Ella continúa ahí, contoneándose sobre el escenario. Los mismos gestos lánguidos para las mismas canciones tristes. «Al menos sigue viva», piensas antes de pedirle un whisky al camarero. Ya es más de lo que hubieras esperado hace un par de años, cuando la viste actuar por primera vez. Como entonces, un caso te ha traído a este tugurio de Los Ángeles. Confías que esta vez sí aparezca tu cliente. ¡Y pronto! Lo último que deseas es que la voz melancólica de Lana del Rey te ensombrezca aún más el ánimo.
Parece que ella tampoco ha pasado una buena racha: más amores destructivos, más somníferos, más errores sin marcha atrás. ¿No aprende o es que se regodea? Sigue leyendo




