Yokomeshi, la dificultad de expresarnos en otro idioma

Cuando me puse a buscar palabras japonesas intraducibles para Hanakotoba, me chocó descubrir que los japoneses eran las personas que menos podían ayudarme en mi búsqueda. Como es lógico, al principio me planteé pedirles consejo y orientación, pero enseguida me di cuenta de que nadie es consciente del hecho de que algunas palabras de su propio idioma son especiales porque no existen en otras lenguas. Al fin y al cabo, si nos preguntaran a nosotros por palabras españolas intraducibles, de primeras no sabríamos qué responder. Las tenemos tan interiorizadas, entendemos tan bien su sentido y damos por sentados todos los matices de su significado, que jamás nos hemos planteado que para otros puedan ser justo aquella palabra que andaban buscando.

Lejos de hundirme, las dudas y titubeos que noté en los japoneses y japonesas cuando les planteé el proyecto me reafirmaron en que debía escribir el libro. Pensé que quizás a ellos mismos les sirviera para apreciar la riqueza de su idioma y les facilitara comunicarse con nosotros. Ahora, cuando les enseño el libro a mis conocidos japoneses, lo hojean con curiosidad: unos apenas pueden creer que esas palabras que ellos usan habitualmente para nosotros sean en cambio una revelación (o casi); pero otros también descubren algunos conceptos de su propio idioma que no conocían y asienten como si confirmasen algo que ya intuían.

Quizás en ese momento se acuerden de la tranquilidad que sintieron al poner nombre a hechos cotidianos gracias a palabras nuestras como merienda, morriña, duende o sobremesa. Así me sentí yo cada vez que una palabra japonesa definía algo indefinible que me había ocurrido tiempo atrás: menos solo en el mundo. Con este libro quise poner mi grano de arena para que juntos superemos el yokomeshi, esa dificultad de expresarnos en un idioma que no es el nuestro. Me gusta pensar que las lenguas son amigas y que, palabra a palabra, acabaremos todos found in translation, por darle la vuelta a la película.

Fotografía: Ben Blennerhassett.

Where are we now?

Íbamos quedando en ciudades siempre distintas para hablar de ciudades en las que ya no estábamos. Elegíamos cafeterías bonitas, pero no demasiado, para que no pareciera una cita ni darle importancia al reencuentro. Tampoco nos llevábamos tan bien, al fin y al cabo. Hablábamos durante una o dos horas, sin contarlas pero notándolas, notando el peso también de todos esos caminos que no habíamos tomado. Que nunca tomaríamos. Nos entendíamos entre sorbos de té durante esas tardes lluviosas que nos hacían recordar aquellos otros lugares donde algún día, sí, quizás algún día regresaríamos. El cielo de la plaza siempre seguía siendo gris y allí de pie prometíamos volver a vernos pronto, como hacen las personas a punto de coger el metro en direcciones opuestas.

Fotografía: Pinterest.
Banda sonora: David Bowie.

Nothing lasts forever

El otro día pasé por delante del bar al que íbamos todas las noches. Entonces era poco menos que nuestro mundo; sigue estando en la misma calle ancha, pero a la luz del sol me pareció más pequeño. A aquellas horas todavía estaba vacío y no me quedé a comprobar si después se llenaba como antes para escuchar los mismos chistes tristes de siempre. De todos nosotros, los dos que menos creían en el amor acabaron uno casándose y el otro sé que lo hará de un momento a otro. El que admiraba al DJ desde lejos, gracias a las carambolas del destino acabó enamorándole años más tarde, lejos de allí. El único que creía que nada es eterno ahora desearía haberse equivocado. Y el que escribía sobre los amores que nacen sigue haciéndolo porque escribir se convirtió en la única manera de mantener vivo ese sentimiento.

Fotografía: Chester Wade.
Banda sonora: Natalia Kills.

Mano de mujer (女手): El origen femenino de la escritura en hiragana

Una de las cosas que más me gusta del japonés, en comparación con el chino, es su estilo de escritura estilizada, como si las palabras volasen sobre el papel. A este efecto visual contribuyen los caracteres cursivos del hiragana, uno de los tres sistemas de escritura que usa el japonés. Las 46 letras de este silabario fueron mi primer reto cuando empecé a estudiar este idioma hace 20 años. En el siglo X, las damas de la corte Heian aprendían a escribir con el mismo método. Aunque las cortesanas tenían acceso a la misma educación que los hombres, para ellas estaban vetados los kanji, ideogramas de origen chino que Japón adaptó a su lengua, conservando el significado pero transformando la lectura. Se consideraba que los kanji eran demasiado complicados para las mujeres. Para ellas se creó un sistema simplificado, con caracteres que expresaban sonidos en vez de significado. Sigue leyendo

Pachinko song

Todavía algunas noches me pregunto si seguiríamos juntos de no ser por mí. A veces todavía me arrepiento aunque sé que no debería. Pienso en lo que podría haber pasado si mi decisión hubiera sido otra. Entonces parecía tan evidente. Ahora hablaría conmigo, no contigo. Lo haría tranquilamente en el mismo salón amplio y soleado. No intentaría hacerme entrar en razón ni cambiar lo que decidiría: tan solo me advertiría de lo que estaba por venir en los años siguientes. Así volvería a lanzarme al mundo pero con menos ganas de comérmelo y quizás la caída doliera menos. Todavía algunas noches me pregunto en qué nos habríamos equivocado después si el camino tomado hubiera sido otro.

Fotografía: Lynn Saville.
Banda sonora: Lily & Madeleine.