«¡¿A la playa?!», exclamaron, mirándote como a un loco. Sí, habías ido a la playa. Aunque ahora estuviera lloviendo, antes hacía sol, hacía calor. Te apetecía. Leer a pesar de los granos de arena que se cuelan entre las páginas, vuelta y vuelta en la toalla, zambullirte un rato, hacerte el muerto para que todo lo demás desapareciese de tu vista. De hecho, hoy era el primer día que el chapuzón no había sobrado. El agua estaba en su punto justo: fresca, no fría.
Pero para ellos, ir a la playa no entraba dentro de lo acordado. No estaba decidido. Suponía desafiar las normas, contradecir la predicción del tiempo. Sigue leyendo




