El vacío que dejan las estrellas (22)

El penúltimo meteorito cae en mitad de un valle y lo hace más hondo. Desde nuestro refugio en la ladera escarpada, podemos ver cómo arde en silencio, más allá del desfiladero y el río. Cuando desaparece el fuego, el humo aún perdura. Un humo espeso, del color de la tierra. Y cuando el humo se levanta como el telón de un teatro, aparece un agujero inmenso. Es la sombra de algo que ya no existe, un lago extinto que no llenaremos. Me encajo entre tus brazos para huir del paisaje apocalíptico. Imagino que me abrazas, que juntos lloramos. Pero tú sigues dormido y yo nunca lloro por las cosas importantes. A pesar de mi camiseta, la quemazón me recuerda que no podemos tocarnos. Me aparto para acurrucarme sobre las piedras más pequeñas. Durante el breve trayecto golpeo un par de ellas, que caen hacia el río y me dejan esperando su sonido al caer. Ahora comprendo la letra de tu canción: no te engañes, a nadie le importamos. Esto es el final y yo no quería que hubiera ninguno. Pensaba que los finales solo existían para las otras veces. Para esas películas que ya no nos ponemos. Todavía ascienden columnas de humo del cráter cuando me duermo.

A la mañana siguiente, no tengo que dar muchos pasos para descubrir que el desfiladero termina. Va haciéndose más estrecho hasta que deja de existir. Si no queremos dar media vuelta, habrá que escalar. Me lo dices al oído montado a mi espalda. Estudio la pared casi vertical, sintiendo tu peso y la herida de mi brazo arrancado. No veo la cima, pero sé que tienes razón. Si no queremos dar media vuelta, habrá que escalar. Pongo el primer pie sobre un saliente, tomo impulso con mi única mano. El terreno aguanta. No nos caemos tampoco cuando busco un apoyo para el segundo pie. Al tacto aprendo a reconocer los salientes inestables de los que son seguros. Procuro no mirar hacia abajo para no ver el camino que hemos dejado atrás ni el río de ceniza. Ascendemos lento pero lo hacemos.

Un impacto extraño me hace apartar la mano del saliente al que me iba a agarrar. Se produce otro impacto igual al lado de nuestras cabezas y entonces lo reconozco. Un disparo. Tan concentrado estaba en la escalera que no he reconocido el estruendo de las aspas del helicóptero. Los cazadores han regresado y nos disparan. Siento la tentación de dejarme caer: si sobrevivimos, estaremos más protegidos allí abajo, en la estrechez del desfiladero. Pero algo me empuja hacia arriba. Encuentro nuevos soportes deprisa, descarto rutas guiándome por la trayectoria de las balas. Todo va a ir bien, te digo, pero tú gritas. Comprendo qué son esos impactos metálicos: disparos alcanzándote. Tu torso me sirve de escudo. Te pregunto si estás bien mientras busco cómo seguir ascendiendo. No respondes, noto que te muerdes los labios para contener el dolor. Se desprende una parte de tierra roja y tengo que cerrar los ojos para que las piedrecillas no me cieguen. Si pudiera llenar de arena el cráter de anoche, pediría un atajo. Tendré que crearlo yo a lo largo de la ladera restante. Entre disparos y huecos continúo escalando hacia el cielo inalcanzable.

El vacío que dejan las estrellas (21)

Entramos en el desfiladero con la única compañía del viento. Las paredes de piedra nos protegen elevándose hasta cubrir el cielo y entre ellas solo se oyen la corriente de aire y el eco de mis pasos. Más por intuición que por práctica, respeto las irregularidades y ondulaciones del terreno. Tosemos cuando las aspas del helicóptero levantan algo de polvo rojizo al pasar de largo. Después nos sabemos a salvo, al menos por ahora. Decido reducir el ritmo: de huida a paseo. No sé qué nos espera al final pero por ahora me gusta viajar cargándote a mi espalda.

A nuestra izquierda la garganta se abre  a lo que parece un río. Su azul cobalto tiene la densidad de la sangre y serpentea despacio entre arcilla roja. Nos quedamos perplejos hasta entender que debe de ser la ceniza de millones de libélulas fluyendo hacia el fondo de la tierra. Retomo el camino, cada vez más estrecho, nunca lo había sido tanto como ahora, solo me cabe un pie y tengo que hacer equilibrios contigo a cuestas. Con mi única mano me sujeto contra el borde de la derecha, pero si me tropiezo caeremos al río de ceniza. Se vuelve más fácil cuando no lo pienso y solo camino, como si fluyera yo también entre las paredes de piedra.

En mitad del desfiladero, noto que ya no me respondes. Quiero llamarte por tu nombre pero no lo sé. Podría llamarte conductor o cantante pero ya no eres ninguna de esas cosas. Tú. Esa es la única palabra que te pertenece. Digo tú y ese tú rebota entre rocas y regresa con fuerza. Murmuras algo irreconocible. Puede que tengas sed, yo también la tengo. Como no puedo darte agua, sigo caminando mientras te cuento todas las vistas bonitas que hay en este lugar salvaje. El río, las paredes altas, los guijarros que esquivo. “And I think it’s gonna be a long, long time…”, canturreas, y el silbido del viento parece acompañarte en la melodía: “I’m not the man they think I am at home…”. Esta canción de Elton John siempre me hace pensar en la leyenda del chico que viajó a las estrellas. El último ingenuo antes de la debacle. “Rocket man burning out his fuse up here alone.” Te cuento toda su historia tal como me la contaron, escena por escena, desde los días en que siempre llovía hasta el cohete que construyó para encontrar su espacio. Te contaría cualquier cosa con tal de anclarte al suelo conmigo. “And I think it’s gonna be a long, long time ‘till touch down brings me down again to find…” Sería más rápido dejarnos caer allá al fondo azul, que nos arrastre la corriente adonde tenga que arrastrarnos, pero el calor que provocas en mi espalda me anima a continuar por este desfiladero ardiente.

Avanzo incluso de noche, a tientas porque ni siquiera las libélulas volarían tan lejos. Cuando paramos a descansar, aprovecho para cambiarte los vendajes y curarte las heridas. No me quejo del ardor al rozarte durante el proceso. Te doy de beber las últimas gotas de agua que quedan en un charco; luego me arrepiento: hubiera sido más inteligente beberlas yo. De nada te sirve sobrevivir si yo no te llevo. El final de tu torso mutilado se ha hinchado, está amoratado y chisporrotea, pero me repito que no pasa nada, que te conseguiré unas piernas nuevas pronto. Algo se posa en tus labios, iluminándolos de azul. Son lo único que veo a la luz del pequeño faro: tus labios agrietados y entreabiertos como una cueva. Aparto la libélula brillante antes de que te queme. El insecto combustiona en el aire y el viento del desfiladero arrastra sus restos hacia una cascada. Después de guiarnos, allí acuden a morir todas las libélulas con una breve llamarada que la ceniza apaga. La catarata desciende hacia el río y la oscuridad la engulle. Quizás este lugar sea ese final del infinito que buscábamos. Allí donde desembocan todos los caminos. Pero en vez de morir juntos, me gustaría que juntos vivamos. Puede que baste con desandar uno de los caminos, alejarnos de la luz de cualquier faro para encender otra más duradera. Te lo preguntaría pero duermes apoyado contra una roca. Envidio tus ojos cerrados, medio escondidos bajo el tupé revuelto. Yo también tengo que descansar, me digo, y encogido en el suelo observo el vaivén de tu pecho para serenarme. Bajo tu camiseta granate se hincha y deshincha con la tranquilidad de un mar de verano, en eso somos iguales.

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El vacío que dejan las estrellas (20)

Cargo tu peso a través de la planicie inmensa. Si aún pudiéramos reír la llenaríamos de hierba y flores; en cambio fijamos la vista en el horizonte, allá donde el cielo teñido por el amanecer se separa de la tierra. Tus brazos desnudos me chamuscan el cuello al rodearlo pero intento no oler el resultado. A ratos tengo usar la mano que me queda para recolocarte y que así los bordes afilados de tu cintura dejen de clavarse en la mía. Entonces recuerdo que ese líquido que me resbala pierna abajo no es mi sudor sino tu aceite. Cada paso que doy contigo a cuestas pienso que será el último pero de alguna manera consigo enlazar otro, y otro, y otro. Con suerte cuando salga el sol nos giraremos y veremos pequeño el acantilado desde donde saltamos, tan diminuto como se nos debe de ver a nosotros en mitad de esta llanura agrietada. Por ahora somos dos granos de arena buscando dónde posarnos.

El batir inconfundible de la hélice de un helicóptero nos alcanza a través del desierto. Se aproxima por detrás sin disimulo, pronto lo tenemos encima. Al sonido se suma su sombra posándose sobre nosotros como un eclipse. Mantengo el avance sin molestarme en levantar la cabeza hacia el aparato, prefiero fijar la mirada en el disco solar que emerge de detrás del volcán para incendiar el cielo. Avanzo como me dijiste un día que había que hacerlo. Avanzar aunque no tengas ganas, avanzar más cuanto menos ganas tengas. Eso dijiste y eso hago. Tropiezo cuando el helicóptero lanza la primera de sus bombas y esta cae a escasos metros de nosotros. Enseguida lanza la segunda pero también la evito. He logrado volver a ponerme en pie sin soltarte y continúo caminando. Ya casi es de día. A nuestro alrededor las explosiones crecen como palmeras blancas y gigantescas. Sus raíces ensanchan las grietas. Tosemos por culpa de la arena, convertidos en dos estatuas que atraviesan el desierto incansables. La luz del sol empieza a bañarlo todo y me contagio de su optimismo. El helicóptero tiene la forma de una libélula monstruosa pero no permitiré que nos atrape.

No me detengo tampoco cuando el aparato da media vuelta para repostar combustible y munición. La llanura deja de ser tal: aquí hay dunas, algunas son azules y brillan, las escalo deseando que conduzcan a algún refugio. Mis pies se hunden a cada zancada y los hombros me duelen bajo tu peso, pero yo sigo escalando las dunas azul cobalto. Desde el punto más alto, podemos verlo todo. Lo que hemos dejado atrás y lo que queda por delante. Mares arenosos donde algunas rocas se alzan como islas. Un paisaje nuevo para el que no tenemos mapa. Pero gracias a eso ya no hay que seguir caminos prefijados, podemos inventar nosotros una ruta. Señalas algo a lo lejos. Al final de tu dedo distingo, desdibujada por el vapor que brota del suelo, una lengua de arena azul adentrándose en un desfiladero rojo. Mientras me deslizo duna abajo en esa dirección, siento cómo tus labios rozan mi mejilla. Besas el aire y yo lo respiro. Con los pulmones llenos todo resulta más fácil. Poco a poco nuestro avance crea un rastro de hierbas en mitad del desierto índigo y el sol tarda en quemarlas.

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El vacío que dejan las estrellas (19)

Igual que una piedra se hunde en el océano, igual de rápido caemos. Durante el hundimiento mis pensamientos se aceleran. No imaginaba que sería así quitarnos de en medio. Tantas posibilidades barajadas y nunca tuve en cuenta la caricia del viento entrando por la ventanilla, el cambio de perspectiva. Ahora el suelo no lo tenemos debajo sino delante, acercándose como el punto final de una novela que siempre estuvo ahí a la espera de que llegáramos a la página adecuada. Huíamos para evitarlo pero también para perseguirlo. El fondo donde se detienen todas las piedras. Antes de desaparecer comprendo que este será el final: dejar de verte.

Tu cuerpo traslúcido se desprende del coche y yo lo sigo a través del cuero, el cristal y el chasis. Nos volvemos incorpóreos justo antes de la explosión entre los peñascos. Impactamos poco después al lado de esos fuegos artificiales improvisados, entre llamaradas negras y humo rojo. Cuando pensé en dejar de verte eso fue justo lo que ocurrió, pero ahora ya no lo pienso y aquí vuelvo a tenerte. Los cascotes rebotan contra nuestros cuerpos metálicos. Clonc, clonc, repites y nos reímos. A pesar de los brotes, nos duele hacerlo. Descubro tus piernas ausentes un segundo antes de que te fijes en el brazo que me falta. De los cuerpos heridos nos brotan los mismos cables cortados, el mismo aceite dando de beber a la tierra sedienta. Puedo ver tus ojos horrorizados gracias a un rayo de luz. Las linternas de los cazadores descienden hasta el fondo del acantilado como estrellas fugaces que han perdido el rumbo. Pronto llegarán ellos también y podrán cazarnos. No sé cómo retomaremos la huida con nuestros cuerpos maltrechos, ni siquiera sé cómo lograremos ponernos en pie, pero antes de que eso tenga que ocurrir, mi única mano busca una de las tuyas en la oscuridad que sigue al incendio y ahí la encuentra. Tan polvorienta como la mía. Soportamos el chispazo que provoca este simple gesto, por fin cogernos de la mano como habíamos deseado. Buscamos alguna estrella en esta parte de cielo mientras clavamos los torsos contra el suelo para que no nos arrastre el vértigo creciente, contamos cada parpadeo, entrelazamos más fuerte nuestros dedos humeantes y solo los despegamos cuando la llama prohibida aparece. Hemos tenido que saltar para sentirnos vivos, ahora tendremos que averiguar qué hacer con ello.

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El vacío que dejan las estrellas (18)

Con un trozo de papel recoges el polvo azul de la libélula que murió anoche y lo vuelcas en una cajita metálica. Después cierras la tapa. Por un momento pienso que eres tan considerado como para enterrar insectos, pero cuando vuelves a abrir la caja, en su interior las cenizas se han comprimido: dos pastillas, pequeñas y relucientes como recién salidas del horno, del mismo color azul, aunque más intenso. Eso son nuestros desayunos. Devoramos las libélulas que nos guían para robarles la fuerza, un subidón tan efímero como su vida. Acepto mi pastilla de tu mano como he hecho cada mañana de este viaje. Hoy intento enredar la lengua con tus dedos pero los apartas a tiempo como has hecho siempre.

“You keep pushing me over the borderline…” Sabía que iba a sonar esta canción, lo sabía.
—A veces las canciones más tontas son las que más encajan.
—¿Te parece tonta Borderline? Intenté escribir mil canciones así. Tarareables, con un gancho que no te suelte. A la hora de la verdad, era más sencillo escribir temas “complicados”, créeme. La gente perdona mejor lo que no comprende del todo. “Something in your eyes is making such a fool of me…”
—No sabía que fueras fan de Madonna.
—Recuerdo gatear delante de la tele, mientras mi madre la bailaba sola, abrazándose a sí misma. “Feels like I’m going to lose my mind…”
“You just keep pushing my love over the…”
“…borderline.” Vaya, al final has aprendido a cantar, ¿eh?

De noche apenas podemos distinguir la frontera elevada que nos separa de la llanura. El precipicio no se ha movido y aun así lo sentimos más cerca. Mientras esperamos, contamos esos últimos pasos que todavía no nos atrevemos a dar. Te confieso que la herida ya no me duele. Asientes, pero la cabeza es lo único que mueves. Continúas en la misma posición frente al volante, con los ojos quietos y las orejas atentas. De vez en cuando el viento acaricia la carrocería del coche y hace temblar las estrellas que se reflejan en su superficie, como un lago estremecido. Aquí dentro estaremos a salvo si no respiramos.

—Lo bueno de ser feliz es que siempre sientes que lo eres por primera vez.
—Cuando te pones intenso…
—¿No es verdad, acaso? Y no es como si nos quedaran muchas veces para sentir algo así.
—Anda que no. El primer salto, la primera caída… El primer meteorito que veamos caer sobre aquella llanura. La primera vez que dices “acaso”.

Tampoco son tantos, pero las últimas noches me gusta contarlos y perderme en ellos. Tus tatuajes, reconocerlos, recrearme en los detalles desplegándose por tu espalda. Entonces das la vuelta en el asiento, casi precipitándote hacia mí y tengo que alejarme aunque desee lo contrario. No, tampoco son tantos, pero nunca llegaré a conocerlos, estar seguro de si ese aún no lo había visto o es que ya lo había olvidado.

—Este parece una R… ¿Tu nombre?
—Quedamos en que nada de nombres, ¿no? Me lo hizo uno de esos chicos a los que no les pedía ni la foto.
—Supongo que le pareció divertido marcarte. ¿Y alguno te lo hiciste tú porque quisieras?
—Fíjate en el que tiene forma de espiral. Ese es mío. Era el logo de mi disco. ¿Y tú? ¿Algún tatuaje?
—Me da miedo el dolor, pero si tuviera que elegir uno sería una frase en japonés.
—Uy, cómo esos que se tatuaban “pollo frito” y te decían que ponía eternidad. Me tiré a unos cuantos así.
—Sería la cita de un samurái, “No te rebeles contra los caminos del Cielo”.
—Te pega. No eres místico, pero sí algo conformista.
—¡Yo no la entiendo así! Me cuesta aceptar que las cosas no salgan como quiero, así que cuando eso pasa, intento acordarme de que mi camino puede ser otro.
—Ni a los samuráis les iba según lo planeado. ¿Ese es tu consuelo?
—Y hasta se enamoraban. Muchas veces de otros samuráis que morían o se casaban.
—Pobrecillos… Siempre hemos sufrido por lo mismo. No somos nada originales.

No estamos dormidos cuando todo tiembla. Tanta huida no nos había preparado para el momento de caza. Todavía nos queda el salto, dices. Elegir quitarnos de en medio antes de que nos borren ellos. Buscamos el asentimiento en los ojos del otro.

—Un amigo me acusó una vez de ser la persona menos rebelde que conocía. Me dejó jodido durante días.
—¡Menudo amigo!
—Me dolió precisamente porque tenía razón. Yo creía que por ponerme una camiseta con mensaje reivindicativo ya había cumplido. Me conformaba con eso. Con pegar cuatro gritos en mitad de un concierto. Pero me sabía a salvo. Si hacían algo, primero sería contra el público.
—Incluso cuando intentábamos ser distintos acabábamos siendo iguales al resto.
—No sé, dejé que ocurrieran las cosas porque no iban conmigo. Ahora me doy cuenta. Siento que empiezo a ser rebelde ahora, cuando ya no cambiaré nada.

Mientras los Beatles cantan “I wanna hold your hand”, pienso que echaré de menos no saber lo que habrá tras el siguiente recodo. El sol cuando además de quemarnos la piel también señalaba en el paisaje todo lo que no veíamos: un muro blanco, otra ruta. Tus bíceps hinchándose y deshinchándose mientras conduces. “And when I touch you I feel happy inside.” Cada vez que estuvimos a punto de rozarnos. Parar a coger aire sin alejarnos demasiado del coche, recordar dónde lo hemos dejado, el trayecto del viento moviendo las últimas ramas. Ahora tus manos se vuelven transparentes por momentos sobre el volante y eso me asusta más que el rugido del camión que ya llega. “Yeah, you’ve got that something, I think you’ll understand.” Debería mirarte, retener lo que queda de ti mientras quede tiempo, pero no lo hago. Me fijo en el saliente del acantilado, sus formas dentadas con prisa por devorar esa planicie a la que saltaremos. En el cielo irrumpen los haces de luz de las cazadores, recorren la negrura como redes atrapando estrellas. “I can’t hide, I can’t hide…” Mantengo la mirada en el hueco inmenso y me quedo con la duda de si todavía tienes tacto o si al ir a tocarte mis dedos te atravesarían como quien intenta acariciar un arcoíris. Sé que también echaré de menos tu risa invisible llenándolo todo cuando consigo que estalle. “I wanna hold your hand, I wanna hold your hand…” Del mismo manotazo apagas la radio, empujas la palanca de cambio y aceleramos, precipitándonos juntos hacia lo que sea que hay abajo.

—Preguntémonos una última cosa, venga.
—¿Solo una?
—Sí, así que elige bien.
—Empieza tú mientras lo pienso.
—Claro, ¿con qué te has reído más? La mayor risa de tu vida.
—Siempre me río con las cosas más tontas, soy un público agradecido.
—Pero algo habrá, ¿no?
—Hubo una comedia muy tonta con la que me partí de risa. Todavía recuerdo escenas, frases enteras. Cuando el padre de la protagonista llegaba a su apartamento y la pillaba haciendo café a su amante. A nadie más le gustaba esa película. Quizás la rodaron solo para mí.
—¿Ya está? ¿Eso es lo último que quieres contarme?
—No, pero es lo que me has preguntado.
—Está bien. Nada más, entonces. ¿Ya sabes lo que me vas a preguntar tú? Si es mi comida favorita, te adelanto que diré la pizza… Ni sushi ni nada: pizza.
—¡No es eso!
—Sorpréndeme.
—¿Ya has dejado de echar de menos los días de antes?

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