Rufus Wainwright – Out Of The Game

“Sometimes you need a stranger to walk with.”

“No te vayas”, susurras con el emocionante crescendo de gaitas que despide el último tema, Candles. Todo el disco sirve de escenario para la batalla dulce entre los holas y los adioses. Conseguir lo que querías y estar a punto de perderlo. Saberte muy frágil porque por primera vez en mucho tiempo te sientes invulnerable. ¿Cuánto durará? No lo sé, pero no te vayas. Ya has perdido antes, ahora quieres ganar, ya te toca: que cada encuentro suene tan triunfal como Welcome To The Ball.

El título del álbum no podría ser más irónico. Rufus Wainwright está aquí totalmente dentro del juego, consciente de la calidad del material que ofrece, amo y señor de su talento, como en la portada. Lo ha vendido como su disco más pop, yo opino que esa definición solo es una máscara. Porque ni la producción de Mark Ronson, a ratos gospel (Jericho, sobre todo), a ratos soul de local polvoriento, y a ratos casi synth-pop, puede esconderlo: éste es el disco más sincero del cantante. Por eso su voz suena menos teatral que otras veces. Le basta con sentir las letras.

Tenía muchas expectativas puestas en este disco, después de que la canción Out Of The Game fuera la banda sonora oficial de mi viaje por Granada. La primera escucha me dejó descolocado. Sí pero no. De igual modo que hay personas de las que no te prendas hasta la segunda vez que los ves (“¿pero cómo no me fijé en lo guapo que era antes de ayer?”), el álbum me conquistó a la segunda escucha. Los coros fueron abrazándome, las letras fueron calando, los sonidos se tornaron cálidos, llegó la conexión, los brazos desconocidos que se rozan en la penumbra. Rufus sonrió y yo con él. Os invito a sentir lo mismo.

Se le nota enamoradísimo en canciones como Respectable Dive (lanzarse a la piscina pero con cabeza, vestido de gala) o sobre todo Song For You: viene a ser el Your Song de Rufus, una declaración de amor en toda regla: “podría escoger muchas letras, pero solo hay una canción para ti”. Tiene algo de créditos finales de una película romántica. Casi todo el disco suena así, en realidad: pomposo pero con los brazos abiertos. La sinceridad inspira ternura.

También hay cápsulas del tiempo: Montauk es una carta para su hija sobre las futuras visitas que hará a sus dos padres cuando sea mayor y se haya emancipado. Perfect Man llega directa de los años 40, y no es la única. El tiempo deja de tener sentido porque Rufus Wainwright solo quiere compartir su felicidad actual, recién casado y con una hija. Hubo pérdidas pero él ha ganado (solo así se comprende que una canción titulada Bitter Tears suene tan victoriosa). Tiene zapatos nuevos y un traje nuevo y hasta un bastón que en realidad no necesita. Canción a canción, comparte viñetas de su presente a las que te permite asomarte.

Para cuando llega Sometimes You Need, descubres una necesidad que guardabas muy dentro, tan enterrada que ni siquiera sabías que la tenías. Rufus te comprende, se ha metido en tu cabeza y lo saca todo a flote. Y querrías llorar. Un abrazo eterno, de los que ahogan, para no ahogarte. En este momento, en este abrazo que podría durar horas, eres feliz. El sofá es un océano para nosotros. Sin soltarte, Rufus susurra un Quédate en Madrid a la inglesa: “Let’s get lost in Los Angeles”. Nada más romántico. Y crece la música, como en los cuentos de hadas, crece y crece porque te has quedado.

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