largo y ancho de la única discoteca donde nadie vendrá a detenernos. Bailamos atravesados por rayos de luz blanca, perdiendo la ropa sin que importe donde cae cada prenda. “I feel real when you touch me, I feel real when you want me…” Bailamos como si fuera la última vez que lo haremos. Bailamos desnudos encima del capó, aleteando mucho las manos, contoneando nuestras pollas erectas mientras entonamos a pleno pulmón cada “Ooh-ooh”. Acompañamos las percusiones de la partes instrumentales con ramas secas, golpeamos el maletero de los coches antes de abandonarlos. Ningún trozo del chasis suena igual a otro. Jugamos a combinar golpes agudos y graves; el cristal nos lo reservamos para veladas especiales en las que apretamos la mandíbula para coger fuerzas. Me pregunto si en las cacerías ellos disfrutan también del sonido único de cada miembro roto cuando resuena en su pecho metálico. Preferiría no tener que comprobarlo. Bailo, bailo, bailo y me enciendo con cada golpe apasionado que damos para mantener el ritmo.

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El vacío que dejan las estrellas (10)

—“No te engañes, a nadie le importamos…”
—¿A qué viene eso?
—Vaya, no me hice tan famoso como decían.
—¿Era parte de una canción tuya? ¡Continúa!
—Ahora me da vergüenza. Igual la habías escuchado en alguna parte.
—Un trocito más, anda, por favor.
—Bueno, pero sin cantar. Solo la letra. “¿Cómo nos íbamos a salvar si no podíamos confiar en quien tenía que salvarnos?” Y luego el estribillo: “Podríamos haber sido un ejército, unidos en un ejército entero. Dejamos la lucha a medias pero nunca seremos inocentes para ellos”.
—¿De verdad eso lo escribiste antes del cambio? Si parece escrito para estos momentos.
—Y hasta me lo dejaron publicar como single… Visionario que es uno. Pero ¿sabes? Aquí, ahora contigo, es cuando se me ocurren las mejores canciones.
—¿Y por qué no las escribes? ¿O sí lo haces? Lo de la grulla era solo una coartada y en verdad te despertaste para escribir.
—No. Aunque lo hiciera, nadie me escucharía.
—Yo lo haría. Podrías componer ahora, en plan el gran álbum sobre el desierto, o algo así.
—…
—¡Me gustaría!
—Ya, ya lo sé que te gustaría. Me conozco bien a los groupies…
—Idiota, también por la música.
—Eras de esos que se compraban un disco por lo bueno que salía el cantante en la carátula, ¿me equivoco?
—No estás tan bueno. Y sí, vale, lo hice, me compré muchos discos solo por eso, pero luego escuchándolos confirmaba esa primera vibración. ¿Cómo puede algo ser perfecto si ya su portada no te atrapa?
—La próxima vez iré a la peluquería. Más efectivo que sentarme a pensar en rimas y acordes.
—Le das muchas vueltas y seguro que es más sencillo, como los orgasmos, que cuanto más los buscas, más se alejan.
—Acabas de comparar mi bloqueo con un gatillazo… Pero sí, en cierto sentido se parecen. Qué irónico, ¿no? El mundo desmoronándose y yo sin saber sobre qué escribir. No sé. Tengo la sensación de que en cuanto me ponga a componer, todas esas canciones que tan bien suenan en mi cabeza dejarán de ser buenas. Prefiero saborearlas un rato. Saborearlas y luego dejar que se vayan de mi mente. Que revoloteen hacia el cerebro de otra persona que sí sepa aprovecharlas. Lo prefiero así.
—Pues es una pena. Ayer decías que yo me precipito, pero mira, no me arrepiento de hacerlo, estrellarme contra las cosas y luego ya veremos. No me gusta quedarme con la duda.

Hasta las estrellas se cansan de soñar en balde. La segunda estrella fugaz del viaje se precipita hacia el desierto, caerá en el mismo punto al que nosotros nos dirigimos, justo detrás de las montañas. De un volantazo, sacas el coche de la carretera y el zumbido sordo de las ruedas se vuelve crujido al aplastar piedrecillas y huesos. Atajas para llegar antes que el pequeño meteorito. Me apoyo contra el cabecero del asiento, feliz como lo haría en una cama. Quizás fuera esto lo que anhelábamos: perseguir sueños caídos contra los que estamparnos. La estela de humo que levantamos a nuestro paso imita a la del astro desplomándose en el cielo. Cambias de marcha para ser los primeros. Al final son estas sorpresas que no te pido las que más me colman.

Llegamos a tiempo de ver cómo el meteorito se hunde en la tierra. Todo tiembla pero no tenemos miedo, ya ha ocurrido otras veces. Esta, eso sí, es la primera que lo vemos tan de cerca. Vemos la gran roca contra la arena creando fuego para que todo desaparezca. El choque engulle árboles, piedras, flores secas, un conejo incauto, y a pesar del temblor no hay ruido. También el meteorito muere en silencio. Por un momento solo quedamos nosotros dos y el humo, después incluso el humo desaparece. Caminas hacia el fondo del cráter y te sientas encima de las brasas, como si nada pudiera quemarte. En mitad de la nada empiezas a cantar. Cantas como dijiste que no cantarías. En la melodía desconocida reconozco un sentimiento que creía solo mío. Ya no eres solo el conductor guapo que repite todo lo que suelta la radio, ahora también me curas. Tu voz reverbera en el cráter y las luciérnagas acuden hasta aquí abajo para escucharte. Ellas y yo somo los únicos espectadores de este concierto. Los insectos en llamas se besan en la oscuridad al son de tus besos, como fantasmas que brillan antes de la última muerte. Te veo iluminado por esos puntos de luz azulada, los hombros encogidos y los ojos cerrados, cantando ajeno a mí y a todo. Puedo ver la guitarra que tocas aunque no exista. Algunas notas se suman a tu canto, elevándose entre los tocones quemados hacia la oscuridad del cielo. Esta noche es la primera vez que no me preocupa que no haya luna, la primera que no buscaré otra estrella apagada. Solo me importan tus labios bailando en la penumbra subacuática mientras con los dedos rasgas el aire. El viento esparce a nuestro alrededor las cenizas azules de las libélulas, pero tú doblas la música como origami. Si en el horizonte ahora cayera otro meteorito, parecería que está remontando el vuelo.

—Todo esto me recuerda a cuando se formó la luna, ¿a ti no? Las lluvias de asteroides que la dejaron sin vida. Exhausta pero llena de cráteres.
—¿Crees que acabaremos viviendo en una nueva Luna? ¿Esa será nuestra recompensa?
—Nosotros no llegaremos a verlo, pero sí. Algo así.
—¿Y de qué será satélite la Tierra cuando se convierta en Luna? Porque siempre acabamos persiguiendo algo aunque no queramos.

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El vacío que dejan las estrellas (9)

Sentados en la misma barandilla de ayer, seguimos hablando hasta que el metal se enfría. El sol se esconde detrás de las montañas porque él tampoco sabe qué más contarnos. Busco aquella niebla junto al río de la que me hablaste y los edificios que habían construido, un viaje que nunca hicimos juntos, las exposiciones que nos perdimos. Por un momento nada se mueve, ni siquiera tu tupé con el viento. Este cauce seco y la torre en ruinas a nuestra espalda son los restos de ese pasado que no compartimos. Cuando oscurece echas a andar hacia el nuevo coche que acabas de elegir, azul eléctrico, desde donde los Beach Boys cantan “Wouldn’t it be nice to live together”. Cerca de ti las libélulas parpadean como los caminos luminosos de un cine a oscuras. Para nosotros el día empieza cuando para los demás termina. Así es más seguro, dices. Tarareas “You know it’s gonna make it that much better” ya sentado al volante y yo completo “when we can say goodnight and stay together” cuando por fin me animo a seguirte. Dejamos atrás sitios en los que no me importaría quedarme. Tú prefieres que no nos encariñemos de ningún lugar, señalas las manchas de la pared o los sofás ajados, nunca te fijarías en el olor a incienso que perdura entre el polvo o el sonido de las ramas al otro lado de una cortina. “I wish that every kiss was never ending.” Puede que viajemos juntos en direcciones opuestas. Me consuelo pensando en tu grulla, la llevo en el bolsillo de la camiseta, las alas plegadas para protegerla. Ahora dependo de ti bajo ese cielo que cada noche tiene menos estrellas, pero quizás la libertad se parezca a esta sensación de dependencia. “Oh, wouldn’t it be nice?” Pones rumbo a las montañas, una silueta negra que nos recuerda que podría haber algo al otro lado, un tesoro por desenterrar.

—Si invitaba a alguien a casa, escondía un cuchillo debajo del sofá.
—¿Un cuchillo? Qué fuerte eres…
—Luego me olvidaba de él, o después de cuatro meneos en el sofá me desorientaba y dejaba de saber dónde lo había dejado, pero mientras le esperaba, atento a los sonidos del ascensor, ese cuchillo me daba seguridad. Si el otro intentaba delatarme, si notaba algo raro, tendría una manera de defenderme.
—Ahora me das miedo. A saber cuántos cuchillos llegaste a usar…
—Aparte de para cocinar, ninguno, claro.
—Y si hubieras tenido que usarlo, ¿qué?
—Eso solo lo sabes cuando llega el momento, como perdonar unos cuernos después de prometerte toda la vida que jamás los perdonarías. Hablar es fácil cuando todo es teoría.
—Recuérdame que nunca te ponga los cuernos… Por si acaso tienes un cuchillo escondido debajo del sofá, me refiero.
—¡Idiota!
—Yo me harté de acumular nombres que no servían para nada. Así que dejé de preguntarlos.
—¿Por eso no me has preguntado el mío todavía?
—El tuyo no lo necesito. Esto es como un nuevo inicio, ¿no?
—A mí sí me gustaba saber los nombres. Estarás de acuerdo conmigo que no sería lo mismo estar con un Sergio que con un Eustaquio.
—Estuve con tantos Sergios que no sabría distinguirlos. De un Eustaquio me acordaría, eso seguro. Y de los anónimos recuerdo cómo se movían.
—¿Solo de eso?
—También del color de sus ojos, el lunar en el antebrazo al arremangarse su jersey rojo… Nunca de sus caras. Después de los nombres, me cansé de las caras. Empecé a quedar sin verlas. Yo les decía que lo hacía por ellos, para preservar su anonimato. Pero en realidad estaba protegiéndome a mí mismo: si no les veía las caras, no existía ninguna conexión y yo estaba a salvo.
—¡Te entiendo! Se oían tantas cosas por ahí, de amantes que traicionaban al otro para salvarse ellos, padres obligados a matar a sus hijos para limpiar el honor de la familiar, cosas así.
—Por eso no leía las noticias… Decía que no me daba tiempo entre los ensayos y los conciertos, pero en realidad me asustaba hacerlo. Si no leía, no sabía. Mejor así.
—Pues yo me informaba de todo, los detalles más escabrosos.
—¿Y eso es bueno? Siempre quieres adelantarte, pero ¿de qué te sirve?
—No lo sé, supongo que me gusta conocer todas las posibilidades para estar preparado.
—¿Sabes? Yo creía que siempre tendría posibilidades infinitas. Por eso rechazaba a cualquiera que intentara acercarse. Los nombres, las caras… todo eran excusas. Ya vendrán otros mejores, me decía. Pero a la hora de la verdad, cuando todo cambió, ni siquiera me quedó gente a la que rechazar.

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El vacío que dejan las estrellas (8)

No sé por qué esperaba que contigo el sexo fuera distinto. Contigo tampoco distingo lo que son tus piernas o lo que son tus brazos. Cualquier parte que movamos resbala, enfundados los dos en sendos trajes profilácticos que tienen que protegernos del otro. Te imagino más allá de todas las capas de plástico, me convenzo de que este chirrido al rozar algo con mi mano también es tocarte. Rodando por la arena, nuestros cuerpos chocan como dos piedras tercas que intentan ocupar el lugar de la otra. El primer golpe duele, los restantes nadie los nota. Tus hombros son la única montaña que me gustaría ser capaz de escalar. Después de mil embestidas, nos apartamos y puedo ver el cielo sin nubes más allá de tu cabeza en retirada. Contigo sí ha habido algo diferente, al final: nunca había follado al aire libre hasta hoy. Intento contártelo pero mis palabras solo son vahídos dentro del látex.

Dormimos porque soñando prolongamos la huida. Cuando vuelvo a abrir los ojos, el cielo ya no es azul sino negro y solo hay algunas estrellas aquí y allá. Ninguna luna porque eso fue lo primero que nos robaron. Decían que era peligrosa, que nos enloquecía. Así que la destruyeron. Una noche ya no estaba. Todo lo que conocemos puede desaparecer así, pero tú aún estás aquí, a dos o tres pasos, sentado en lo alto de nuestra duna. Tu espalda desnuda está recubierta de arena. De alguna parte llega el haz rosado de un letrero luminoso como lo haría una estrella fugaz que no se cansa de concedernos deseos. Al ritmo de sus ráfagas, observo cómo tus dedos doblan una grulla de origami. Con precisión marcas las diagonales, las puntas plegándose sobre sí mismas, pasas páginas para crear las alas. Sé que podrías acabar incluso a oscuras, pero querría encontrar para ti el interruptor de la luz en mitad del desierto, como si la tierra polvorienta fuera papel despintado por el que deslizar mis manos. Me da miedo que no haya nada mejor que esto. Verte hacer cosas mientras siento el tacto frío de cada grano de arena contra mi piel desnuda. Entonces te giras hacia mí, tu pelo parece más largo ahora aplastado contra la frente, y me muestras la grulla terminada, le has abierto tanto las alas que de verdad parece un pájaro a punto de echar a volar hacia la claridad rosada. La posas sobre el trozo de yermo que nos separa, la desplazas un poco hacia mí, ofreciéndomela.

—Te quiero.
—No digas eso, ¿eh? No me quieres.
—¿Tú cómo sabes lo que siento? Te lo he dicho porque lo siento.
—Porque es imposible. Nadie sentiría eso por alguien que conoce de hace dos días.—¡Pero si ya llevamos tres días viajando juntos!
—Ah, eres de los que cuentan los días…
—No hay que contar nada, no son tantos días.
—…
—¿Y qué es lo que puedo decir, que me gustas? ¿Eso lo puedo decir?
—Sí, eso es subjetivo y ahí no me meto.
—Pues me gustas. Mucho.
—Gracias.
—¿Y cómo sabré que sí te quiero?
—Cuando sea de verdad, no necesitarás decirlo.
—Yo creo que te equivocas, nunca sentiré esto tan fuerte como ahora, es imposible.

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El vacío que dejan las estrellas (7)

Incluso el sol nos persigue a la mañana siguiente. Cambiamos el coche por un furgón gris, dejamos atrás los paisajes de ayer, pero el horizonte lo intuimos tan lejano como al principio de la huida. Hoy ni siquiera descansaremos de día, dices, hay que darse prisa. Procuramos no fijarnos en los restos de quienes fracasaron en su intento de huir antes que nosotros. Coches quemados, esqueletos de ropas pasadas de moda. No somos los únicos, hubo otros. Debieron de conducir también con ilusión, hablar en el mismo tono eufórico, sentir también que todo era nuevo. Solo lograron morir en mitad de la arena roja, quemados por el sol creciente igual que arden las libélulas antes de morir. A ratos, cuando el viento te alborota el tupé, imagino que me llega el olor de tu champú, casi me convenzo de que todo es un decorado, que si sacara la mano por la ventanilla rozaría campos de trigo y no hierbajos esporádicos secándose entre las vallas chamuscadas. “Super trouper beams are gonna blind me but I won’t feel blue…” La canción de Abba que salta en la radio te hace gritar de felicidad. Después ríes y es entonces, al desplegarse tus labios como si desearan abrazarme, cuando por fin me libero. Levanto los brazos al aire, imito tu grito y tu risa. Aparece un árbol verde en pleno asfalto. Tienes que dar un golpe de volante cuando se materializa, fantasmagórico. Es la primera cosa viva que vemos juntos, la seguimos con la misma mirada. “Smiling, having fun, feeling like a number one.” Nuestras risas se expanden por el desierto y con ellas el verdor regresa por un instante. Tras las ruedas del coche aparece un rastro de hierba que desconcierta a las libélulas, a ambos lados brotan hileras de árboles renacidos. “The sight of you will prove to me I’m still alive.” Por un momento parece que juntos rescataremos la vida que nos contaron, pájaros saltando de rama en rama una mañana de finales de invierno con un sol que no abrase. Pero enseguida todo se desvanece, los pájaros se desploman calcinados y la arena rojiza se impone de nuevo. Quizá si siempre riéramos, el mundo volvería a ser el de antes.

Las ruinas surgen cuando no las esperamos. No son espejismos, son lo que quedó del espejismo. Torres a medias, como pintalabios de algún gigante, y migas de piedra desperdigadas. Solo aquí podemos gritar sin miedo a que nadie nos oiga. Es lo que hacemos. Gritamos en lo que queda de las avenidas demasiado anchas para que el eco nos haga viajar hasta el último recodo. Tuvimos que desaparecer para contemplar esto.

—Esta era mi vista favorita. Viajaba aquí a menudo y siempre pasaba por esta orilla, de camino al museo.
—¿Cuánto hace de eso?
—Todavía había río. Recuerdo la humedad, encogerme dentro del abrigo y adentrarme en la niebla, sentirme en casa en ese preciso momento, ya sabes.
—Sentirte en casa lejos de casa.
—Un poco como ahora. No hay humedad y no hay niebla, pero sigue gustándome esto. Antes, había un edificio nuevo en la otra orilla: recién construido, reluciente. Pero a mí me daba la sensación de que hubiera estado allí siempre, ¿sabes?
—Yo lo que echo de menos es el mar. ¿No te pasa?
—No puedes echar de menos algo que nunca has visto.
—¡Precisamente! Me gustaría verlo, tocarlo, sentirlo, olerlo, escucharlo, pero no puedo. ¿No es eso echar de menos? Y te sonará raro, pero cuanto más nos adentramos en medio de esta nada, más me convenzo de que acabaremos llegando a alguna parte tarde o temprano.
—Ahora dudas de mis dotes de conductor, ¿eh? Se acabaron los piropos…
—Hablo en serio. No te puedes imaginar lo que significa estar aquí. Llegué a creer que no había más vida para mí, que ya lo había vivido todo.
—¿Por eso decidiste quitarte de en medio?
—Bueno, entre otras cosas.
—…
—Me gustaba estar a solas, no te creas. Llegué a necesitar esos momentos conmigo mismo, en mi cápsula, al final de la jornada.
—Hacías balance, ¿no?
—Más que balance, supongo que me disfrutaba a mí mismo.
—“Disfrutarte”, ya.
—¡Idiota! Sí, me disfrutaba. Disfrutaba de saberme alguien que respiraba. Alguien que podía hacer cosas o no hacer nada. A solas era la única manera de recordar que nadie decidía por mí. A pesar del reglamento, tirado en mi cama a oscuras me sentía vivo.
—¿Qué falló, entonces?
—Yo.
—¿Eh?
—Sí: fallé yo, dejé de funcionar como tenemos que hacerlo. Trabajando todo me superaba, incluso tonterías: una llamada, una puerta cerrada. Con todo me bloqueaba. No me veía capaz de ir al ritmo que el mundo me exigía. Era como ver por una rendija un mundo al que yo ya no pertenecía. El único respiro que encontraba era llegar a mi cama. Con cada nuevo fracaso, se me desprendía otra pieza. Yo seguía siendo aquella torre de madera que tan sólida e infinita parecía al principio de la partida, pero ahora más tambaleante, más agujereado.

En el pueblo abandonado, la arena bloquea las puertas pero nos permite entrar por una ventana. Escalamos las dunas hasta ella y nos colamos en el interior. Nuestros ojos se convierten en radares dentro de la casa. Bayas secas. Una silla partida y polvorienta. Cacerolas sucias sobre la encimera. En la despensa, melocotones arrugados que todavía conservan algo de eso que llamábamos dulce. Latas de conserva que nadie ha asaltado: guisantes, maíz, champiñones. Las cojo, creyéndome que nada puede ser mejor que esto, regodeándome en la cara que pondrás al ver mi botín. Entonces me guiñas un ojo para mostrarme lo que acabas de encontrar: una caja, escondida entre dos estantes por alguien que nunca regresó a por ella. En la imagen del cartón aparece un traje profiláctico y según el texto contiene dos unidades. La sacudes para hacerla sonar. Nuestro deseo crece tanto y tan rápido que tenemos que salir corriendo para desatarlo.

Siguiente capítulo…