Ataraxia

Estoy cómodo en la tibieza de poder contarlo todo a medias: historias con el drama justo donde yo no acabo llamándote de madrugada. Aquí todo parece bonito. Destaco la luz azulada entrando por la ventana y no la última vez que mis dedos se enredaron en el vello de tu pecho sabiendo que sería la última vez. Incluso ahora me aprovecho de lo que escribo. Juego a ser la víctima que ya no sufre o como mucho, un verdugo suave. Nunca describiré cómo tus latidos se aceleraban adelantándose a la crueldad que yo estaba a punto de soltarte. Me sentí un asesino pero eso no vende. Tampoco hablaré de las infusiones que tengo que tomar desde otoño para dormir bien. Ni del miedo a volver a sentir algo intenso que me descontrole. Sí, estoy cómodo en la tibieza de los recuerdos. Floto en un mundo a mi medida donde lo imprevisto ya lo conozco.

Fotografía: Théo Gosselin.
Banda sonora: La Casa Azul.

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Love, Simon

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Debía de tener yo unos 15 años cuando mi madre me preguntó con todo el tacto del mundo si me gustaban los chicos y yo le respondí que no. Tuvieron que pasar dos años hasta que llegó mi verdadera respuesta. Durante todo aquel tiempo fue más fácil poner en casa discos de Madonna, Aqua o Sin With Sebastian que ser sincero. El chute de valentía me lo dio algo tontísimo, la serie de televisión Al salir de clase, el capítulo donde Santi les dice a su madre y a su hermana que es gay. En 1999, esa era la primera vez que veía a alguien de mi misma edad ser como yo. Y esa escena en la pantalla que muchos verían de fondo para mí supuso una liberación. Un momento trascendente que sigo recordando.

Deseo que la película Love, Simon signifique algo parecido para mucha gente. Quizá sea una película tonta, no tan distinta de otras comedias románticas de instituto, pero eso es lo que la hace especial. Que sea tan divertida y emocionante y previsible como cualquier otra. Que la proyecten en los cines de siempre y no solo en festivales temáticos y minoritarios. Que además aquí se estrene la misma semana que en Budapest han prohibido el musical de Billy Elliot por obsceno.

Con 36 años me he emocionado recordando mis 16 años, lo que me hubiera gustado verla entonces, la liberación que ahora sentirán otros y otras en mi lugar, tengan la edad que tengan. Sí, he llorado con las escenas clave diseñadas para llorar, he soltado carcajadas como un adolescente con los chistes y las réplicas graciosas por tópicas que fueran y casi he aplaudido en cada escena donde me sentía identificado, y han sido unas cuantas. Porque a veces es tan sencillo como saber que existen personas como tú. Reconforta confirmar que escuchan las mismas canciones y que también se enamoran. Solo sabiéndolo puedes salir por la puerta como cada día pero hoy te sientes con fuerzas para girarte hacia tu madre y reconocer lo que en el fondo ella ya sabía: “Sí, me gustan los chicos”.

“Ahora ya puedes respirar, Simon. Puedes ser más tú mismo que nunca.”

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Flesh without blood

Durante año y medio, lo que más miedo me daba era volver a verte. Miedo por mí, por caer otra vez en aquella tontería. “En ese balcón follé yo”, les decía a mis amigos cada día que pasábamos por delante de tu portal. Así quitaba hierro a la posibilidad de encontrarte en cualquier esquina luminosa del barrio donde vivís todos. Después, mientras pedíamos cerveza y algunas tapas, yo miraba al ventanal por si aparecías. Para estar preparado. La tarde que por fin coincidimos salías de casa tan concentrado en el móvil que no me viste. Cruzaste el único paso de cebra que no te llevaba a mí y te convertiste en una persona que se alejaba, encogiéndose hasta desaparecer entre los árboles.

Fotografía: Todo Hombres.
Banda sonora: Grimes.

White lights

Algo así lo he presenciado ya tantas veces que no sé por qué me emociono todavía. El agua dibujaba formas en el suelo y tú dibujabas con trazos rápidos aquel espacio que nos tenía en un silencio casi religioso, boquiabiertos. Yo solo te miraba. La luz blanca de aquella tarde entraba por el agujero de la cúpula y era perfecta. A mi espalda, una pareja comentó que parecías estar posando para una foto. Yo también lo pensaba, pero tenía que aguantarme las ganas de sacar el móvil del bolsillo para inmortalizarte. Estábamos en uno de esos museos donde prohíben fotografiar las cosas bonitas. Tu gorro azul, la barba incipiente, la ropa oscura, tus pies descalzos. Cuando me marché, un trozo de mí continuó un rato más dentro de aquel extraño universo, intentando grabar en la memoria cada detalle.

Fotografía: Teshima Art Museum en Pinterest.
Banda sonora: JOYNER.

Don’t delete the kisses

¿Cuándo fue la última vez que besaste con verdaderas ganas? Desde aquella madrugada has lanzado tantos besos que ahora no sabes a quién estás besando. Lo haces a medias. Te extraña poder llenarte la boca con algo que ya no practicas. Fingiendo pasión en el aburrimiento, echas la cabeza atrás. Te sientes Marilyn en el balcón posando para los turistas. Un beso como ese no costaría nada y sin embargo es lo último que te apetece, lo que más te apetece. Pero no te queda energía: la energía te la guardas. ¿Cuándo será la próxima vez que beses con verdaderas ganas? Ojalá no tuvieras que lanzar más besos para saber que también te están besando.

Fotografía: Canadian Boar.
Banda sonora: Wolf Alice.