Nuestras ciudades son más que una sucesión de postales. Siempre me han molestado esas historias donde el escenario solo es una excusa que está de adorno, como por ejemplo Vicky Cristina Barcelona y su sucesión de escenarios sin ton ni son, como si a Woody Allen le hubieran pasado un listado de las cosas que tenían que salir por contrato. Y en cambio, adoro cuando la ciudad pasa a ser otro personaje: en Midnight in Paris la magia se puede tocar. Muchas de mis novelas favoritas son un homenaje a una ciudad: El día que murió Marilyn, por ejemplo, donde Terenci inmortaliza la Barcelona y el Sitges de su infancia, tan parecidos a los míos que me sentí parte del libro.
Algo así quería hacer yo en El mar llegaba hasta aquí. Retrataría Madrid, Barcelona y Granada. Ya se sabe, las ambiciones del escritor primerizo. Resulta que las postales son más fáciles de escribir. Sigue leyendo




