Lo confieso: a la hora de crear personajes para mis historias, no soy todo lo metódico que debería. No confecciono fichas, no escribo biografías, no pienso si tendrán tantos años o el pelo rubio y ondulado. En fin, no sigo ninguno de los consejos de los manuales de escritura. Al principio me inspiro en gente cercana, tomo prestados rasgos que intuí en un chico con piercings del autobús nocturno, recuerdo personajes del cine y la literatura que me marcaron. Y lo pongo todo en una coctelera, para ir usándolo a medida que lo necesite. Intento que ningún personaje sea una copia de nadie concreto, sino que todos tengan las partes de sus modelos que más me interesan. Es un poco como jugar a ser el Doctor Frankenstein.
Con la historia ya más o menos montada, entonces sí, ajusto datos concretos (sus profesiones y aficiones, sus pasados), según me convengan. Me fijo en qué gestos les identifican: salieron de forma natural, sin premeditación por mi parte. Qué expresiones usan, también. En las palabras está su ADN. Sigue leyendo




