Midnight in Paris

Parecía difícil reconciliarse con el actual Woody Allen tras la infame “Vicky Cristina Barcelona”. Difícil pero no imposible, porque con “Midnight in Paris” me ha vuelto a enamorar, y de qué manera. Tenía que ser en París, claro: mi segunda ciudad favorita detrás de Barcelona. Andaba con la idea de volver a París, de hecho andaba con varias ideas y dudas en la cabeza, y todas las he visto reflejadas en la pantalla. Mis aprendizajes de los últimos meses resumidos en un delicioso cuento de hora y media. La magia del cine, ¿no?

Quizá a vosotros no os guste tanto, quizá no la consideréis la mejor película de Woody Allen en muchos años (yo sí, y de lejos), pero en cualquier caso creo que estamos ante un buen film, una comedia más que entretenida. Y un homenaje a una ciudad fascinante. Un homenaje auténtico, no el homenaje a una Barcelona de postal acartonada de “Vicky Cristina Barcelona”. Viéndola, respiras París, el París que te gusta, el que recuerdas, el que esperas conocer algún día o al que sabes que volverás pronto.

“Midnight in Paris” desenmascara las trampas de la nostalgia. Creer que cualquier pasado fue mejor es muy cómodo. Tan cómodo como depositar todas tus ilusiones en un futuro lejano (terminaré este libro, tendré dinero, nos casaremos, viviremos aquí o allá). Depender de otros tiempos a los que jamás podrás viajar es cómodo sí, pero poco útil. Te refugias en ellos porque no podrán decepcionarte, son fantasías idealizadas de algo que podría ser o podría haber sido, y las guardas a buen recaudo en tu imaginación. Las utilizas de colchón, de excusa para justificar que tu vida actual no te gusta. Pero la única felicidad que puedes disfrutar es la del presente. El presente, tu presente, con sus defectos e insatisfacciones inevitables, pero también con todos esos pequeños detalles que lo llenan todo y que hay que ser capaces de apreciar y compartir. Una canción de Cole Porter o la lluvia iluminando tu ciudad favorita.

Para explicarnos (recordarnos) todo esto, Woody Allen zambulle a su protagonista, Gil Pender (un Owen Wilson muy correcto), en una curiosa, imposible aventura de la que os recomiendo no saber demasiado. Abrid la mente y dejaos sorprender, dejaos acompañar por esa galería de personajes variopintos que recorren las calles y cafés de París. Bailad, enamoraos, pasead. Aprended con ellos que ese pasado tan mitificado, en su día fue el único presente para gente que también ansiaba haber vivido en otra época.

Creo que lo mejor que se puede decir de una película es que te ha hecho salir de la sala con una sonrisa tan inmensa que no ves el momento de que la saquen en DVD y así poder disfrutarla una y otra vez. Así salí yo ayer de los cines Verdi. Y diría que no fui el único, porque hubo numerosos aplausos al terminar -algo que sólo había visto en festivales de cine- y muchos nos quedamos sentados hasta el final de los títulos de créditos, como si necesitásemos unos últimos minutos para acabar de saborear esa medianoche lluviosa en París.

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