El vacío que dejan las estrellas (2)

A bordo del coche aprendemos enseguida a respetar el espacio del otro, a respetarlo incluso con las sacudidas que van llegando. Sin darnos cuenta nos habituamos a los volúmenes del vehículo para evitar tocarnos. El freno de mano, una Coca-Cola olvidada, la distancia entre los dos asientos: tomamos conciencia de los obstáculos que nos separan. Reprimo el instinto de rozar tu pierna, tu mano o tu barba. No puedo convertir la búsqueda en accidente. Tú conduces como lo haría un mago, igual de fácil que has comprobado los bajos del coche o abierto la puerta, sin que parezca que te esfuerzas, la mirada tan fija en toda esa negrura infinita que logras convencerme de que algo acabará apareciendo. Cuando cambias de marcha para tomar una pequeña pendiente, fantaseo con que tus dedos se escaparán hasta mi rodilla. En vez de eso, regresan siempre al volante. Es más seguro así, lo acepto. Tiene que ser así. Debo conformarme con contemplarte desde aquí mientras tú no me miras. Al menos sé que no eres una estatua porque si te hablo mueves los labios.

—¿Dejaste una carta? De despedida, quiero decir.
—Qué va. Debería haberlo hecho, ¿no?
—Estaba pensando que pareces el típico que lo haría. Una carta de venganza, detallando tus razones para cargar contra el mundo.
—Voy a dar la vuelta, que tengo unas cuantas páginas que llenar. Es broma, es broma.
—¿En serio no se te pasó por la cabeza? El último gesto de valentía antes de quitarte de en medio, ya sabes, algo así.
—No soy muy valiente, por lo que dicen. Ya lo irás descubriendo.
—Bueno, yo tampoco escribí nada, no te creas, porque no hubiera sabido por dónde empezar, contra quién cargar primero. Pero mejor así, creo: tardarán más en darse cuenta de que ya no estamos. Tú por si acaso no frenes.
—No iba a hacerlo, ¿eh? De otra cosa no, pero de eso puedes estar seguro. Huiremos hasta que ya no podamos hacerlo.

Siguiente capítulo…

El vacío que dejan las estrellas (1)

Las libélulas en llamas nos guían a través de la oscuridad del bosque. Dibujan caminos donde no había nada, entre las sombras de mil troncos bajo el resplandor azulado de sus alas. Nos adentramos en la arboleda humeante sin escuchar nuestro miedo. Saltamos por encima de raíces sinuosas, rodeamos cráteres que parten la maleza, esquivamos ramas en el último momento, agazapados, sin saber si ellos están detrás o delante. Cerca en cualquier caso. Nos creíamos a salvo de aquello que contaban las leyendas, esas que compartíamos al calor de la hoguera con el escalofrío feliz de pertenecer a otra época. Pero siempre vuelve a ocurrir. Ellos solo esperaban a escondidas, con las mismas ganas de cazarnos. Ojalá este humo que brota de la tierra nos proteja. Siento tu respiración como si yo mismo la respirara, acelerándose. Tiene que haber algo más allá de los árboles carbonizados. Lo susurramos sin creérnoslo del todo. Cuando las libélulas se desvanecen inventamos atajos para no pisar las hojas secas. Al salir a un claro te pones en pie, corres un poco más, hasta lo alto de un terraplén y desde allí me miras con la cara tiznada de hollín. Usándote de espejo, me restriego mejillas y frente para limpiarlas. Junto a ti hay un coche, lo señalas. Nos sonreímos desde la distancia. Después escalo roca a roca tras tus pasos porque seguirte es lo único que puedo hacer ahora.

Siguiente capítulo…