Raymond Carver – Si me necesitas, llámame

Era mediados de agosto y Myers estaba cambiando de vida.

Me regalaron este libro en Abril (Sant Jordi), pero tras varios intentos fallidos mi consejero oficial de películas no pudo dármelo en mano hasta principios de este mes, y no he podido leerlo hasta ahora. Al abrirlo, me dió igual el retraso. La primera línea rezaba: «Era mediados de agosto y Myers estaba cambiando de vida», así que supe que el libro había esperado pacientemente para que lo leyera justo ahora, a mediados de agosto, cambiando de vida. Siempre lo digo: si estás receptivo y en sintonía, las cosas te llegan en el momento oportuno.

Raymond Carver forma parte de la corriente llamada «realismo sucio». Es decir: frases cortas, estilo crudo, descripciones breves y apáticas, relatos de perdedores sin muchas esperanzas. Éste es mi primer libro del autor, y no me ha defraudado. Si me necesitas, llámame consta de cinco relatos publicados póstumamente (su última mujer los encontró y los corrigió junto al editor antes de sacarlos a la luz), fieles a ese estilo desapasionado pero intenso y sincero que me esperaba encontrar.

La sorpresa ha sido que los cinco relatos, aunque explican historias tristes, tienen un punto luminoso, casi esperanzador. En todos aparecen personas intentando cambiar de vida: aferrándose a un pasado que no les sirve porque el futuro todavía les asusta demasiado. Pero todos encuentran una forma de conectar con el presente y (quizá, sólo quizá) disfrutarlo: cortando leña, observando cómo arde la casa de la vecina, compartiendo una agradable velada con sus caseros, sincerándose con su pareja, aceptando que sólo los nuevos amantes existen ahora.

No sé si era el mejor libro para empezar a conocer a Raymond Carver. Puede que sí. Lo cierto es que ya me he informado del resto de obras suyas publicadas en España para irlas pidiendo y degustando. Me he quedado con ganas de más relatos con ese sabor a arena del desierto americano.

A veces las cosas salen bien. Dan resultado.

Carlos María Domínguez – La casa de papel

Las personas también cambian el destino de los libros.

Hay libros que llegan a ti como atraídos por un imán. Como si pusiera «Léeme» en la portada. La casa de papel es uno de ellos. Cuando un amigo lo cogió de una estantería de la librería Antonio Machado y me lo enseñó, supe que tenía que comprarlo. Y lo hice. No es casualidad que la novela trate, precisamente, de un libro que le llega misteriosamente al protagonista, y le llama tanto la atención que siente que debe investigar su procedencia.

Más allá del argumento, casi policíaco, lo mejor de La casa de papel son sus reflexiones sobre los libros, sobre el propio acto de leer. Los libros unen a las personas y también las separan. Cada persona tiene sus hábitos para encadenar lecturas y recomendaciones, su manías para ordenar la siempre creciente biblioteca. A veces nuestro método para intuir que un libro es bueno puede parecerle absurdo a otras personas: ¿es mejor leer el primer párrafo o guiarse por los «corredores», esas líneas que aparecen entre las palabras de una página y marcan el ritmo del libro?

¿Por qué nos gusta regalarlos o, incluso, dedicarlos? ¿Por qué hay libros que marcan tanto? Es curioso que cuando visitamos la casa de alguien, una de las primeras cosas que hacemos es cotillear sus estanterías: comprobar qué libros tiene, pero también cuáles le faltan, coger ideas de futuras adquisiciones, sugerirle nuestros favoritos, sorprendernos con ciertas ediciones. Algo tendrán los libros que hacen tanta compañía y nos definen no sólo como lectores, también como personas.

Los libros pueden ser una puerta a otros mundos pero también una peligrosa prisión. Carlos María Domínguez explora en apenas 100 deliciosas páginas estos y muchos otros aspectos de la literatura y la lectura. Ahí reside el encanto de La casa de papel y por ello es tan recomendable a cualquier amante de los libros.

Siguen siendo mis amigos. Me dan abrigo. Sombra en el verano. Me protegen de los vientos.  Los libros son mi casa.

Craig Silvey – Jasper Jones

Si las balas no te pueden hacer daño, ¿qué tiene de valiente ponerse delante?

Aún tenía pendiente de leer el último de mis autorregalos de Sant Jordi. Otro de esos libros comprados casi por instinto, tras leer una buena crítica y sentir la atracción de su portada. Me ha costado terminarlo, casi un mes entero, y eso que tampoco es tan largo (no llega a las 400 páginas). No sé si será su ritmo pausado o una traducción extraña (¿sabéis esa sensación cuando las palabras no encajan y te cuesta creer que sea culpa del escritor?), pero algo de este libro no me ha terminado de atrapar. Una lástima, porque la historia que cuenta es muy buena y cuando por fin conecté con sus personajes, devoré la última mitad en apenas dos días, después de tantas semanas alargando la lectura.

La frase publicitaria en la portada (cuánto daño han hecho y qué poco me gusta que vaya imponiéndose esta costumbre norteamericana) habla de «novela de aventuras» y del «poder de la amistad». Lo primero no es del todo exacto: el protagonista (Charles Bucktin) apenas vive aventuras porque lo principal aquí es asistir a la evolución, las reflexiones y el desarrollo de este crío después de descubrir ciertos hechos; todo lo importante del libro ocurre a nivel interno, mental. Y en cuanto a lo segundo… hay amigos, claro, pero no considero que la novela gire alrededor de esas amistades.

Jasper Jones habla sobre todo de la carga de saber. De ese momento en que las verdades del mundo te golpean con toda su crudeza y te obligan a salir de la burbuja en que tus padres y tus profesores te habían intentado aislar. Entonces pasas de una sempiterna sonrisa infantil a un suspiro acompañado de «La vida no es justa». Y desearías con todas tus fuerzas no saber, dejar de saber, reconstruir la burbuja. Pero es no es posible, descubres que no hay marcha atrás y, poco a poco, aprendes a convivir con esta nueva visión del mundo, buscas en ese mundo de repente anómalo una forma de hacer lo correcto, un camino hacia la felicidad. La pérdida de la inocencia duele, pero es inevitable; es el primer paso en la dirección correcta.

Craig Silvey levanta la alfombra para mostrarnos qué se oculta debajo de la aparente tranquilidad de un pequeño pueblo de Australia. El odio, las rencillas, los engaños, los terribles secretos familiares, la incomunicación, el racismo también. Un cóctel explosivo que nunca a llega a ser la novela redonda que pretende ser. Quizá la sombra de Huckleberry Finn sea demasiado alargada y por querer forzar ese paralelismo el libro se adentra en terrenos espinosos (empezando por el propio título, que no hace justicia al profundo contenido de sus páginas). En cualquier caso, merece la pena acompañar a Charles Bucktin en su aprendizaje vital. Lo que descubre le marca a él mientras a nosotros nos recuerda todo aquello que alguna vez nos marcó.

La vida puede ser más sencilla si uno cede un poco, pero es mejor si se aferra a algo con la suficiente fuerza para que no se le escape.

Cuando ves la perfección ante ti, no puedes evitar darte cuenta.

No saber cómo van a salir las cosas no es razón para no hacer algo.

Quizá no se trata de no tener miedo. Quizá se trata de lo bien que uno sepa sobrellevar ese peso. (…) Dar con una forma honesta de actuar, ése es el truco.

Retener algo no significa hacerlo tuyo. En un momento dado, te das cuenta de que en realidad lo estás reteniendo para ti mismo, pues está intentando soltarse con la misma fuerza.

Ogai Mori – La bailarina

Al mirarme, leí en sus ojos una irresistible petición de ayuda. ¿Era ella consciente del efecto que sus ojos tenían en mí? ¿No había ninguna intención oculta en ellos?

Después de una pequeña joya como El ganso salvaje (libro con el que además inauguré la nueva etapa de este blog), tenía ganas de leer algo más de Ogai Mori. Nos llega de la mano de la editorial Impedimenta, que después del éxito de los libros de Natsume Sôseki, últimamente está apostando por publicar autores japoneses menos conocidos. Sus ediciones dan gusto: portadas bellísimas con un tacto muy peculiar.

La bailarina es la historia de una traición. Una traición a la persona amada pero, sobre todo, una traición a uno mismo. La narración funciona gracias a la prosa de Ogai Mori, al mismo tiempo delicada e implacable: como la marea, te va arrastrando sutilmente hasta el inevitable desenlace. ¿Qué ocurre cuando te dejas llevar por las circunstancias, cuando te excusas en los demás pero la única realidad es que tú mismo no intentas cambiar las cosas? Es el peligro de depositar tu libertad en factores externos (nuevo país, nuevo trabajo, nuevo amor): las cosas cambian, vienen y se van. Y sólo quedas tú como responsable, víctima y verdugo.

Por eso, hay que evolucionar siempre a partir de uno mismo, cultivar cambios internos, lograr ser autosuficiente para mantener siempre esa iniciativa y esa libertad bajo cualquier circunstancia. El protagonista del libro lo descubre demasiado tarde. Es curioso, pero en las dos novelas de Ogai Mori que se han publicado en España parece que se repite ese patrón de personajes que abren los ojos demasiado tarde. ¿Tendrán algo de autobiográfico? ¿Nos estará instando el autor a aprovechar el momento? Actuar cuando aún estamos a tiempo.

Cuando llegué por primera vez a Alemania, pensé que había descubierto mi verdadera naturaleza y me juré no dejarme utilizar nunca más como si fuera una simple marioneta. Quizás fuese sólo el orgullo de un pájaro al que han dejado en libertad el tiempo suficiente para que pueda batir sus alas un par de veces mientras sigue atado por las patas.

Look at a book, pick up the phone, fix some food

¿Leemos igual que amamos? Por muy chocante que pueda parecer, sí. Bromeando con unos amigos el otro día, uno de ellos empezó a metaforizar: igual que hay gente que prefiere acudir regularmente a la biblioteca y en cambio otros compran sus propios libros, hay gente más o menos posesiva con las personas. El tema quedó como un comentario gracioso, no pasó de ahí. Pero llevo desde entonces dándole vueltas y me he dado cuenta de que mi amigo había dado en el clavo. La forma en que tratamos nuestros libros, se refleja implacablemente en cómo tratamos a las personas que nos gustan.

Quien hojea los libros y salta de uno a otro sin acabar ninguno, jamás profundizará tanto en las personas como quien lee cada libro a fondo, degustando cada frase y anotando las mejores, informándose del autor, del contexto, del trasfondo de la historia. Hay quien se ciñe a un único género: al terror porque busca emociones fuertes, a la novela romántica para soñar con aquello que podrían tener y no se atreven a tocar. Hay quienes aseguran leer «de todo»: es decir, en realidad no leen nada o lo hacen sin criterio porque todavía no han encontrado ese libro especial que les descubra lo que realmente persiguen, ese hueco que siempre han buscado llenar sin saberlo.

Unos compran los libros atraídos por la publicidad, las portadas chillonas y los eslógans grandilocuentes («1.000.000 de ejemplares vendidos en Francia»). Otros hacen caso de las recomendaciones y las críticas, o bien leen atentamente la sinopsis, consultan el índice y varios capítulos. También hay algunos que se dejan guiar por la intuición, la poderosa atracción de una primera línea brillante. Y cómo olvidarse de la gente que no compra libros jamás pero sí permite que otras personas se los regalen en ocasiones señaladas: Navidad, el cumpleaños, Sant Jordi; los verás al día siguiente exhibiendo el libro en el metro. No deja de ser curioso cómo mientras hay gente capaz de leer en cualquier lado, otros tienen su rincón favorito: la cama, el sofá, aquella cafetería.

En la lectura, como en todo, hay elitistas: desprecian todo lo que no sea lo mejor, y hasta entonces dejarán escapar decenas de oportunidades de leer libros entretenidos en los que encontrar, inesperadamente, frases que les harían sonreír. Unos tratan a sus libros con tal exceso de mimo que cuando terminan de leerlos, las cubiertas parecen demasiado limpias, los lomos demasiado nuevos; otros en cambio, no dudan en manosear y dar de sí sus libros mientras los leen: los abren de par en par, doblan las esquinas de las páginas que quieren recordar, no se preocupan por los rasguños que aparezcan en las cubiertas, marcan terreno. Hay quien no lee por ignorancia, por falta de tiempo o por miedo y también hay quien lee compulsivamente, sin medida, para saciar una sed tan intensa que ni el mejor de los libros podría calmar. Algunos son capaces de alternar la lectura de varios libros a la vez mientras otros prefieren concentrarse en leer sólo uno para no perderse con tanto personaje.

Cada cual tiene su método para enfrentarse a la lectura. Todos están bien, porque afortunadamente hay más libros que personas (sólo en España, se editan unos 65.000 libros al año). Por eso, da igual cómo lo hagas. A fuerza de leer, acabarás dando con libros buenos. De esos con los que aprendes, de esos que además de una portada bonita y un título atractivo atesoran también muchas frases que subrayar.