Hiromi Kawakami – Algo que brilla como el mar

A veces no basta con que merezca la pena.

Cuando comento un libro suele ser el último que he leído. Con Algo que brilla como el mar recuperé a principios de año el buen hábito de leer diariamente, pero eso fue semanas antes de retomar el blog, así que el libro se quedó sin crítica. Ahora que estoy inmerso en el mastodóntico volumen La Cúpula de Stephen King, aprovecho para comentar la novela con la que descubrí a Hiromi Kawakami.
Algo que brilla como el mar es más que el típico relato de iniciación. Asistimos a unos personajes entrando en la adolescencia, sí, unos niños que crecen y empiezan a preguntarse cosas, pero la prosa de la autora es tan sutil que no está explicándonos una historia con un principio y un final marcado. Hiromi Kawakami prefiere dejar que los personajes fluyan, aprendan, descubran, vivan sin que parezca forzado. El libro es una colección de instantes de infancia cargados de simbolismo.
Creo que es un acierto esta estructura, porque cuando los libros nos hablan de experiencias pasadas, siempre me choca cuando el protagonista puede recordarlo todo cronológicamente. Recordamos sobre todo sensaciones, aunque no podamos ubicarlas exactamente en el tiempo, y de eso está lleno Algo que brilla como el mar. Estos niños se enfadan unos con otros sin saber muy bien el motivo, van al colegio cada mañana, viven los ardores sexuales con curiosidad y un regusto de miedo, respetan las tradiciones familiares, piensan en el futuro, aprenden que los adultos no son perfectos, sueñan con las vacaciones de verano, gozan de la lluvia y del sol…
En fin: el mundo y la naturaleza abriéndose con toda su fuerza ante la mirada de unos niños que juegan a sentir como adultos. Un libro para disfrutar y saborear tranquilamente. Te mantiene pegado a sus páginas porque habla de tu infancia, la infancia de todos, y lo hace con una suavidad y una belleza poco habituales. Y si os quedáis con ganas de más, tenéis El cielo es azul, la tierra blanca, más famosa (pero menos redonda, para mí) .

-¿Por qué estamos vivos? -pregunté de sopetón.
-No lo sé -me respondió él, con simplicidad.
“No lo sé”. Las palabras de Hanada resonaron en mi cabeza. No lo sé. No lo sabe nadie. La lluvía volvía a caer con más intensidad.

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