En busca de la portada perdida

Soy de esos lectores que se enamoran de un libro por su portada. Luego llegarán el sabor de la primera frase, los ecos que despierte la historia en mi interior… pero primero está el flechazo de la imagen impresa en cubierta. Hace que me acerque hasta un libro desconocido y lo rescate de la mesa de novedades. Así que imaginad la presión que siento al pensar en portadas para mis historias. Desearía que provocaran en los demás ese magnetismo.

El mar llegaba hasta aquí (Portada provisional)

A lo largo de estos 3 años desde que empecé a escribir El mar llegaba hasta aquí, muchas imágenes candidatas han desfilado por mi mente. Algunas con más fuerza que otras. Sigue leyendo

La creación de personajes: jugar a ser el Doctor Frankenstein

Lo confieso: a la hora de crear personajes para mis historias, no soy todo lo metódico que debería. No confecciono fichas, no escribo biografías, no pienso si tendrán tantos años o el pelo rubio y ondulado. En fin, no sigo ninguno de los consejos de los manuales de escritura. Al principio me inspiro en gente cercana, tomo prestados rasgos que intuí en un chico con piercings del autobús nocturno, recuerdo personajes del cine y la literatura que me marcaron. Y lo pongo todo en una coctelera, para ir usándolo a medida que lo necesite. Intento que ningún personaje sea una copia de nadie concreto, sino que todos tengan las partes de sus modelos que más me interesan. Es un poco como jugar a ser el Doctor Frankenstein.

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Con la historia ya más o menos montada, entonces sí, ajusto datos concretos (sus profesiones y aficiones, sus pasados), según me convengan. Me fijo en qué gestos les identifican: salieron de forma natural, sin premeditación por mi parte. Qué expresiones usan, también. En las palabras está su ADN. Sigue leyendo

La «literatura gay»: ¿limitación o necesidad?

Colectivo LGTBI: como sigan añadiendo siglas, pronto más que personas pareceremos una fórmula matemática. Me gustaría una palabra bonita, agradable de pronunciar, para unirnos a todos. Y aún me gustaría más un mundo donde no hicieran falta etiquetas de ninguna clase. Sí, tenemos que luchar por esa utopía. Pero hoy en día, las etiquetas siguen siendo útiles, porque hacen visible lo que algunos preferirían que no existiera. En literatura, por ejemplo: si no fuera por las librerías y editoriales especializadas, pocas historias homosexuales leeríamos en España. Y esas pocas, se esconderían en el último estante.

Literatura gay

Basta con consultar los catálogos de las principales editoriales. Solo arriesgarán en el caso de que el autor sea de reconocido prestigio… o la obra haya arrasado en ventas en otro país. Sigue leyendo

Frases que nunca pensé que escribiría

«Estamos interesados en publicar tu novela.» Después un año mandando el manuscrito a diversas editoriales, por fin una respondía a mi propuesta con la ansiada frase. Por si fuera poco, este email lo recibí el 23 de Abril, Sant Jordi. Fecha simbólica. El texto decía más cosas, pero la única que pude leer y releer aquella noche era esta: «Estamos interesados en publicar tu novela.» ¡No me lo creía!

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Pasado el entusiasmo inicial, tocaba tratar asuntos más terrenales. Las correcciones que me pedían. Y claro está, el contrato editorial. Sigue leyendo

Toda una vida en los libros

De mi primera novela no recuerdo el título. Sí, a El mar llegaba hasta aquí suelo llamarla «mi primera novela», porque es la primera que termino de la que estoy realmente orgulloso y también la primera que espero publicar. Pero antes hubo otras. De hecho, según mi madre lo primer que escribí con apenas ocho años fue una especie de Elige tu propia aventura del que solo recuerdo dibujos borrosos de pirámides y junglas, y mi letra temblorosa.

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La primera novela la escribí ya de adolescente; detallaba un triángulo amoroso entre una chica en coma, su exnovio y un chico bisexual. Un cuadro, vaya. Después vino otra titulada «Secretos y mentiras» cuya calidad debía de ir a la par del título. La tercera fue «Idol Singer», sobre una cantante de pop prefabricado que descubría que era un robot.

Eran las tres novelillas juveniles (no solo por mi edad de entonces), escritas en catalán, todas con el amor como epicentro: un amor limpio, idealizado, que yo todavía no había sentido. Un intento, en fin, de seguir los pasos de mi ídolo en aquel entonces, Jordi Sierra i Fabra. Sigue leyendo