Siempre Feliz

Suena Somewhere Over The Rainbow en una de las escenas claves de la película. Y la versión elegida, la del hawaiano Israel Kamakawiwo’ole, encaja misteriosamente bien con esos paisajes nórdicos. Quizá porque de eso va Siempre Feliz, de buscar el paraíso aunque tengas que cruzar todos los arcoiris habidos y por haber.

La protagonista se ha construido un refugio, un cuento de hadas artificial en el que ella siempre sonríe porque tiene que hacerlo. Arquitectura efímera: todo se desmorona en cuanto llegan de vecinos una pareja mejor, más feliz. Cuando las grietas se hacen evidentes te das cuenta de que todo importaba, el mínimo gesto, la pequeña palabra.

La música juega un papel importantísimo en la película. Unos músicos van marcando los capítulos y además se nota una cuidada selección de canciones para acompañar las escenas. Pero destaco sobre todo la subtrama del coro. Funciona como símbolo de atreverse a hacer lo que nunca harías, lo que te habían dicho que no hacías bien. Y lo haces. Vaya que si lo haces.

Destrucción y reconstrucción. Caerse para aprender a levantarse, parece que ése siempre será nuestro ciclo vital. Detectar las minas, seguir adelante por el campo, soltar lastre, abrazar lo nuevo. Sonreír de verdad. Ahora sí serás feliz, porque ahora ya sabes.

1000 kilómetros

Es curioso esto de echar de menos. No es lo mismo echar de menos a alguien que está a siete minutos de tu casa que echarle de menos a 623 kilómetros. Mirar a la derecha antes de llegar a casa y sentirte reconfortado porque él está allí, a unas cuantas manzanas, o mirar el móvil: ésa es la diferencia.

Pero la distancia temporal es positiva porque sobre todo significa perspectiva. Sirve para ajustar los astros en el telescopio, que se vean más nítidos. Un cursillo acelerado de Barrio Sésamo: esto es cerca, esto es lejos; esto es grande, esto es pequeño.

Lo reconozco: echar de menos no se me da todo lo bien que querría. A ratos mi mente vuela, cuando el que debería volar con cada palabra soy yo, volar y aterrizar tranquilo. Pero mejoraremos. De todo se aprende y todo puede servir para avanzar. Basta desearlo. Basta fijarse en los amigos.

De ellos he aprendido que todos los viajes tienen su regreso. Volverá y entonces tocará explicar, escuchar, disfrutar, reír, proponer, cocinar, bailar, saltar. Habría que positivizar, cambiar los «te he echado de menos» por «qué ganas tenía de verte». Sabes que abrirás otra vez la puerta y le verás con la misma sonrisa tímida.

El alma del samurái

«Si la gente ignorante intentase caminar sobre el agua
como sobre la tierra, se hundiría incluso en tierra.»
Un buen samurái ni siquiera tiene que desenfundar su espada. Desprende tal aura de victoria que sus oponentes se postran ante él. Llegado el combate, tampoco piensa en técnicas, estrategias o movimientos; lo tiene todo tan asumido que simplemente actúa. Actúa y vuelve actuar una y otra vez hasta que vence.

Está mal llegar demasiado lejos o no llegar; mejor el término medio. Cuando se va demasiado aprisa, es porque se tiene miedo o se está nervioso; si vas muy lento, es por timidez o acobardamiento.

Aprender y olvidar lo aprendido. Estar tan seguro de ti mismo, de lo que haces y de cómo lo haces, que te permites liberar la mente. Y liberarla es controlarla: no dejas que se encalle en un único punto, atacas sin fijarte en el resultado. Ves siempre la escena completa, fluyes hacia la siguiente acometida.

«Como es la mente la que confunde a la mente,
no dejes la mente en manos de la mente.»

Dejar la mente en blanco: a este concepto está dedicada más de la mitad del libro. El resto, lo ocupa actuar: encontrar la acción correcta bajo cualquier circunstancia. Sigue sorprendiendo lo actuales que son los textos samuráis. Vigentes y prácticos. Dan fuerzas. O te las extraen de dentro, porque la fuerza es tuya.

Por cierto, hay un breve capítulo dedicado a la corrupción política. Ya en el siglo XVII y en un país aislado, en la otra punta del mundo les veían el plumero a sus dirigentes. Nada más reconfortante que leer cosas así hoy, con la que está cayendo.

Los corruptos entre los jóvenes ignorantes que han alcanzado el favor de su señor por un tiempo siempre han tenido mentes perversas y nunca han considerado, ni por un momento, sacrificar su vidas en un momento de necesidad. No he oído nunca de nadie en la historia con una mente corrupta que haya sido de beneficio para su gobierno. (…) Puede que crean que nadie se da cuenta, negando que lo sutil acabe saliendo a la luz, pero lo saben de sobra en sus corazones, y también lo sabe el cielo, la tierra, los fantasmas, los espíritus y las gentes. ¿No es ésa una manera peligrosa de defender el país? Eso es lo que considero una grave deslealtad.

Si el líder es bueno, los miembros del gabinete también lo serán. Si el líder no es bueno, su gabinete y amistades tampoco lo serán. Desatenderán a la población y despreciarán a otros países.

The view from your balcony

Qué buenas vistas. Se ve toda la ciudad. Bueno, eso es lo que se suele decir siempre, pero en este caso es cierto. Barcelona a nuestros pies, de noche, más allá de la brisa. Por fin hemos subido. No se oye la tele ni los gritos, sólo algún coche, y nuestras voces. El chin-chin de los vasos de cerveza fría.

Hablamos apoyados en la barandilla aún tibia. Confidencias, anécdotas, sensaciones. No llegan a secretos. Por eso no los contamos a casi nadie. Pero esta noche sí, parece que en esta terraza las palabras nos salen más fáciles. También esas palabras que no habíamos pronunciado todavía.

Apenas nos damos cuenta y estalla el amanecer. Es el primero que vemos juntos. De eso me daré cuenta después, al volver a casa; por ahora me limito a disfrutarlo. A mirarte mirándolo. Cuando piensas que no te veo, entrecierras los ojos y sonríes más que de costumbre. Luego te giras y siempre te sorprende que esté mirándote.

Qué tendrán las barandillas para que desde ellas todo se vuelva más importante. La ciudad y nosotros. Menciono la música del vecino y resulta que es la tuya, llega del interior de tu casa. Valoro el detalle. Sacas más cerveza. La última, decimos, como venimos diciendo desde hace horas. Y brindamos otra vez. Sí, es una de esas noches especiales de verano.

Everything goes my way

Energía. Estás leyendo con música de fondo y entonces en la canción dicen la misma palabra que lees ahora. Tardas un momento, lo que te lleva esbozar una sonrisa, en reparar en la belleza de lo ocurrido. Un libro cualquiera y una canción al azar se han puesto de acuerdo. Te sientes el espectador privilegiado de un truco de magia.

Como cuando el agua de la ducha sale por fin a la temperatura que querías. Cuando el postre es lo mejor del menú, y pagas como más contento. El primer helado del verano y el último polvorón del invierno. Un par de besos indecisos en la boca del metro que te confirman que sí, esto era una cita.

Son momentos en que todo se ordena. El Universo se desabotona la camisa, te guiña un ojo cómplice: hay orden en el caos. Es como tu habitación de adolescente pero a gran escala: tu madre sólo veía una leonera, pero tú lo encontrabas todo. Y en eso estás. Encontrando, disfrutando los momentos de inadvertida felicidad.

Fluyes y todo encaja. Te lo confirma esa «energía» doble, en el libro y en la canción. Porque ahora te das cuenta de las cosas que siempre estuvieron ahí. Las sincronicidades, los mensajes que llegan cuando piensas en esa persona, las aceras al sol, las frases al vuelo que ofrecen respuestas, las cartas y el cuaderno de visualización. La suerte de estar aquí, ahora. No necesitas más, nada te falta.