Toda mi vida había querido ir al Laberint d’Horta. Con lo que me gustan los laberintos, y hasta ayer, por una cosa o por otra, no pude hacerlo. Un ex mío decía que estaba demasiado lejos, otro que no merecía la pena, que era muy pequeño. Ayer no les escuché. Cogí mis cosas y me encaminé hacia la montaña.
No tuve suerte con el metro, pero luego llegué al laberinto antes de lo que pensaba. Y sin tener que mirar ningún mapa. Tras las fotos de rigor, me perdí entre los setos. Sigue leyendo




