Everything goes my way

Energía. Estás leyendo con música de fondo y entonces en la canción dicen la misma palabra que lees ahora. Tardas un momento, lo que te lleva esbozar una sonrisa, en reparar en la belleza de lo ocurrido. Un libro cualquiera y una canción al azar se han puesto de acuerdo. Te sientes el espectador privilegiado de un truco de magia.

Como cuando el agua de la ducha sale por fin a la temperatura que querías. Cuando el postre es lo mejor del menú, y pagas como más contento. El primer helado del verano y el último polvorón del invierno. Un par de besos indecisos en la boca del metro que te confirman que sí, esto era una cita.

Son momentos en que todo se ordena. El Universo se desabotona la camisa, te guiña un ojo cómplice: hay orden en el caos. Es como tu habitación de adolescente pero a gran escala: tu madre sólo veía una leonera, pero tú lo encontrabas todo. Y en eso estás. Encontrando, disfrutando los momentos de inadvertida felicidad.

Fluyes y todo encaja. Te lo confirma esa “energía” doble, en el libro y en la canción. Porque ahora te das cuenta de las cosas que siempre estuvieron ahí. Las sincronicidades, los mensajes que llegan cuando piensas en esa persona, las aceras al sol, las frases al vuelo que ofrecen respuestas, las cartas y el cuaderno de visualización. La suerte de estar aquí, ahora. No necesitas más, nada te falta.

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