Are you ready?

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En contra de lo que creías, lo lograste. A los demás no les extrañó tanto. Será que te conoces menos, o que aún no has aceptado ser tu máximo apoyo. Sea como sea, lo lograste. El viaje tuvo sentido. Calle a calle, paisaje a paisaje, la huida fue convirtiéndose en aprendizaje. En las limitaciones encontraste una liberación inesperada. Prescindir de lo que dabas por supuesto para disfrutar lo diminuto. Y al volver a casa, todo había cambiado porque todo volvía a ser como antes. No como antes del viaje sino antes del motivo del viaje. Recuperada esa calma, pudiste avanzar.

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Un triángulo ideal

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Ayer utilicé otra vez vuestro paraguas, el que me dejasteis después de aquella noche de locura. Desde entonces no había vuelto a llover en la ciudad. Ni yo tampoco había pensado mucho en vosotros dos, la verdad. Solo de pasada. Enseguida se diluyó aquella fantasía mía de construir algo extraño entre los tres. Supongo que fuisteis parte de mi aprendizaje: en algún momento tenía que dejar de ser tan ingenuo. Y ahora que empiezo a aceptar que nunca os lo devolveré, sé que al menos este paraguas me protegerá de la lluvia siempre que lo necesite. El mejor regalo inesperado.

Fotografía: Ryan McGinley

Step by step, brick by brick

Como en la canción, me apetecía montar algo. Pieza a pieza. Sentir el placer único que produce el acto de montar. Aunque tengas que seguir las instrucciones paso a paso, sientes que estás creando algo. Que eres capaz. Es la misma emoción que acariciabas de niño cada mañana de Navidad, cuando gracias a tus manos cobraban vida los castillos de Lego. Ya no estaban en un anuncio, ahora se desplegaban en el suelo del comedor. Olvidabas incluso que no te hubieran regalado el castillo más grande sino el mediano: daba igual, lo estabas creando y era tuyo.

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Así que para mi cumpleaños, pedí un Nanoblock. Una especie de Lego japonés con las piezas pequeñas. Un Lego de adultos, si eso es posible. Al fin y al cabo, perseguía sentirme como un niño.  Sigue leyendo

Al filo del mañana

“Centrar el objetivo y disparar. Centrar el objetivo y disparar…”, repetía Shinji en Evangelion. Era su entrenamiento. Repetir. Repetir tantas veces que gestos sencillos como centrar o disparar perdían todo significado y emoción. ¿Quién le iba a decir que el aburrimiento fuera la única manera de alcanzar la soltura necesaria?

¿Quién se lo iba a decir también a William Cage, protagonista de Al filo del mañana? Pero tampoco es que le quede otra salida: cada vez que muere en la batalla, reinicia su día, su entrenamiento, su desesperada búsqueda de mejorar y esta vez sí, triunfar. Rebobina como en Atrapado en el tiempo, pero esta vez no está en juego el amor sino la vida.

Cuando a la ciencia-ficción se le añade emoción, algo grande sucede en la pantalla.  Sigue leyendo