El vacío que dejan las estrellas (6)

De la nada, aparece el camión de los cazadores. La luz de los faros se desparrama como pintura blanca. Sus ruedas dentadas avanzan con paso firme por la arena, aplastando todos esos cactus que nuestro coche evitaba. Los revientan como cabezas de extraterrestres. Resguardados por una duna, has frenado a tiempo, los observamos descender hacia el motel al que nos dirigíamos. Sus ropas de calle, camisetas, vaqueros, sudaderas con mensajes divertidos, contrastan con los ramilletes de armas con las que se abren paso en el edificio. Uno de ellos se coloca bien la capucha y enciende una antorcha antes de entrar. Las risotadas de la jauría retumban contra el cristal del coche. Contenemos la respiración, tú apretando los dientes, yo tapándome la boca con las manos para que no escape ni una gota de aire. La lengua me sabe a sangre. Por suerte, ahora no salta ninguna canción en la radio. Pasan uno o dos minutos pero no suenan los disparos que esperamos, no se oye nada. El olor del humo nos llega segundos antes que el brillo del fuego. Los cazadores vuelven a subir al camión dándose palmadas en el hombro entre risas que ya no distinguimos. Sus dientes parecen rojos en mitad de las llamas. Cuando reanudan su camino, los focos enormes del camión rozan nuestro escondite pero el vehículo nos pasa de largo dejando tras de sí las huellas de un reptil escurridizo. El motel no tarda en derrumbarse sobre sí mismo, engullido por el incendio. Cae en silencio como si él tampoco quisiera delatarnos. Todo lo que queda de los cactus son unos bultos de babas verdes que chisporrotean en la noche rojiza.

—Hubo un día, y no sé qué día fue, que tuvimos esta fiesta, la típica fiesta a la que iba todo el mundo, y tú solo te acordabas de la mitad de los nombres, a veces ni eso, ya sabes, y no faltaban bebidas, una fuente con todos los ingredientes de tacos que teníamos que montar nosotros, canciones de Rihanna, droga, en fin, la típica fiesta, y estaba este chico que nadie sabía quién era pero él nos saludaba a todos y le sonreíamos, por si acaso.
—Esto me lo sé. Un policía, ¿no?
—¡Ya estás fastidiándome la historia! Eso fue lo que pensábamos todos la mañana siguiente, que era policía y nos iba a delatar.
—Vaya, que se os pasó la resaca de golpe.
—Recuerdo coger el móvil y preguntarle al anfitrión “oye, el tío ese de la camiseta verde, ¿seguro que no era poli?”. El rumor corrió como la pólvora, pasamos unos días de paranoia. Buscamos información sobre el chico, nadie lo conocía. Teníamos claro que vendrían a cazarnos a todos de un momento a otro. Pero en plena fiesta, con tantas cosas entre manos…
—Y algunas también en la boca…
—No lo voy a negar, el caso es que en aquel momento, y eso te quería contar, en plena fiesta ni se nos pasó por la cabeza que aquel chico pudiera ser peligroso. Nos lo estábamos pasando tan bien que todo parecía infinito.
—Como cuando te acostabas con un ex. Que sabías que no deberías hacerlo pero lo hacías. Algo que en el momento parecía divertido.
—¡No, mejor! Como cuando estabas en la mejor fiesta de tu vida y por una vez, por primera vez en años, tu vida no sentías que corriera ningún peligro. Nos reímos de aquel chico desconocido un rato y después seguimos a lo nuestro. Por fin nos sentíamos seguros.
—Yo nunca dejé de tener miedo, creo.
—¿Y crees que a ellos también les pasaba? Esto de tener miedo, de dudar. Me lo pregunto a menudo. Si fallamos o somos una réplica tan exacta que hasta repetimos sus defectos.
—Seguro que sí. Y seguro que también destruían. También odiaban.
—¿Alguna vez cazaron a alguien a quien conocieras?
—Muchas. Era el problema de dar tantos conciertos y entrevistas: cuestión de probabilidades. Me pasaba el día mirando hacia la puerta, con el teléfono apagado, convencido de que ya venían a por mí. Cualquier ruido me lo certificaba. Los últimos meses fueron terribles. Después de cada concierto llegaban noticias de cacerías y ya no era una cuestión de si ocurriría, sino de cuándo. Bueno, qué te voy a contar.
—¿Está mal que me alegre de que no nos pasara a nosotros?
—No creo que seas el primero que se alegra de la desgracia ajena.
—Me doy cuenta de que es verdad que no somos humanos. Nos programaron para parecerlo, pero eso no significa que lo seamos.
—Al final hemos acabado hablando de todo lo que dijimos que no hablaríamos…
—‎¡Es verdad! Pero me niego, te lo juro que me niego. ¿No hay otras cosas que podamos contarnos?
—‎Empieza tú. Dime algo, cualquier cosa.
—‎…
—No es fácil, ¿eh?
—Me estoy acordando de una plaza feísima que tenía cerca de casa. La típica plaza que solo servía para conectar dos calles anchas y una salida de metro. Ahí me di el primer beso de la segunda cita con un chico que me gustaba mucho. Casi le aparté la cara, no esperaba que quisiera besarme, y menos en público.
—Claro.
—Nunca volví a pasar por aquella plaza y ahora me arrepiento. No sé por qué quedábamos allí, la verdad. Todos estos sitios que dejamos atrás ya no queda nadie que los recuerde, mañana ni siquiera los recordaremos nosotros. ¿No te gustaría volver atrás?
—Un poco, a veces. No. No.
—¿Sabes que me contaron? Que dentro de mucho tiempo, varios millones de años o así, cuando el universo se expanda al máximo, entonces empezará a contraerse de nuevo, y todo funcionará al revés, como si estuviera rebobinando. En algún momento volveremos a pasar por aquí, por esta misma duna, pero marcha atrás. Todo sucederá exactamente igual, o eso me dijeron, solo que en el orden inverso. Ese motel se apagará y se pondrá en pie. Comeremos como si vomitásemos y moriremos al nacer.
—Se hace raro pensarlo… ¿Y nos daremos cuenta?
—¿A qué te refieres?
—Si sabremos que estamos volviendo a vivir al revés.
—No creo, para nosotros será tan natural como ahora. Pero supongo que se nos volverá a escapar todo como si creyéramos que en algún momento podremos regresar.
—Bueno, piensa en todos los coches que volveremos a coger juntos. ¿No te apetece eso?
—¿Serán bonitos?
—Preciosos, un Mini verde y todo.
—Me gustaría pensar que justo a la mitad habrá un instante que todo se detendrá. Como un déja-vu. Para que dentro sintamos que ese instante irrepetible ya lo hemos vivido. Un nanosegundo congelado donde mirarnos a los ojos antes de que todo continúe.

Siguiente capítulo…

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