La vida de los peces

El cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás.

Tenía muchas ganas de ver esta película del chileno Matías Bize desde que vi el tráiler la semana pasada, incluso antes de saber que fue la ganadora del último Goya a Mejor Película Hispanoamericana. Me enamoré del título, me enamoré de Santiago Cabrera y me enamoré del propio tráiler: casi mudo, sólo mostraba miradas y abrazos bañados por una música mágica. Tenía el sabor de un reencuentro antes de la última despedida. Y es que precisamente de eso trata “La vida de los peces”. De la última despedida de Andrés, que después de 10 años de ausencia vuelve a su Chile natal para reencontrarse con su gente y despedirse de ellos, cerrar ciertos cabos sueltos antes de instalarse ya definitivamente en Berlín.

Los primeros compases de la película reflejan perfectamente esa sensación de curiosidad y extrañeza ante un mundo que ya no es el tuyo. Gente que fue tan importante y ahora apenas reconoces, con la que lo único que queda en común es el pasado, habitaciones vacías llenas de recuerdos, esas ganas locas de irte y al mismo tiempo de posponer lo máximo posible tu marcha. Andrés deambula por la casa durante un cumpleaños que ha reunido allí a mucha gente, y conversa con las personas que siguen instaladas en aquel lugar después de 10 años, con mujeres que se niegan a perder su atractivo, con niños que no existían cuando él se fue, chicas que ahora han crecido e intentan seducirle, abuelas que siguen al cuidado de todo como siempre… Andrés da vueltas y vueltas por la casa, él mismo se define como un turista.

Y entonces llega el momento clave de la película: el reencuentro con la novia que abandonó hace 10 años, Beatriz. A partir de ahí, la película toma otro ritmo y otro tono, mucho más melancólico. Ya no hablamos sólo de adioses, sino también de oportunidades perdidas, de cosas que se estropearon sin saber muy bien porqué. Escena a escena, diálogo a diálogo, vamos obteniendo un retrato de Andrés y Beatriz, de la vida que dejaron atrás, de las vidas que llevan ahora (él es redactor de viajes para revistas y guías; ella ha formado una familia, tiene dos hijas), de los motivos que impulsaron a Andrés a irse a Europa.

Todo se sugiere más que se dice, tienes que ir reconstruyéndolo a partir de todos esos detalles que se mencionan en diferentes escenas. Es una película lenta e intimista, construida exclusivamente a base de diálogos y pequeños gestos de gran importancia. No esperéis un ritmo trepidante ni nada más que el retrato de unos personajes, su pasado añorado, su presente impuesto y el futuro al que aspiran. La película está montada, además, casi en tiempo real: dura una hora y veinte, y asistes a la última hora y veinte de Andrés en esa casa de Chile.

La química entre Andrés (Santiago Cabrera) y Beatriz (Blanca Lewin) es asombrosa. Sus conversaciones están cargadas de significados ocultos, pero no son menos enormes las miradas, sonrisas y gestos que entrecruzan. Destaco la escena en la que ambos escuchan a un hombre cantar “Nubes” de Inverness acompañado por una guitarra (el verso “El cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás” resume toda la película), así como la escena de la pecera, bellísima. Por no hablar de la escena final, completamente muda y sin embargo, la más significativa de todas. Se dice todo con las miradas, y lo remarca esa música maravillosa que no para de crecer, violines y pianos que envuelven a los personajes por última vez. El violín intenta arrastrar del piano, consolar su tristeza, alejarlo de las percusiones y las guitarras que los rodean. Una maravilla.

No es una película redonda. El ritmo (obligado por los diálogos, ese único espacio y ese montaje en tiempo real) se puede hacer pesado a ratos, y la metáfora de gente dando vueltas por una casa como peces en una pecera lleva a momentos de redundancia, de pensar que la casa es circular y que Andrés no se va a acabar de ir nunca. A pesar de todo, “La vida de los peces” deja un poso muy agradable, la satisfacción de haber presenciado una buena historia, sencilla y emotiva, con la que te puedes identificar porque todos nos hemos despedido del pasado, todos hemos sentido esa curiosidad por cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos tomado otras decisiones. Los inevitables “¿Y si…?”. Y como no podía ser de otro modo (no quiero ser pedante, pero es triste pensar que últimamente la calidad de una película es inversamente proporcional al número de salas donde se estrena), sólo encontramos un cine en toda Barcelona que la proyectase. Intentad verla, porque merece la pena.

Te mentiría si te digo que no pienso en cómo será otra vida, cómo será estar contigo. Si estuviésemos en una tormenta de nieve, o en un pueblito. O las cosas simples: comprar fruta, pagar las cuentas, ir a comprar un regalo… No es que no quiera lo que tengo, es sólo que no puedo evitarlo, quisiera asomarme a mirar, a mirar otra vida.

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