Green Book

Te dirán que otros ya lo contaron antes y será verdad, pero ninguno lo hizo con tu voz. Tendrás que buscarla. Después deberás encontrar la anécdota exacta que dibuje el universo. Te acusarán entonces de tergiversar la verdad, de no ser fiel a los acontecimientos que otros dicen que ocurrieron, como si en las ficciones no importasen más los sentimientos que los hechos. Las reflexiones que ellos inspiran. Vale, lo más probable es que tu historia inventada no cambie el mundo, pero siempre cabe la posibilidad de que al terminar la película, en mitad de la sala aún a oscuras, algún descreído vea la luz en la pantalla. Su mundo así iluminado le parecerá un poco mejor. Durará apenas un segundo pero solo por eso tu viaje habrá merecido la pena.

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It’s always darkest before the dawn

La soledad muerde más fuerte algunos domingos. Lo hace sin avisar, quizás porque las tardes se alargan o el teléfono suena menos. Inventas remedios pero ninguno funciona. Son meros parches que arrancan los camareros cuando te olvidan en la peor mesa o esas miradas en el cine que se fijan. Suerte de las gafas de sol que has empezado a usar de escudo. Al final, después de correr por el parque o después de pintar el salón de azul, acurrucado en tu cama, puedes notar cómo se encogen las paredes mientras la oscuridad crece y tú estás más y más solo, atrapado en un cuadro que se quedará así. Pero siempre al despertar, vuelve a ser de día.

Fotografía: Sasha Freemind.
Banda sonora: Florence + The Machine.

Me encanta esta parte

Esa canción que me recordaba a ti acabé pasándosela después a otro chico. Nunca te hablé de ella ni tampoco le conté a él que me la puse volviendo de tu casa la primera noche. Fue una de tantas cosas que es mejor guardar para uno mismo. Además, me temo que nadie entendería todo lo que significan las frases más tontas. Puestos a ser sinceros, con él tampoco se hicieron realidad aquellos versos. Desde entonces no he repetido el recorrido nocturno entre las dos plazas, pero la canción sigue recordándome a ti aunque ahora tenga que pararme a pensar cómo te llamabas.

Fotografía: Send Love to Boys.
Banda sonora: Luis Brea y el Miedo.

El hueco #37

—Todos tienen una idea de mí y no sé cómo demostrarles lo equivocados que están. Contigo por fin puedo decirlo: no siempre sonrío.
—¿Ah, no? Déjame decirte que desde que te conozco no has dejado de hacerlo.
—Y a veces tengo días malos, también. Días terribles. Y pienso en sexo tan a menudo que algunos días solo pienso en eso.
—¿A todas horas?
—Y en todas partes, no lo sabes tú bien. Tanta energía gastada en algo que podría solucionar en diez, quince minutos a lo sumo.
—¡Qué generoso!
—A menudo cocino pensando en la paja que me haré después. Por la calle, los ojos se me van a los paquetes de los tíos. Calibro el bulto en el pantalón de chándal.
—Pero con disimulo.
—Eso siempre. De reojo. Y aunque les vea acariciando la mano de su novia, fantaseo con que me espía. Esa fantasía me asusta: quizá se darán cuenta. Pero no dejo de preguntarme si estarán pensando lo mismo, imaginándose también una escena sexual por la calle. No necesariamente conmigo; con quien sea. Eso me intriga. Saber si los demás llegan a pensar en sexo tanto como yo o no.
—¿Y todo esto no se lo contabas a nadie?
—Qué va. Quienes me conocían me habrían mirado todos como un depravado. “¡Es un guarro! Solo piensa en sexo”, dirían a mis espaldas. Por eso tengo tan ensayada mi cara de niño bueno. Para que nadie sospeche.
—Es curioso cómo te tienes por alguien autosuficiente, al margen de todo y de todos, cuando en realidad lo que más te preocupaba entonces, y sospecho que no ha cambiado, era lo que pensaban los demás de ti. Nadie te pedía fingir ser un santo.
—Tú ahora no me lo pides, pero la gente… La gente…
—¡A la mierda la gente! Joder, les hemos dejado atrás pero hablas tanto de ellos que parece que aún los llevemos en el coche.
—En cualquier momento se asomará alguien desde el asiento trasero.
—Hablo en serio.
—Yo también. Perdona. Cuando conozco mucho a alguien, tengo la sensación de que acabo por actuar como él espera. Como si viera proyectada la imagen que esa persona tiene de mí y actuase en consecuencia. Queriendo ser como ese espejo. Pero está bien. Te prometo que ya mismo dejo de hablar de nada que no seamos tú y yo.
—Puedes hablar de otras cosas, también. De los discos que querrías haber traído, por ejemplo. Me gusta escucharte, no pienses lo contrario. Conmigo puedes hacer y decir lo que quieras, lo sabes, ¿verdad?
—Es que contigo es distinto. No eres solo “una persona”.
—Hombre, muchas gracias.
—Me refiero a que eres más que eso. Aunque si lo piensas, tampoco nos conocemos tanto….
—¿Te gustaría que nos conociéramos mejor? ¿Eso quieres decir?
—Sí. No, creo que no. Porque ya está bien así. Nos conocemos lo justo para estar cómodos, pero seguimos conservando parte de misterio. Eso me gusta. Me relaja. Tienes razón, contigo no tengo nada que interpretar.

 

Fotografía: Théo Gosselin.

El hueco #38

Enseguida nos habituamos a los volúmenes del coche para evitar tocarnos. Es lo primero que hacemos, de hecho: aprender a respetar el espacio del otro incluso con las sacudidas que van llegando, conocer los obstáculos que nos separan. El freno de mano y una lata de Coca-Cola olvidada. Reprimo mis ganas de rozar tu rodilla o tu mano como si no las buscara. No puedo convertir la búsqueda en accidente. A ti, en cambio, no te cuesta permanecer muy quieto al volante, la mirada tan fija en el horizonte que logras convencerme de que algo acabará apareciendo. Cuando cambias de marcha para tomar una pequeña pendiente, fantaseo con que tus dedos se escaparán hasta mi pierna. En vez de eso, regresan siempre al volante. Es más seguro así, lo acepto. Tiene que ser así. A ti ni siquiera te perturban los carteles que de vez en cuando rompen el horizonte liso; yo sí los sigo para asegurarme de que no aparecen nuestros retratos. Solo anuncian viviendas para familias sonrientes que persigo hasta que se funden con el paisaje. Entonces mis ojos vuelven a ti. Desde mi asiento, me conformo mirándote mientras no me miras. Con el pelo recogido en lo alto y esa camiseta azul índigo contrastando con tu barba rubia, pareces un samurái capaz de recitar algo en francés. Sé que no eres una estatua porque si te hablo mueves los labios.

Fotografía: Théo Gosselin.