Diario de creación 4: El reto de escribir diálogos

Théo Gosselin

Durante años evité incluir diálogos en mis textos en la medida de lo posible. Admiro a los escritores capaces de escribirlos bien y adoro las películas donde los personajes hablan y hablan porque me parece complicado conseguir que suenen creíbles. Es en los diálogos donde el autor acaba delatando su voz: si no vas con cuidado, acaban expresándose con tus palabras, diciendo lo que tú dirías y no lo que de verdad opinan.

Los buenos diálogos deberían servir para que el lector conozca a los personajes de primera mano, sin aparente intervención del escritor como ocurre en el resto del libro. Lógicamente se trata de un artificio, pero tiene que ser creíble. Nada peor que unos diálogos poco naturales donde todo el mundo acaba hablando de la misma manera.  Era lo que me ocurría a mí, así que la primera solución fue no incluirlos: apostar por las descripciones y los pensamientos.

Pero es complicado hacer avanzar una historia sin que los personajes hablen. Así que para El mar llegaba hasta aquí empecé a trabajar en los diálogos, atento a cómo lo hacían los autores y guionistas de las historias que me gustaban. Un profesor de guion nos contó que lo importante es que cada personaje se exprese acorde a su personalidad, de manera que incluso sin acotaciones se pueda saber quién dice qué y en qué tono. De hecho habría que librarse de las acotaciones, nos decía. Y también imaginar una voz distinta para cada personaje, de manera que al escribir sus frases la oyéramos y eso nos facilitara darle su personalidad.

Cogí tanta confianza a medida que lograba diferenciar las voces de mis personajes que hasta me planteé un reto: un capítulo que consistiera en diálogo en su mayor parte. Esa escena con Leo y su amigo hablando de todo y de nada mientras salen de fiesta fue uno de los más divertidos de escribir. Tanto lo disfruté que me propuse un reto para la siguiente novela: incluir muchas escenas de diálogos, sin acotaciones ni descripciones.

Pensé que si tanto me gusta la trilogía de Antes del amanecer donde Jesse y Celine apenas hacen nada que no se hablar, o si tanto me enamoró una larguísima escena del libro After Dark de Murakami donde dos desconocidos se encuentran en un bar e intiman más que con nadie antes a base de desnudarse palabra a palabra, entonces yo tenía que intentar escribir conversaciones también, no estaba bien rehuirlas.

Así, El vacío que dejan las estrellas pasó de no tener diálogos en su primer borrador a que casi la mitad de las escenas sean habladas en la versión definitiva. Tenía sentido en una historia donde los personajes no pueden tocarse pero luchan por conocerse el uno al otro. Por supuesto, este aspecto tuve que pulirlo y de hecho es una de las cosas que más trabajé en cada revisión. Recordé los trucos de mi profesor, llegué a escuchar las voces de mis personajes, y cuando lo hacía sus frases fluían, cada uno expresándose con su cadencia. Uno muy preguntón y entusiasta, el otro más escueto e irónico.

Mientras corregía, me fijé especialmente en palabras y expresiones que se repetían a lo largo de sus conversaciones para que solo las usara uno de ellos y así distinguirlos. Procuré borrarme a mí mismo de sus diálogos, reconocer frases que yo diría pero no ellos y eliminarlas para que durante esos momentos de intimidad solo estén ellos dos comunicándose y el lector escuchando. Confío en haberlo conseguido.

Sé que todavía me falta mucho para conseguir que mis personajes hablen como en las historias que me gustan, pero al menos ahora me atrevo a escucharles.

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Diario de creación 3: ¿Brújula o mapa?

Théo Gosselin

Nunca me había planteado mi manera de abordar las historias hasta que leí esta pregunta en Twitter: ¿escribís con mapa o con brújula? Escribir con mapa sería tener toda la historia planificada por orden, escena por escena. Hacerlo con brújula sería, en cambio, lanzarse a la página en blanco y dejar que sean los protagonistas quienes te muestren el rumbo.

Me gustaría decir que soy de los segundos, suena más salvaje y aventurero, pero no es así del todo. Puede que con un relato funcione bien lo de escribir con brújula, pero las novelas tienen una extensión considerable y siempre ayuda tener algo que te oriente en cada página: en mi caso, siempre escribo la escena final del libro al inicio del proceso. Sabiendo adonde quiero llegar me resulta más fácil después experimentar o probar distintos enfoques: gracias a haber escrito esa última escena, sé también lo que quiero contar, el tono que tienen que tener las frases y las escenas, qué hay tras las motivaciones de mis personajes.

Fijado el rumbo, cojo un cuaderno en blanco y escribo escenas sueltas, a veces solo un párrafo o incluso una frase suelta que todavía no sé dónde encajará. Durante todo el proceso, es el desenlace que ya está decidido lo que ilumina las páginas. Me pasa lo mismo con los viajes. Siempre me compro guías con itinerarios marcados para alejarme de ellos sabiendo qué quiero ver y adonde tengo que volver, pero sorprendiéndome también por el camino. Es como si teniendo una red debajo fuera más fácil saltar al vacío. Un truco de la mente, supongo.

Con El mar llegaba hasta aquí, en cuanto tuve claro el final, surgieron también unas escenas claves para llegar a él. Elaboré una estructura inicial que fue mutando conforme escribía, pero incluso al terminar el proceso, en las revisiones definitivas, las escenas que menos variaron fueron aquellas que me sirvieron de mapa. Del final, de hecho, apenas modifiqué ninguna palabra. Varió el inicio conforme iba puliendo cada borrador, acercándome a eso qué quería contar con mi historia.

Curiosamente, con El vacío que dejan las estrellas me pasó al contrario: la escena que más ha variado de todo el libro es justo la última. En el primer borrador era la primera escena, pero en los siguientes borradores la situé al final porque me gustaba su simbolismo y fue eso lo que me orientó a lo largo de todo el proceso. Este cambio, como es lógico, transformó el resto del libro. Se mantuvieron elementos fijos, pero en este caso el mapa fue aclarándose a medida que me acercaba hacia el final.

En la última revisión, la que hice durante los primeros 30 días del confinamiento, al tener que ordenar todas las escenas que había escrito, a menudo variaciones de una situación parecida, las piezas fueron encajando, llevándome a ese final que ideé años atrás teniendo solo muy claro lo que para mí significaba. Y cuanto más me acercaba, más claro lo tenía, mejor se dibujaba en la página. Como esos viajes que salen distintos a lo planeado pero los disfrutas como ningún otro. No sé si fue gracias a un mapa o una brújula, más bien un talismán, pero sin él, sin saber lo que quería contar, sin conocer la sensación que quería provocar antes de cerrar el libro, entonces mis personajes no habrían logrado recorrer todo el camino.

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Diario de creación 2: La voz del narrador

Fotografía: Théo Gosselin

En los borradores iniciales de El vacío que dejan las estrellas, tuve que luchar contra un enemigo invisible: la elección de un narrador equivocado. Cuando por fin elegí el adecuado, las escenas fluyeron con una facilidad pasmosa, pero antes tuvieron que pasar muchos años y unos cuantos manuscritos hasta dar con esa voz que necesitaba mi historia.

No hay reglas mágicas porque cada libro requiere un narrador distinto donde también influye el punto de vista de cada persona que se sienta delante de la página en blanco. Muchos escritores escriben siempre igual (en primera persona, en tercera persona…), es parte de su estilo, pero incluso ellos tarde o temprano acaban recurriendo a una voz distinta cuando cierta historia lo requiere. Es algo que “se siente”, así de místico, como si alguien te dictara las frases en tu cabeza.

Como desde el principio tuve claro que mis protagonistas serían perseguidos por unos cazadores misteriosos, se me ocurrió que podría funcionar escribir con un narrador omnisciente que los seguía y conocía todos sus pasos y pensamientos y solo de vez en cuando se manifestaba como personaje anunciando lo que iba a hacer con los protagonistas. La idea me vino por Madame Bovary de Gustave Flaubert, donde en la primera escena del libro, lo que parecía un narrador en tercera persona convencional, se descubre que es uno de los compañeros de clase del futuro marido de Emma Bovary. Es decir, un testigo, alguien que quizás formará parte de las habladurías que tanto teme ella. Fue un reto complicado que dejé a medias: sumado al tiempo presente de la narración, quedaba una voz robótica e impersonal.

Para el siguiente borrador, probé con los verbos en pasado: tampoco funcionó, la huida de los protagonistas requiere algo de urgencia e inmediatez, también de incertidumbre acerca del futuro. Así que pasé a un narrador más corriente: en primera persona y en presente, tal como había escrito mi otra novela, El mar llegaba hasta aquí. Con esta voz pude terminar ese borrador y pasarlo a limpio. Estaba satisfecho de haber completado una versión de la historia, pero notaba que seguía habiendo algo extraño. Como en ningún momento se saben los nombres de estos personajes, no quedaba natural que el narrador se refiriera al otro continuamente como “él”: él conduce, él baja del coche, él me mira. Parecían acotaciones de un guion de cine.

Cuando retomé la historia en 2016, ya con su título definitivo y con la intención de que la historia, dentro de ser una distopía, contuviera algo de esperanza, también estaba preparando los relatos de El amor desordenado. En ese libro de cuentos repaso varias de mis experiencias amorosas y lo hago con un tono íntimo pero positivo, como si me dirigiera de tú a tú con mi antiguo amante ahora que guardo un buen recuerdo y de paso permitiera al lector espiar ese instante privado entre dos personas (o como si tú fueras aquel amante que el tiempo y la distancia alejó). Supongo que se parece a la voz que usan todas las canciones que me gustan para implicar al oyente.

En algún momento, se me ocurrió que quizás así, manteniendo el presente pero alternando primera persona y segunda persona, como en una canción, lograría aportar a El vacío que dejan las estrellas esa calidez que echaba en falta en los anteriores borradores. Me puse a escribir y, en efecto, gracias a esta nueva voz las frases fluyeron solas, por fin podía ver las acciones de los personajes y escucharlos sin tener que batallar contra la página en blanco. Las escenas ganaron intimidad al poder decir: “tú conduces, bajas del coche, me miras”. Además, se produjo un efecto inesperado: las frases escritas en primera persona del plural, de repente quedaban épicas. Huimos, corremos, bailamos.Tenían algo de inevitable, una cadencia muy adecuada para esa huida sin retorno de los protagonistas. A partir de ese momento, tuve claro que mantendría este narrador porque por fin la novela funcionaba.

Siempre había leído la importancia de elegir una voz narrativa óptima para la historia. Es algo básico que se menciona en todos los manuales de escritura. Pero hasta que sufrí viendo cómo mi narración se atascaba o quedaba rara, no comprendí de verdad el poder que tiene ese simple cambio: el tiempo verbal y los pronombres se ajustan a la historia y viceversa. En tercera persona y en primera persona con tiempos verbales en pasado casi siempre funciona, por algo son los narradores más usados, pero si por lo que sea no ocurre así, hay que probar y experimentar, reescribir y releer para sentir los diferentes efectos. Cada libro tuyo solo tienes una manera de contarlo y primero tienes que encontrarla.

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Diario de creación 1: La importancia de los primeros borradores

Me ha llevado 11 años terminar El vacío que dejan las estrellas, mi segunda novela. Durante todo ese tiempo escribí varios manuscritos de manera intermitente, con muchos cambios de uno a otro. Os iré contando los detalles de este proceso en los días que faltan hasta su publicación el 23 de abril.

El primer borrador lo empecé a escribir en 2009. Entonces aún no sabía lo que era un primer borrador; estaba convencido de que todo lo que tecleara ya era casi definitivo, más allá de revisar la ortografía. Así que escribí el primer capítulo, luego el segundo, luego el tercero… y así hasta que me atasqué. Dejé en el limbo una historia que en aquel primer momento se titulaba Baile de máscaras. No, entonces tampoco sabía la importancia de un buen título.

Durante año y medio apenas escribí nada. Pero varios impactos en mi vida me ayudaron a crecer en el terreno personal y finalmente me motivaron a escribir la que sería mi primera novela, El mar llegaba hasta aquí. Entre agosto de 2011 y enero de 2015, casi todo lo que hice fue escribirla y revisarla. Aprendí mucho en el proceso: lo que era un borrador, la importancia de un buen título, pero también descubrir mi voz narrativa, mejorar los diálogos, estructurar la historia… A medida que me conocía como escritor, ganaba seguridad en mí mismo. Para la odisea de Leo y Adán rescaté una idea de aquella historia que había quedado en el limbo: un mundo donde siempre llovía.

En octubre de 2013, entre corrección y corrección de El mar llegaba hasta aquí, mientras dejaba que el texto madurara dentro del cajón para retomarlo con más objetividad y mejor juicio, decidí retomar aquel viejo manuscrito. Había perdido el documento original, pero con todo lo que recordaba, pude retomar la historia bajo el título Nunca seremos inocentes. Lo hice en el cuaderno de la izquierda que aparece en la foto. Fueron dos semanas de escritura intensa que, después de otros dos meses, dieron lugar al borrador encuadernado en el centro de la foto.

En el mundo de esos dos personajes que huyen se había producido un cambio: ya nunca llovía. Ahora recorrían un desierto donde nadie podía tocarse. Con este nuevo borrador tenía más clara la estructura de la historia, teniendo en cuenta el final adonde quería llegar y lo que quería contar por el camino, algunas cosas que no habían funcionado de mi primer idea, nuevos planteamientos. Ahí decidí, por ejemplo, que mis dos personajes hablarían mucho: habría escenas de puro diálogo combinadas con las de exploración y aventura. Cada decisión que tomaba se sentía como volver encontrar el camino cuando te crees perdido en una zona nueva de una ciudad que ya conoces.

Para guiar a los protagonistas por esos paisajes desolados, ideé unas mariposas azules con las alas en llamas que pasaron a convertirse en libélulas cuando retomé el proyecto tres años después, en verano de 2016. Había descubierto que en Japón las libélulas simbolizan agilidad, fuerza y victoria porque consiguen mantenerse rectas aunque se apoyen solo con una parte del cuerpo. Me gustaba ese simbolismo para la huida de los dos protagonistas. Quería que la historia fuera algo más luminosa que en las primeras versiones y por eso también cambié el título: de Nunca seremos inocentes, muy tremendo y derrotista, a El vacío que dejan las estrellas, poético y ambiguo.

No fueron los únicos cambios en este tercer y último manuscrito (la libreta azul en la foto). Por el camino se había cruzado la publicación de mis primeros libros, especialmente la novela El mar llegaba hasta aquí, que me había enseñado tanto sobre mi manera de escribir. Y me había demostrado que, si me lo proponía y me establecía una rutina diaria, era capaz de sacar adelante una historia y publicarla. En otras palabras: tres libros y mucha vida después, yo ya no era el mismo que en 2009.

Además, los cuentos breves de mi tercera obra, El amor desordenado, me aportaron la clave más importante para abordar esta novela en su forma definitiva: la voz del narrador en segunda persona. Entendí que uno de los fallos de los borradores iniciales había sido la elección equivocada del tipo de narrador: cuando elegí el adecuado, las escenas fluyeron con una facilidad pasmosa. Pero de esto hablaré con más detalle en la próxima entrega de este diario de creación.

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El vacío que dejan las estrellas (6)

De la nada, aparece el camión de los cazadores. La luz de los faros se desparrama como pintura blanca. Sus ruedas dentadas avanzan con paso firme por la arena, aplastando todos esos cactus que nuestro coche evitaba. Los revientan como cabezas de extraterrestres. Resguardados por una duna, has frenado a tiempo, los observamos descender hacia el motel al que nos dirigíamos. Sus ropas de calle, camisetas, vaqueros, sudaderas con mensajes divertidos, contrastan con los ramilletes de armas con las que se abren paso en el edificio. Uno de ellos se coloca bien la capucha y enciende una antorcha antes de entrar. Las risotadas de la jauría retumban contra el cristal del coche. Contenemos la respiración, tú apretando los dientes, yo tapándome la boca con las manos para que no escape ni una gota de aire. La lengua me sabe a sangre. Por suerte, ahora no salta ninguna canción en la radio. Pasan uno o dos minutos pero no suenan los disparos que esperamos, no se oye nada. El olor del humo nos llega segundos antes que el brillo del fuego. Los cazadores vuelven a subir al camión dándose palmadas en el hombro entre risas que ya no distinguimos. Sus dientes parecen rojos en mitad de las llamas. Cuando reanudan su camino, los focos enormes del camión rozan nuestro escondite pero el vehículo nos pasa de largo dejando tras de sí las huellas de un reptil escurridizo. El motel no tarda en derrumbarse sobre sí mismo, engullido por el incendio. Cae en silencio como si él tampoco quisiera delatarnos. Todo lo que queda de los cactus son unos bultos de babas verdes que chisporrotean en la noche rojiza.

—Hubo un día, y no sé qué día fue, que tuvimos esta fiesta, la típica fiesta a la que iba todo el mundo, y tú solo te acordabas de la mitad de los nombres, a veces ni eso, ya sabes, y no faltaban bebidas, una fuente con todos los ingredientes de tacos que teníamos que montar nosotros, canciones de Rihanna, droga, en fin, la típica fiesta, y estaba este chico que nadie sabía quién era pero él nos saludaba a todos y le sonreíamos, por si acaso.
—Esto me lo sé. Un policía, ¿no?
—¡Ya estás fastidiándome la historia! Eso fue lo que pensábamos todos la mañana siguiente, que era policía y nos iba a delatar.
—Vaya, que se os pasó la resaca de golpe.
—Recuerdo coger el móvil y preguntarle al anfitrión “oye, el tío ese de la camiseta verde, ¿seguro que no era poli?”. El rumor corrió como la pólvora, pasamos unos días de paranoia. Buscamos información sobre el chico, nadie lo conocía. Teníamos claro que vendrían a cazarnos a todos de un momento a otro. Pero en plena fiesta, con tantas cosas entre manos…
—Y algunas también en la boca…
—No lo voy a negar, el caso es que en aquel momento, y eso te quería contar, en plena fiesta ni se nos pasó por la cabeza que aquel chico pudiera ser peligroso. Nos lo estábamos pasando tan bien que todo parecía infinito.
—Como cuando te acostabas con un ex. Que sabías que no deberías hacerlo pero lo hacías. Algo que en el momento parecía divertido.
—¡No, mejor! Como cuando estabas en la mejor fiesta de tu vida y por una vez, por primera vez en años, tu vida no sentías que corriera ningún peligro. Nos reímos de aquel chico desconocido un rato y después seguimos a lo nuestro. Por fin nos sentíamos seguros.
—Yo nunca dejé de tener miedo, creo.
—¿Y crees que a ellos también les pasaba? Esto de tener miedo, de dudar. Me lo pregunto a menudo. Si fallamos o somos una réplica tan exacta que hasta repetimos sus defectos.
—Seguro que sí. Y seguro que también destruían. También odiaban.
—¿Alguna vez cazaron a alguien a quien conocieras?
—Muchas. Era el problema de dar tantos conciertos y entrevistas: cuestión de probabilidades. Me pasaba el día mirando hacia la puerta, con el teléfono apagado, convencido de que ya venían a por mí. Cualquier ruido me lo certificaba. Los últimos meses fueron terribles. Después de cada concierto llegaban noticias de cacerías y ya no era una cuestión de si ocurriría, sino de cuándo. Bueno, qué te voy a contar.
—¿Está mal que me alegre de que no nos pasara a nosotros?
—No creo que seas el primero que se alegra de la desgracia ajena.
—Me doy cuenta de que es verdad que no somos humanos. Nos programaron para parecerlo, pero eso no significa que lo seamos.
—Al final hemos acabado hablando de todo lo que dijimos que no hablaríamos…
—‎¡Es verdad! Pero me niego, te lo juro que me niego. ¿No hay otras cosas que podamos contarnos?
—‎Empieza tú. Dime algo, cualquier cosa.
—‎…
—No es fácil, ¿eh?
—Me estoy acordando de una plaza feísima que tenía cerca de casa. La típica plaza que solo servía para conectar dos calles anchas y una salida de metro. Ahí me di el primer beso de la segunda cita con un chico que me gustaba mucho. Casi le aparté la cara, no esperaba que quisiera besarme, y menos en público.
—Claro.
—Nunca volví a pasar por aquella plaza y ahora me arrepiento. No sé por qué quedábamos allí, la verdad. Todos estos sitios que dejamos atrás ya no queda nadie que los recuerde, mañana ni siquiera los recordaremos nosotros. ¿No te gustaría volver atrás?
—Un poco, a veces. No. No.
—¿Sabes que me contaron? Que dentro de mucho tiempo, varios millones de años o así, cuando el universo se expanda al máximo, entonces empezará a contraerse de nuevo, y todo funcionará al revés, como si estuviera rebobinando. En algún momento volveremos a pasar por aquí, por esta misma duna, pero marcha atrás. Todo sucederá exactamente igual, o eso me dijeron, solo que en el orden inverso. Ese motel se apagará y se pondrá en pie. Comeremos como si vomitásemos y moriremos al nacer.
—Se hace raro pensarlo… ¿Y nos daremos cuenta?
—¿A qué te refieres?
—Si sabremos que estamos volviendo a vivir al revés.
—No creo, para nosotros será tan natural como ahora. Pero supongo que se nos volverá a escapar todo como si creyéramos que en algún momento podremos regresar.
—Bueno, piensa en todos los coches que volveremos a coger juntos. ¿No te apetece eso?
—¿Serán bonitos?
—Preciosos, un Mini verde y todo.
—Me gustaría pensar que justo a la mitad habrá un instante que todo se detendrá. Como un déja-vu. Para que dentro sintamos que ese instante irrepetible ya lo hemos vivido. Un nanosegundo congelado donde mirarnos a los ojos antes de que todo continúe.

Siguiente capítulo…