Let it happen

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De nuevo el mar me recordó todas las veces que creí que no estaría aquí para volver a verlo. Me senté frente a él como siempre, y con cada ola regresó una lección olvidada. Tantas decisiones difíciles que acabaron por confirmarse como la única posible. Esas piezas que encajaron en el último momento, en invierno, con la toalla ya seca. Recordé que solo cuando me calmo las cosas se ponen movimiento. Y me dio por pensar que dentro de un tiempo, semanas o meses, qué importa, nos sentaremos en esta misma arena, delante del mismo mar, pero todo habrá cambiado.

Fotografía: Théo Gosselin.

Meet me on the road to recovery

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Solo se me dan bien los comienzos, cuando con las ganas basta para tomar impulso. Después, todo se ralentiza y ya no sé si es que soy yo, que me paso de impaciente, o es que el ritmo del mundo es distinto al mío. Finjo espontaneidad como quien baila sin ganas. Fuerzo para conseguir lo contrario. Y sobre todo espero. Espero en el camino a ese coche que no pasará ni rápido ni despacio, sino a la velocidad justa para verme y yo subir con él porque, cosas de la vida, nos dirigiremos al mismo destino.

Fotografía: Jean Baptiste Huong.

What’s it gonna be

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Había olvidado el sabor de las cosas fáciles. Que los contratiempos se conviertan en casualidades para confirmar que sí, tenía que ser así. Que esa canción ya lo presintiera: verte entre la multitud y saber que podrías ser tú. Dejar de pedir los besos porque ahora basta con darlos. Se siente bien. Familiar y distinto, como sentarte en un bar al que siempre habías querido ir. Lo que aún no sabía es que las cosas fáciles también traen complicaciones. Pero no me importa. Por una vez me agarraré a la oportunidad: si ha aparecido, tiene que significar algo.

Fotografía: Ryan McGinley.

Tener lo que he querido siempre

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Sabías que no podría ser tan fácil. Tras la euforia inicial tenía que llegar el susto. Una calma inesperada, unas ganas de echarte atrás que tuviste que transformar en carrerilla definitiva. En salto. Y con él, otra vez la pregunta de todos los principios, ese «¿Y ahora qué?» al que pareces predestinado. Sí, y ahora qué. Ahora las ganas y el vértigo y algún espacio (pequeño) para la sorpresa. Ahora tú y nada más. Ahora cerrar los ojos con buen sabor de boca. Confiar que todo lo que guardaste en cajas encontrará su sitio. Tu sitio.

Fotografía: Théo Gosselin.

Manual de decoración para personas abandonadas

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Un día dejas de tener lo que dabas por sentado. Vajilla, cortina para la ducha, toallas, un cesto para la ropa sucia, estanterías para tantos libros… Todos esos objetos insignificantes que sin embargo daban cobijo: solo los echas en falta cuando te quedas sin ellos. Toca volver a comprarlos, con la ilusión de elegir unos bonitos pero también el miedo a no encontrarles el lugar idóneo. Es rara esta sensación que producen los cambios repentinos, cuando todo sale tan fácil y rápido que deberías dar las gracias, sí, pero tú solo escuchas el runrún de la desconfianza. ¿Y ahora qué? Ahora, muy pronto, dejar las llaves en la bandeja nueva y sentarte en tu sofá a la hora exacta en que el sol confirma que ya estás en casa.