El vacío que dejan las estrellas (1)

Las libélulas en llamas nos guían a través de la oscuridad del bosque. Dibujan caminos donde no había nada, entre las sombras de mil troncos bajo el resplandor azulado de sus alas. Nos adentramos en la arboleda humeante sin escuchar nuestro miedo. Saltamos por encima de raíces sinuosas, rodeamos cráteres que parten la maleza, esquivamos ramas en el último momento, agazapados, sin saber si ellos están detrás o delante. Cerca en cualquier caso. Nos creíamos a salvo de aquello que contaban las leyendas, esas que compartíamos al calor de la hoguera con el escalofrío feliz de pertenecer a otra época. Pero siempre vuelve a ocurrir. Ellos solo esperaban a escondidas, con las mismas ganas de cazarnos. Ojalá este humo que brota de la tierra nos proteja. Siento tu respiración como si yo mismo la respirara, acelerándose. Tiene que haber algo más allá de los árboles carbonizados. Lo susurramos sin creérnoslo del todo. Cuando las libélulas se desvanecen inventamos atajos para no pisar las hojas secas. Al salir a un claro te pones en pie, corres un poco más, hasta lo alto de un terraplén y desde allí me miras con la cara tiznada de hollín. Usándote de espejo, me restriego mejillas y frente para limpiarlas. Junto a ti hay un coche, lo señalas. Nos sonreímos desde la distancia. Después escalo roca a roca tras tus pasos porque seguirte es lo único que puedo hacer ahora.

Siguiente capítulo…

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