Milk & toast & honey

Me costó encontrar tu mermelada favorita. Recordaba bien la marca y el sabor, cereza negra, me lo contaste en el restaurante de los barriles de vino; tardaron en atendernos y tuvimos que esperar la cena con conversaciones tontas que entonces parecían importantes. Ahí estaba al fin: el bote alargado de mermelada, de un color oscuro que no tienen las cerezas. Había decenas de ellos alineados en el estante. Compré uno, feliz por lo que aquello significaba. Íbamos a pasar nuestra primera noche juntos y a la mañana siguiente prepararía pancakes y sacaría tu mermelada favorita con una sonrisa, como si ese gesto pudiera sellar nuestro destino. Mi plan perfecto tenía un fallo porque cuando todo acabó, no te quedaste a dormir y yo desayuné lo de siempre solo.

Fotografía: Viktor Talashuk.
Banda sonora: Roxette.

Crush

Mientras te duchabas, descubrí mi bote de desodorante sobre tu escritorio. En realidad allí nada era nuestro: yo era un simple invitado de paso en aquella habitación de hotel, pero aquel frasco familiar de etiqueta azul me hizo sentir en casa. Te lo aplicaste despreocupado, primero un sobaco, después el otro, como debías de hacer cada mañana, ajeno a mis pensamientos. Presencié cada paso del proceso desde la cama a la que ya no regresaste. Después llegó mi turno de ducharme y antes de vestirme te pedí el desodorante porque yo no tenía, comentando de pasada que era el mismo que usaba. Reíste sin darle mayor importancia a la casualidad. Todo duró menos de media hora pero todavía lo recuerdo cada mañana al salir de la ducha y ver tu bote de desodorante en el estante de mi baño.

Fotografía: Théo Gosselin.
Banda sonora: Day Wave.

How do you sleep?

Puedo sentirte físicamente incluso ahora. Podría identificar el punto exacto donde me desgarraste. Lo hiciste jugando, sin darte cuenta, yo te dejé hacerlo, al principio quería que lo hicieras, seguía deseándolo cuando ya no estábamos solos, y lo hiciste jugando, sin entender que te echara de allí en el punto culminante. No volveré a verte, pronto ni siquiera recordaré tu cara o esa peca del muslo que me gustaba y disgustaba acariciar, lo olvidaré todo sobre nosotros pero seguiré sintiéndote dentro. Se acumularán otras cicatrices mientras duermes lejos, toda mi alma cubierta y aun así siempre sabré señalar la que me hiciste tú.

Pintura: Los solitarios de Edvard Munch.
Banda sonora: Sam Smith.

Tears of pearls

No me costó nada portarme contigo como otros lo habían hecho conmigo. Después de tus quince horas en tren para venir a verme, me sentí tentado de cerrar la puerta al verte. No llegué a hacerlo, pero esa noche te eché de la habitación. No eras como en las fotos, no hablabas como en la pantalla del ordenador, no besabas como lo haría alguien que me gusta. Todo era distinto, pero me escudé en alguna excusa tonta. A la mañana siguiente te fuiste sin insistir. No sé si volviste directamente a casa, otras quince horas en tren, o quizás antes hiciste algo de turismo aprovechando el viaje. Nunca me molesté en preguntártelo. Para cuando volvimos a encontrarnos años después, por casualidad en una cena con amigos en común, apenas me acordaba de ti; por eso ni siquiera te saludé, pensando que tú también te habrías olvidado de mí. Como si yo no supiera que los hombres que nos rechazan son los que mejor recordamos.

Fotografía: Théo Gosselin.
Banda sonora: Savage Garden.

Summer of ’42

Ideábamos planes que no se cumplirían porque solo podíamos compartir algo que no existía. Qué bonito sería, decíamos acalorados en la terraza, sabiendo perfectamente que nunca sería. El verano pasaba y nos sentíamos tan a salvo en esa fantasía que no nos importaba enredarnos un poco más en el juego. Recuerdo la furia de tu último beso aplastándome contra el sofá, tus manos que buscaban con rabia en mi cinturón lo que yo no sabría darte. Toda la escena la interpreté como el anticipo de aquello tan bonito en vez de sospechar lo que era: tu versión de una despedida.

Fotografía: Greta Schölderle.
Banda sonora: Kishi Bashi.