Diario de creación 3: ¿Brújula o mapa?

Théo Gosselin

Nunca me había planteado mi manera de abordar las historias hasta que leí esta pregunta en Twitter: ¿escribís con mapa o con brújula? Escribir con mapa sería tener toda la historia planificada por orden, escena por escena. Hacerlo con brújula sería, en cambio, lanzarse a la página en blanco y dejar que sean los protagonistas quienes te muestren el rumbo.

Me gustaría decir que soy de los segundos, suena más salvaje y aventurero, pero no es así del todo. Puede que con un relato funcione bien lo de escribir con brújula, pero las novelas tienen una extensión considerable y siempre ayuda tener algo que te oriente en cada página: en mi caso, siempre escribo la escena final del libro al inicio del proceso. Sabiendo adonde quiero llegar me resulta más fácil después experimentar o probar distintos enfoques: gracias a haber escrito esa última escena, sé también lo que quiero contar, el tono que tienen que tener las frases y las escenas, qué hay tras las motivaciones de mis personajes.

Fijado el rumbo, cojo un cuaderno en blanco y escribo escenas sueltas, a veces solo un párrafo o incluso una frase suelta que todavía no sé dónde encajará. Durante todo el proceso, es el desenlace que ya está decidido lo que ilumina las páginas. Me pasa lo mismo con los viajes. Siempre me compro guías con itinerarios marcados para alejarme de ellos sabiendo qué quiero ver y adonde tengo que volver, pero sorprendiéndome también por el camino. Es como si teniendo una red debajo fuera más fácil saltar al vacío. Un truco de la mente, supongo.

Con El mar llegaba hasta aquí, en cuanto tuve claro el final, surgieron también unas escenas claves para llegar a él. Elaboré una estructura inicial que fue mutando conforme escribía, pero incluso al terminar el proceso, en las revisiones definitivas, las escenas que menos variaron fueron aquellas que me sirvieron de mapa. Del final, de hecho, apenas modifiqué ninguna palabra. Varió el inicio conforme iba puliendo cada borrador, acercándome a eso qué quería contar con mi historia.

Curiosamente, con El vacío que dejan las estrellas me pasó al contrario: la escena que más ha variado de todo el libro es justo la última. En el primer borrador era la primera escena, pero en los siguientes borradores la situé al final porque me gustaba su simbolismo y fue eso lo que me orientó a lo largo de todo el proceso. Este cambio, como es lógico, transformó el resto del libro. Se mantuvieron elementos fijos, pero en este caso el mapa fue aclarándose a medida que me acercaba hacia el final.

En la última revisión, la que hice durante los primeros 30 días del confinamiento, al tener que ordenar todas las escenas que había escrito, a menudo variaciones de una situación parecida, las piezas fueron encajando, llevándome a ese final que ideé años atrás teniendo solo muy claro lo que para mí significaba. Y cuanto más me acercaba, más claro lo tenía, mejor se dibujaba en la página. Como esos viajes que salen distintos a lo planeado pero los disfrutas como ningún otro. No sé si fue gracias a un mapa o una brújula, más bien un talismán, pero sin él, sin saber lo que quería contar, sin conocer la sensación que quería provocar antes de cerrar el libro, entonces mis personajes no habrían logrado recorrer todo el camino.

Ya puedes comprar la versión digital de El vacío que dejan las estrellas, disponible para Kindle, móviles, tablets, iPhone e iPad. ¡Ojalá te guste!

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