A far l’amore comincia tu

Si algo aprendí en Roma (y allí aprendí unas cuantas cosas) es que no puedes planificar las cosas. Está bien tener intenciones iniciales, incluso trazar una ruta prevista. Solo por si acaso. Pero luego hay que ser flexible. Porque por mucho que tuerzas a la izquierda, es posible que llegues justo al extremo opuesto. O que ni siquiera llegues, aunque la calle fuera tan recta que perderse parecía imposible. Y es que la mayoría de las veces no basta con las ganas. En ese restaurante donde había una mesa libre no te dejaron sentarte por ir solo, esos camareros preferían otros comensales con más dinero o mejor aparencia; en cambio, en el restaurante de enfrente, más concurrido, enseguida te han señalado la mejor mesa. Prego.

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De la forma más inesperada, todo se alinea. Convencido de que pides una cosa, te traen otra distinta que sabe aún mejor. Que se convierte en tu nueva favorita. Que ya no podrás prescindir de ella. Y pensar después que no ibas a venir aquí y ni siquiera era lo que querías. Es como si el azar te conociera mejor que tú. En cada viaje, ¿te reconcilias contigo mismo o te reinventas sin saberlo? Brindas a la silla vacía, quizá intuyes que cuando regreses algún día no lo harás solo. Sí, allí habrá alguien que quiso quedarse. Y descubrir cómo funciona la improvisación. Juntos seréis tímidos que saltan.

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