You Will Meet A Tall Dark Stranger / Conocerás al hombre de tus sueños

Shakespeare said life was full of sound and fury and in the end signified nothing.

Después de reconciliarme con Woody Allen gracias a Midnight in Paris, me apetecía darle una oportunidad a otra de sus películas recientes. Me encontré más o menos lo que esperaba: buenas ideas desperdigadas a lo largo de un guión enclenque y sin gracia. Como resultado, una película que se hace larga (sin serlo) y con actores que chirrían en los papeles que les ha tocado interpretar. Pero si la estoy reseñando en el blog es porque la esencia que desprende «You Will Meet A Tall Dark Stranger» me gustó, va muy en la línea de lo que intento transmitir entrada tras entrada.

No envidio a quien tuviera que traducir al castellano el título de esta película. Humildemente considero que «Conocerás a un misterioso desconocido» habría sido una opción mejor, manteniendo la ambigüedad original. Ambigüedad que es la clave de la película: al recibir la noticia de que conocerá a ese «desconocido alto y moreno», la ingenua Helena opta por interpretarlo como que conocerá al hombre de sus sueños. Su yerno, más pragmático, le dice que no sea absurda: la única persona que le queda por conocer al final del camino es La Muerte.

No es lo mismo dejarse llevar por la ilusión que permitir ser empujado por la desesperación. Optando por la ilusión a menudo puedes parecer ridículo pero estarás más receptivo a las sorpresas de la vida, más atento a esos pequeños detalles que la endulzan. En el lado opuesto, la insatisfacción te lleva a perseguir aquello que no tienes, pero también a actuar con egoísmo y precipitación, arriesgándote a perder aquello que sí tienes o podrías tener.

Entre estos dos polos, ilusión y desesperación, se enfrentan los personajes de «Conocerás al hombre de tus sueños» al miedo a envejecer, el miedo a la muerte, el miedo a no tener tiempo de hacer realidad sus proyectos… Esos miedos nos llevan a cambiar, no siempre de una manera inteligente.

Con un guión más trabajado, con un casting que prescindiera de estrellas y buscase actores que encajen en los personajes (pienso en los dos Antonios: fuera de lugar ambos), y con algo más de garra, estaríamos hablando de una buena película. Habrá que conformarse con rascar en su superfície banal para extraer ese recordatorio de que nunca hay que perder las ganas de ilusionarse, que hacemos muy bien en conservar ese punto naïf que nos ayuda a recorrer el día a día con una sonrisa. Sólo así ese misterioso desconocido a la vuelta de la esquina sea quizá el hombre de tus sueños esperándonos con un libro bajo el brazo y no la muerte con su guadaña.

Les Petits Mouchoirs / Pequeñas mentiras sin importancia

154 minutos. «¿Dónde me he metido?», pensé al descubrir en el programa -me fascina que algunos cines conserven todavía la tradición de ofrecerte estas fichas de la película; yo las colecciono- la exagerada duración de «Pequeñas mentiras sin importancia». Empezamos con un plano secuencia impactante, atronador y acabamos con un plano congelado agridulce y mudo. En medio: dos horas y media con muchas carcajadas y alguna que otra escena dura, a veces incluso te descubres riendo con el corazón en un puño (la ridícula desesperación de esa mujer refugiándose de madrugada en el porno virtual, por ejemplo).

No diré que al final la película se pasó como un suspiro, porque no sería exacto -la película es larga y no lo intenta disimular-, pero sí diré que salí del cine deseando más, mucho más, deseando una serie entera dedicada a estos personajes: dos temporadas como mínimo, cada una con 13 capítulos de 45 minutos. Tan humanos son los personajes y tan identificado te sientes con ellos, tanto cariño les coges a pesar de sus defectos (que son muchos), tantas ganas te quedan al final de seguir sabiendo de sus vidas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» gira en torno a las vacaciones de verano de un grupo de amigos; unas vacaciones vistas no sólo como un acto de escapismo, sino también -y sobre todo- como el ejemplo máximo de su egoísmo. Y es que en esas ganas de pasarlo bien, esa necesidad de que nada se tuerza, de que ni siquiera las comadrejas amenacen la calma del refugio playero, hay mucho de dar la espalda a la realidad, a sus problemas y a los de los demás. Se consuelan pensando que no han abandonado a su amigo hospitalizado porque van a acortar las vacaciones: dos semanas en vez de un mes, y al fin y al cabo sólo estarán a una hora de avión de París.

Así somos. Nos acomodamos en las pequeñas mentiras porque es más fácil así, porque mentir en las pequeñas cosas parece un acto inocente. Mentimos a los demás autoconvenciéndonos de que es lo mejor para ellos, cuando en realidad lo que hacemos es mentirnos a nosotros mismos, retrasar ese momento en el que habrá que afrontar la verdad: la persona a la que verdaderamente quieres, lo que verdaderamente te llena, la sexualidad que verdaderamente sientes. Y mientras estás mintiendo, ese momento de sinceridad parece muy lejano, como la costa cuando navegas en barco bajo el sol, pero a menudo olvidas que también existen bancos de arena, golpes imprevistos que te obligarán a mirarte al espejo y ser sincero de una vez por todas.

«Pequeñas mentiras sin importancia» también nos recuerda la importancia de lo que se dice, y de cómo se dice. Hay un personaje que, a modo de ejemplo, explica un experimento de Masaru Emoto que no sé si será verdad pero en cualquier caso me fascina como metáfora. Emoto puso arroz hervido en dos tarros y los cerró; a un tarro le colocó una etiqueta con la frase «Te quiero» y al otro una etiqueta con la frase «Te odio». Día a día, al primer tarro le agasajaba con palabras cariñosas, mientras al segundo le escupía palabras llenas de rencor. El arroz odiado se pudrió enseguida, mientras el arroz amado seguía intacto.

Y de eso se trata: de hablar pero hablar bien, de cuidar el lenguaje, de quejarse menos (o directamente, no quejarse), de proyectar una imagen más optimista de nosotros, de dedicarles a la gente que nos rodea las buenas palabras que merecen. Toda esa energía positiva acabará llegándonos de vuelta. En ese sentido, estad muy atentos a cuál es el único personaje que termina la película mejor de lo que la empieza. No hay que conformarse con las mentiras, hay que aprender a hablar y hay que aprender a escuchar.

Cine francés generacional, cinta coral ensalzada por un reparto excelente, comedia y drama muy bien hilados, canto a la amistad (pero a la de verdad), un pequeño empujón para que seamos optimistas, sinceros y hablemos de las cosas que nos importan, banda sonora de lujo (mezcla de canciones muy famosas con momentos indie)… Todo eso y mucho más. Una sorpresa agradable sobre las sorpresas desagradables de la vida.

Unknown / Sin identidad

It’s a war between being told who you are and knowing who you are.

Hay un tipo de argumentos que me gustan mucho… pero que me ponen también muy nervioso. Esos en los que el protagonista sabe algo, o le acusan de un crimen que no ha cometido, pero todo apunta a que miente o, peor, está loco. Y solo contra el mundo tendrá que demostrar que tiene razón o que es inocente. Supongo que me angustia imaginarme en esa situación; no sé si yo tendría la fuerza para luchar por mi cuenta contra un entorno tan hostil. Pues bien, éstas son precisamente las bases de «Sin Identidad», un thriller típico pero muy bien hecho. Supongo que no es extraño viniendo del director de «La Huérfana».

El doctor Martin Harris (Liam Neeson) despierta de un coma tras un accidente de coche y descubre que su identidad ha sido robada, su esposa no lo reconoce y nadie le cree. No sólo tendrá que demostrar que es quién dice ser, también tendrá que descubrir porqué ha ocurrido esto. Es de esas películas llenas de giros argumentales: una sorpresa se enlaza con otra y no siempre las ves llegar. Lo que más me gustó es que no se trata de una película tramposa. Como bien dice uno de los personajes: las pistas, los detalles siempre están ahí. Sólo hay que saber verlos e interpretarlos.

Como ya viene siendo habitual en las películas que van llegando a mi vida estos meses, además de reflexionar sobre la identidad, sobre el valor que le damos a un nombre, un documento identificativo o una foto, «Unknown» habla también de redención, de nuevas oportunidades. Siempre es posible volver a empezar, aunque te digan que ni siquiera merece la pena que existas. Se trata de elegir. Si eliges bien, incluso puedes utilizar esas mismas herramientas que te sometían para construirte un futuro.

Me gusta haber podido guardar esta entrada hasta hoy, precisamente hoy. Que no nos digan quiénes debemos ser. Otra vida es posible. Una vida en un mundo realmente nuestro. #nolesvotes

Midnight in Paris

Parecía difícil reconciliarse con el actual Woody Allen tras la infame «Vicky Cristina Barcelona». Difícil pero no imposible, porque con «Midnight in Paris» me ha vuelto a enamorar, y de qué manera. Tenía que ser en París, claro: mi segunda ciudad favorita detrás de Barcelona. Andaba con la idea de volver a París, de hecho andaba con varias ideas y dudas en la cabeza, y todas las he visto reflejadas en la pantalla. Mis aprendizajes de los últimos meses resumidos en un delicioso cuento de hora y media. La magia del cine, ¿no?

Quizá a vosotros no os guste tanto, quizá no la consideréis la mejor película de Woody Allen en muchos años (yo sí, y de lejos), pero en cualquier caso creo que estamos ante un buen film, una comedia más que entretenida. Y un homenaje a una ciudad fascinante. Un homenaje auténtico, no el homenaje a una Barcelona de postal acartonada de «Vicky Cristina Barcelona». Viéndola, respiras París, el París que te gusta, el que recuerdas, el que esperas conocer algún día o al que sabes que volverás pronto.

«Midnight in Paris» desenmascara las trampas de la nostalgia. Creer que cualquier pasado fue mejor es muy cómodo. Tan cómodo como depositar todas tus ilusiones en un futuro lejano (terminaré este libro, tendré dinero, nos casaremos, viviremos aquí o allá). Depender de otros tiempos a los que jamás podrás viajar es cómodo sí, pero poco útil. Te refugias en ellos porque no podrán decepcionarte, son fantasías idealizadas de algo que podría ser o podría haber sido, y las guardas a buen recaudo en tu imaginación. Las utilizas de colchón, de excusa para justificar que tu vida actual no te gusta. Pero la única felicidad que puedes disfrutar es la del presente. El presente, tu presente, con sus defectos e insatisfacciones inevitables, pero también con todos esos pequeños detalles que lo llenan todo y que hay que ser capaces de apreciar y compartir. Una canción de Cole Porter o la lluvia iluminando tu ciudad favorita.

Para explicarnos (recordarnos) todo esto, Woody Allen zambulle a su protagonista, Gil Pender (un Owen Wilson muy correcto), en una curiosa, imposible aventura de la que os recomiendo no saber demasiado. Abrid la mente y dejaos sorprender, dejaos acompañar por esa galería de personajes variopintos que recorren las calles y cafés de París. Bailad, enamoraos, pasead. Aprended con ellos que ese pasado tan mitificado, en su día fue el único presente para gente que también ansiaba haber vivido en otra época.

Creo que lo mejor que se puede decir de una película es que te ha hecho salir de la sala con una sonrisa tan inmensa que no ves el momento de que la saquen en DVD y así poder disfrutarla una y otra vez. Así salí yo ayer de los cines Verdi. Y diría que no fui el único, porque hubo numerosos aplausos al terminar -algo que sólo había visto en festivales de cine- y muchos nos quedamos sentados hasta el final de los títulos de créditos, como si necesitásemos unos últimos minutos para acabar de saborear esa medianoche lluviosa en París.

Norwegian Wood / Tokio Blues

De ciencia ficción me pareció esta película. Y sus personajes, auténticos extraterrestres. Me sabe mal decirlo, y puede que el doblaje, terrible, tenga parte de culpa (tantos cines de versión original en Barcelona y ninguno apostó por «Tokio Blues»), pero Watanabe, Naoko, Kizuki y compañía me parecieron gilipollas. Salvaría a la optimista Midori (qué monada de actriz) y al canalla Nagasawa (hot as Mexico).

Es cierto que las novelas de Haruki Murakami siempre las protagonizan personajes que se pierden en la tristeza, se ahogan en una soledad densa de la que no saben salir. La novela, sin ser el mejor libro del autor, no me disgustó, pero la película de «Tokio Blues», supongo que al no poder profundizar en la personalidad de los personajes que retrata, es una sucesión absurda de suicidios y llantos y desgarros emocionales que roza la parodia. Tela marinera con esas escenas donde los personajes discuten moviéndose de lado a lado sin parar y la cámara apenas puede seguirles: intentaban ser dramáticas y en el cine reíamos. Por no hablar del momento «babas en el acantilado» del final.

Como con todo, influye mucho el momento emocional en que la ves. Sé que en mi época adolescente me habría sentido muy identificado con estos personajes lánguidos que se ahogan en un vaso de agua, que hasta soplando velas de cumpleaños se deprimen. Hoy por hoy, no puedo sentirme más lejano de ellos. Y así es cómo me tomé la película, como un recordatorio del camino que no hay que seguir jamás. Esa melancolía absoluta y esa desolación y esa ceguera, incluso: cuanto más lejos, mejor.

Por destacar cosas buenas, que las hay (la película tampoco es tan mala como la pinto… sólo muy alejada de mí; extraterrestre, ya lo he dicho al principio), me quedo con la sorprendente banda sonora, temas instrumentales que mezclan tristeza y angustia y encajan como un guante con el mundo de Murakami. Me quedo también con esos paisajes boscosos que van mutando al ritmo del ánimo de los personajes y con esa escena en la que Watanabe, Nagasawa y la novia de éste hablan de su vida sexual. El personaje de la novia es tremendo, lástima que al final sea tan tonta como los demás. Me gustaría reescribir la historia sólo para darle a esta chica el final (el nuevo principio, en realidad) que se merecía.

La verdad es que me quedé pensativo al salir del cine (por cierto, el tiempo se alió con Murakami: diluviaba). La literatura y el cine japoneses son muy dados a estas historias de melancolía que acaba en drama. ¿Ya no podré disfrutar de ellas? Con lo que me gusta la cultura japonesa… Luego me sentí afortunado: en realidad, ahora podré disfrutarlas sin miedo a dejarme arrastrar por su tristeza inevitable. Y buscaré autores cuya sensibilidad se salga de la norma, como Yasutaka Tsutsui. De algo sirve madurar, supongo.

-¿Sabes qué me gustaría hacer ahora?
-Midori, estamos en un sitio público…
-Nunca imaginé que dirías eso.