¿Lo recuerdas? Cuando jugabas y todo cobraba vida en tus manos; incluso los muñecos hablaban. Cuando correr era una aventura, no el estrés de cada día. Y separabas los brazos para correr más rápido y sentir el viento en toda la piel, propulsándote, aunque entonces aún no comprendieras cómo funcionaban el viento ni tu cuerpo. Las únicas leyes de tu mundo eran las tuyas.
¿Lo recuerdas? Cuando podías quedar con los amigos cada día. Inventaros historias en el jardín, convertir un arroyo en río y soñar en el día que navegaríais por él hacia otro lugar mejor que este. Sigue leyendo




