Historia de tres ciudades: construyendo los escenarios de mi novela

Nuestras ciudades son más que una sucesión de postales. Siempre me han molestado esas historias donde el escenario solo es una excusa que está de adorno, como por ejemplo Vicky Cristina Barcelona y su sucesión de escenarios sin ton ni son, como si a Woody Allen le hubieran pasado un listado de las cosas que tenían que salir por contrato. Y en cambio, adoro cuando la ciudad pasa a ser otro personaje: en Midnight in Paris la magia se puede tocar. Muchas de mis novelas favoritas son un homenaje a una ciudad: El día que murió Marilyn, por ejemplo, donde Terenci inmortaliza la Barcelona y el Sitges de su infancia, tan parecidos a los míos que me sentí parte del libro.

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Algo así quería hacer yo en El mar llegaba hasta aquí. Retrataría Madrid, Barcelona y Granada. Ya se sabe, las ambiciones del escritor primerizo. Resulta que las postales son más fáciles de escribir. Sigue leyendo

La Odisea: cómo un manuscrito se convierte en novela

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Tres años y medio… largos, muy largos. Ese es el tiempo que separa los cuadernos de la izquierda, del libro de la derecha. En junio de 2011 empecé a darle vueltas a la idea de El mar llegaba hasta aquí, aunque al principio se tituló (simbólicamente) «Adán y los últimos vampiros». Lo primero que escribí fue la última frase y se ha mantenido casi idéntica desde entonces. Tenía claro dónde quería llegar, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Lo que también sabía es que esta vez sí iba a lograrlo. Había dejado muchas historias a medias; la aventura de Leo y Adán tenía que llegar a puerto. Sigue leyendo

La creación de personajes: jugar a ser el Doctor Frankenstein

Lo confieso: a la hora de crear personajes para mis historias, no soy todo lo metódico que debería. No confecciono fichas, no escribo biografías, no pienso si tendrán tantos años o el pelo rubio y ondulado. En fin, no sigo ninguno de los consejos de los manuales de escritura. Al principio me inspiro en gente cercana, tomo prestados rasgos que intuí en un chico con piercings del autobús nocturno, recuerdo personajes del cine y la literatura que me marcaron. Y lo pongo todo en una coctelera, para ir usándolo a medida que lo necesite. Intento que ningún personaje sea una copia de nadie concreto, sino que todos tengan las partes de sus modelos que más me interesan. Es un poco como jugar a ser el Doctor Frankenstein.

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Con la historia ya más o menos montada, entonces sí, ajusto datos concretos (sus profesiones y aficiones, sus pasados), según me convengan. Me fijo en qué gestos les identifican: salieron de forma natural, sin premeditación por mi parte. Qué expresiones usan, también. En las palabras está su ADN. Sigue leyendo

Toda una vida en los libros

De mi primera novela no recuerdo el título. Sí, a El mar llegaba hasta aquí suelo llamarla «mi primera novela», porque es la primera que termino de la que estoy realmente orgulloso y también la primera que espero publicar. Pero antes hubo otras. De hecho, según mi madre lo primer que escribí con apenas ocho años fue una especie de Elige tu propia aventura del que solo recuerdo dibujos borrosos de pirámides y junglas, y mi letra temblorosa.

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La primera novela la escribí ya de adolescente; detallaba un triángulo amoroso entre una chica en coma, su exnovio y un chico bisexual. Un cuadro, vaya. Después vino otra titulada «Secretos y mentiras» cuya calidad debía de ir a la par del título. La tercera fue «Idol Singer», sobre una cantante de pop prefabricado que descubría que era un robot.

Eran las tres novelillas juveniles (no solo por mi edad de entonces), escritas en catalán, todas con el amor como epicentro: un amor limpio, idealizado, que yo todavía no había sentido. Un intento, en fin, de seguir los pasos de mi ídolo en aquel entonces, Jordi Sierra i Fabra. Sigue leyendo

El Alquimista

Lo mío no son los colores. No es que sea daltónico, pero nunca distinguiré el lila del violeta o el burdeos del mero granate. Y aun así, sé que cada color tiene una tonalidad única. Como las palabras. Parte de la gracia de escribir consiste en elegir la palabra exacta. Acariciar, rozar, palpar, toquetear: sinónimos de un mismo gesto, pero con intenciones muy distintas. Demasiado a menudo pasamos por alto esta riqueza del lenguaje.

No se trata de tener un diccionario de sinónimos al lado del ordenador para elegir siempre el más raro de todos. No. Solo hay que decidir cuál es la única palabra capaz de mostrar la imagen tal como la viste en tu mente: esa que transmite todos los matices. Y repetir el proceso escena a escena. La suma de todas estas decisiones dará forma a un poema, un cuento o una novela.

A veces lo que falta es una frase entera para pintar la escena tal cual la imaginaste. Sigue leyendo