La creación de personajes: jugar a ser el Doctor Frankenstein

Lo confieso: a la hora de crear personajes para mis historias, no soy todo lo metódico que debería. No confecciono fichas, no escribo biografías, no pienso si tendrán tantos años o el pelo rubio y ondulado. En fin, no sigo ninguno de los consejos de los manuales de escritura. Al principio me inspiro en gente cercana, tomo prestados rasgos que intuí en un chico con piercings del autobús nocturno, recuerdo personajes del cine y la literatura que me marcaron. Y lo pongo todo en una coctelera, para ir usándolo a medida que lo necesite. Intento que ningún personaje sea una copia de nadie concreto, sino que todos tengan las partes de sus modelos que más me interesan. Es un poco como jugar a ser el Doctor Frankenstein.

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Con la historia ya más o menos montada, entonces sí, ajusto datos concretos (sus profesiones y aficiones, sus pasados), según me convengan. Me fijo en qué gestos les identifican: salieron de forma natural, sin premeditación por mi parte. Qué expresiones usan, también. En las palabras está su ADN. Modifico los diálogos y las descripciones en base a eso. Uno de los trucos más útiles que leí jamás, es el de imaginar la voz exacta del personaje: si la evocas mientras escribes, de golpe el personaje actúa y habla tal como es él, sin que tú interfieras.

El mar llegaba hasta aquí cuenta la transformación de Leo, desde un chico retraído que intenta dejar atrás una ruptura, hasta alguien que empieza a hacer las cosas que de verdad le llenan. Y aunque sea la historia de un personaje, siempre tuve claro que este viaje no podría hacerlo solo. Porque son los demás quienes le enseñan, moldean, guían. De cada persona que va conociendo en la novela, Leo aprende algo, aunque tarde en darse cuenta.

Y para eso, necesitaba unos personajes secundarios que fueran lo más interesantes posible. Dicen que ellos son el alma de toda historia. A menudo, de una película no recuerdas el desenlace, pero sí aquel momento en que vislumbraste que el camarero era mucho más que alguien detrás de la barra de un bar. Y si ya cuesta crear al protagonista, imaginad crear además a todo esa retahíla de personajes que habrán de acompañarle en momentos breves, pero decisivos. En el caso de Leo, los más importantes son estos tres que hoy quiero presentaros…

MARTA

Ella encarna esas amistades en la distancia que, creo, todos tenemos: buenos amigos a los que ves poco, pero sientes que están ahí. A menudo recuerdas frases suyas para darte ánimos. Marta tiene un punto místico, pero también es el único personaje que no se calla las cosas y devuelve a Leo a la realidad más cruda siempre que es necesario. Dado que el protagonista empieza la novela desencantado con el amor y casi que con la vida, tuve que recurrir a este contrapunto optimista y romántico para que no tire la toalla a las primeras de cambio. Marta está convencida de que al final todas las piezas encajan. Así cuenta ella su historia de amor en el segundo capítulo:

—Lo leí todo como si fueran libros nuevos y cuando acabé, ni corta ni perezosa, me fui directa a la biblioteca de Figueres. Aprovechaba esos viajes para visitar tiendas que habían abierto sin yo saberlo, para pasear por calles que ya ni me acordaba de que existían, a veces iba a museos. Estaba receptiva y de todo hacía fotos. Y allí estaba él. Jordi. Después de varios viernes buscándole sin éxito, lo descubrí. En medio de la carretera que lleva al castillo. Mirándome. Bueno, enfocándome con una cámara. Me estaba haciendo una foto. Esta vez pude mirarle yo de frente. No con el objetivo, con mis ojos. Me encendí entera, quería follar con él allí mismo. Le sonreí y él, después de apretar el obturador, bajó la cámara y también me sonrió. Clic.

Marta es fotógrafa y, después de años retratando a otros, se enamora del primer hombre que la fotografía Y es que ella también aprenderá cosas en El mar llegaba hasta aquí. Que a veces conviene ceder un poco, por ejemplo. Por ahora, parece el personaje favorito de muchos lectores, quizá porque se destila el cariño que les tengo a todos los amigos y amigas en que me inspiré para crearla. Todas las cosas que admiro de ellos, esos pequeños detalles que me dieron grandes lecciones. A mí y de rebote, a Leo.

JAVI

Posiblemente, Javi sea el personaje que más me ha costado escribir. Si Marta era la mística, él es la cabra loca. Solo piensa en el sexo (o dice que solo piensa en el sexo, que no es lo mismo), en pasarlo bien sin pensar en mañana. Una caricatura del mundo de la noche, vaya. Pero los estereotipos existen porque hay gente así. Me apetecía contar cómo esa frivolidad puede venir bien en determinados momentos. Puedes aprender de ella, incluso.

Siempre procuré que el lector intuyera que detrás de todo lo que hace y dice Javi hay algo más importante. No sé si lo conseguí; de hecho, he seguido perfilándolo en cada revisión de la novela para que no sea solo un cúmulo de tópicos con patas. A su manera, Javi me parece tierno y considero que simboliza cosas que no nos gustarían en nosotros, pero en el fondo envidiamos de otros. Esperaré vuestra valoración cuando por fin podáis leer todas sus escenas. Aquí un avance del cuarto capítulo:

Con los años, Javi se había inventado una coreografía y yo intenté imitarle sin éxito. Demasiados giros y cascadas con los dedos. Javi agitó al aire una melena imaginaria. Cabello, tacones, puerta, cadenas, para todas las palabras tenía un gesto. Me señaló en cada “y todos me miran, me miran, me miran”, animándome sin decirlo: bebe, pásalo bien, ligarás. Sabía que tenía razón. Y aunque hacerle caso implicaba mucho esfuerzo por mi parte, me contagié de su euforia. Esa sonrisa de oreja a oreja le rejuvenecía.

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ADÁN

Prototipo de artista torturado y, por ello, mi personaje favorito. Secundario (apenas aparece en la mitad de páginas del libro), pero clave porque sin él, no habría historia que contar. Tanto es así, que en el cuaderno donde empecé el manuscrito, escribí este título provisional: Adán y los últimos vampiros. Una de mis obsesiones fue siempre que el personaje de Adán resulte magnético: para el protagonista, para los demás, para el lector, sobre todo. Porque su romance truncado con Leo es el motor de todo lo demás.

Corría el riesgo de que el retrato de Adán se enturbiara debido a los sentimientos de Leo,  que tan a menudo rozan la frustración. Y yo no quería eso. Quería, a pesar de todo, reflejar su enamoramiento. Cuando sabes que alguien no te conviene, pero aun así estás enganchado a él. No solo no puedes evitarlo: una y otra vez te lanzas a sus brazos.  Tuve que trabajar mucho esa balanza entre la oscuridad y la luz que aporta este personaje. Con Adán, Leo es feliz, a su manera.

—¿Nunca —preguntó Adán— has pintado un cuadro feo?

—¿Cómo, feo?

—Feo, sí. Con la intención de serlo. Yo qué sé: casi todo negro…

—El negro me gusta. Es un color bonito. Estéticamente.

—…o trazos torcidos, gruesos, de esos que se notan hasta los pelos del pincel. Un cuadro en el que des lo peor de ti. Que lo veas terminado y pienses: qué horror.

—Nunca. Me gusta mejorar. Saberme capaz.

—Por eso mismo te lo recomiendo, Leo. Para saber hasta dónde puedes llegar, para conocerte del todo. Como en Cisne Negro. Yo no supe que de verdad me gustaba mi música hasta el día que logré componer lo más espantoso que te puedas imaginar, puro ruido, mezclé de todo, saturé instrumentos. ¿Quién querría escuchar ese espanto? Pero lo grabé. Aquello sí, ¿entiendes? Otras obras ni siquiera las memorizo: las toco, me emocionan, y ya está. Pero esta aún la conservo. La escucho de vez en cuando y me digo: puedo. ¡Puedo! Estoy vivo.

Ya dije hace unas semanas que los diálogos no se me dan todo lo bien que desearía. Y como Leo y Adán casi siempre están hablando, este fue otro de los retos que me planteó su relación. En lo que se dicen tenía que ser capaz de recoger todo lo que callan. En especial, Adán es muy cauto con lo que comparte; mide cada palabra. Cuando por fin “escuché” su voz, la cosa fluyó mejor. El que acabo de citar es uno de los últimos que escribí y de los que más satisfecho estoy.

Sí, crear personajes es un trabajo continuo. Los vas conociendo página a página. Y quieres mostrar cada nueva capa. Es un tópico decir que están vivos pero no hay nada más cierto. Mientras escribes, hay que dejarles en libertad y solo después, al revisar, tocará “reeducarlos” en favor de lo que querías contar. Sin traicionar su esencia, ojo. Deberían ser insustituibles: si hay dos personajes similares, mejor unirlos en uno solo. Que cada uno de ellos, simbolice una pieza de la historia.

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2 comentarios en “La creación de personajes: jugar a ser el Doctor Frankenstein

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