Punto crítico

Hasta ahora, había escrito todos mis intentos de novela por orden: primero el primer capítulo, después el segundo, el tercero, el cuarto. Me funcionó de adolescente, cuando tenía mucho tiempo libre y poco criterio, y finalicé tres novelillas en catalán (solo recuerdo el nombre de las dos últimas: Secrets i mentides, Idol Singer). En cuanto quise embarcarme en obras algo más ambiciosas, este sistema de escribir ordenadamente acababa siempre en fracaso. El entusiasmo inicial no tardaba en morir y se ralentizaban las sesiones de escritura. Me atascaba. Mi mente pensaba en ciertos capítulos a los que aún no había llevado, ¿cómo iba a escribirlos ahora, que iba por el cuarto capítulo?

Todo eso, unido a las ansias por revisar lo que llevaba escrito (literalmente no podía escribir ni una línea hasta que no hubiera corregido las 43 páginas que llevaba escritas), hizo que dejara a medias muchas historias. Cinco novelas murieron entre mis 18 y mis 28 años. Asumí que no estaba hecho para proyectos tan ambiciosos y los aparqué. Me conformaría con escribir, de vez en cuando, algún relato suelto. Y escribiría muchas entradas de blog, me puse en serio con él. No aspiraría a nada más.

Hasta que una historia de amor platónico me devolvió el gusanillo. Sería una forma de desahogarme. De dar forma a algo que nunca la tuvo y explicarme a mí mismo, ya de paso, eso que yo no entendía o no quería entender. Por eso, esta historia quería llevarla a buen puerto. Como sabía en qué había fallado con los últimos proyectos de novela, no quería repetirlo. Escribir es una ciencia, me dijo Ottavia: ensayo y error, donde cada cual tiene que encontrar el método que le funcione. Por mi parte, decidí que primero escribiría el final. O no lo decidí: una noche antes de acostarme, tuve que volver a encender la luz para anotar unas frases y vi que eran el final de una historia. La misma que quería contar ahora.

Ya tenía el destino, podía usarlo de punto de partida. Solo faltaba el resto del viaje. Me compré un cuaderno Paperblanks precioso, con partitura de Chopin, y sin pensarlo mucho, escribí la primera escena. La que imaginaba que lo sería, al menos. Entonces, combinando ese punto de partida y el final ya escrito, se me ocurrió una escena intermedia. También la escribí, sin preocuparme de que las cosas encajasen.

Imaginé todos los caminos que podía atravesar el protagonista, y con eso llegó la estructura, y pronto el tono. Brotaron elementos inconexos, una frase, una metáfora, un diálogo. No sabía dónde los encajaría. Así estuve 4 meses, escribiendo a salto de mata, sin orden ni concierto, pero sin parar. Con la certeza de que esta vez sí, era la buena. Nunca me atascaría porque cada día me sentaba a escribir lo que me apetecía. Fue como planear unas vacaciones. Trazar en un mapa la ruta que une todos esos puntos que has encontrado en la guía.

Pasar a limpio el manuscrito fue un caos. Lo más parecido a montar un puzzle de 10.000 piezas que lograré hacer jamás. Mi satisfacción al terminarlo debió ser la misma que ver cómo todas esas piezas diminutas, juntas, forman una imagen. Una historia de principio a fin. La primera que terminaba y de la que estaba orgulloso. Después de 30 años, había sido capaz de llegar hasta allí; solo tuve que encontrar un método que me funcionase. Tomando ese camino, además, encontré un estilo no sé si propio, pero que me gusta: escenas conectadas no por el tiempo cronológico sino por las sensaciones que evocan. Ahora dejo que las ideas nazcan a su ritmo, que vayan llegando, ya les encontraré un sitio.

Running to the sea

La playa es un jaleo. Niños que corren por la arena, turistas que suben la voz, hombres que presumen entre cerveza y cerveza de todo lo que saben de motos, los vendedores de bebidas y las masajistas, más arena, los que juegan a palas o a vóley. Alinear la toalla. Acordarte de aplicar otra capa de crema, contar hasta 100 entre vuelta y vuelta para no quedarte dormido ni quemarte. Cómo colocar el libro, si bocabajo el sol abrasa las páginas y de espaldas no hay quien lo sujete. Y sin embargo volvemos cada día, porque solo en la playa está el mar.

«Sagaro (Water Series)» (Eric Zener)

Pasado un rato, tengo que zambullirme. No hace tanto que recuperé el sabor de la sal y me gusta redescubrirlo en cada salto al mar. Me gusta sentir que el agua cubre en seguida. Nadar, nadar más hondo. Una vez me contaron que las boyas están al doble de distancia de lo que parecen a simple vista. Da igual: sé que lo importante es el recorrido. Miro una última vez la playa abarrotada. Para comprobar que sigue en su sitio; desde aquí, ya no se oye el griterío. Le doy la espalda y sigo nadando.

A medio camino de la boya, me tumbo boca arriba, extiendo los brazos y me uno al vaivén de las olas. Una de ellas oculta el último velero. Estoy solo. Me disuelvo en algua y conmigo mis pensamientos. Durante ese instante, solo existe el mar, el cielo, el sol, el sol reflejándose en las olas que me mantienen a flote. Me hago el muerto para estar vivo. Algún día seré capaz de nadar hasta la boya. Feliz, vuelvo a la orilla.

I remember running to the sea
Remember falling to my knees
I remember gliding off the shore
Until I touched the ocean floor

Por el camino de Swann

«¿Has pensado en autopublicarte?» No solo dice eso el anuncio que me aparece a mano derecha de forma recurrente. También es la pregunta que, tarde o temprano, salta cuando le explico a alguien cómo funciona y cómo está ahora mismo el panorama editorial. La crisis hace que se arriesgue menos en autores que no son valores seguros, que haya menos personal para leer los manuscritos que llegan (cada vez más, porque hay más gente con tiempo de escribir). Ante semejante colapso, lo de autopublicarse parece la salida lógica, ¿no? Me pregunta mi amigo.

Para mí, sería como tirar la toalla. Asumir que ninguna editorial apostará por mi libro. Que seré otro de esos aspirantes que se quedan en el banquillo y que nunca pasarán por los procesos de corrección y diseño profesionales, que no tendrán la promoción y visibilidad que justifican la existencia de editoriales. Ese proceso que hace que un libro en una librería tenga cara y ojos, un acabado muy cuidado, con solapa o (si hay suerte) tapa dura y una portada bonita, bien diseñada.

Claro que entonces descubres que Marcel Proust tuvo que pagarse de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, obra rechazada por los editores de su época. Luego llegarían los premios, los demás volúmenes, el prestigio, la aparición en los puestos más altos de todos los ránkings de mejores libros de la historia. Mark Twain autopublicó Huckleberry Finn, Edgar Allan Poe hizo lo propio con su primer libro de poemas (y poco antes de morir, su intención era volver a hacerlo), Virginia Woolf también autopublicó la mayoría de sus obras. Etc. Es decir: muchos autores que hoy los críticos admiran y sirven de ejemplo en todas las escuelas de escritura, tuvieron que pasar primero por el trance de autopublicarse porque ningún editor confiaba en sus libros.

Me gusta especialmente el caso de Beatrix Potter. Un editor le dijo que esos cuentos ilustrados con las aventuras de un conejo eran «demasiado caros de publicar». Así que ella misma financió una primera tirada y el editor que la rechazó, al ver materializado el libro y poder tocarlo, hojearlo, quedó prendado de la historia y los dibujos. Solo entonces le vio todo el potencial. Los niños lo adorarán, pensó él. Y así fue.

Por eso, empiezo a pensar que autopublicar El mar no llegaba hasta aquí no significaría rendirme sino probar otro camino. Confío en mi novela. No solo le tengo cariño a sus personajes, además estoy orgulloso de que sea el primer libro que termino. Creo que es justo lo que tenía que escribir ahora y con lo que tengo que darme a conocer o intentarlo al menos. Todavía guardo la esperanza de que alguna de las editoriales y agencias que ahora están leyendo el manuscrito, lo vean digno de publicarse en sus filas.

Pero también soy consciente de que mi libro tiene peculiaridades. Si yo fuera editor, me preguntaría a qué público le vendo un libro con sexo explícito entre hombres, y elementos fantásticos, y numerosas referencias pop, y un argumento que gira alrededor de las señales y mi convicción de que todo ocurre por algo y al final las piezas siempre encajan. Escribí el libro que a mí me gustaría leer, ¿por qué debería existir otra persona con interés por sumergirse en sus páginas? No lo sé. Y sin embargo, me gustaría averiguarlo. Si alguien conectará con esta historia que escribí para mí. Si puede aportarle algo.

Veremos qué camino tomo. De momento, cuando ahora los amigos me preguntan si no he pensado en autopublicarme, respondo: «No lo descarto».

Barcelona

«Qué bonita es Barcelona», dijo un amigo. Como si de repente fuéramos turistas. Volvíamos a casa, ya de noche, y los edificios se deslizaban por las ventanillas del coche como una proyección mientras en la minicadena sonaba una canción de Robyn. Tras aquellas palabras, los tres asentimos con una sonrisa. Seguimos disfrutando de las fachadas iluminadas que asomaban entre los árboles, los edificios modernistas alternándose con hoteles de diseño.

Tom Daley a punto de zambullirse en Barcelona.

Me gusta Barcelona de noche, cuando la Torre Agbar se pinta de neón y las calles invitan a pasearlas despacio, a solas y en paz, escuchando música que da sentido a las esquinas anchas y los portales de hierro. Me gusta aún más Barcelona de día, porque entonces se levanta orgullosa y enseña cada edificio como si estuviera recién construido, las piedras acabadas de colocar para que les hagas una foto. Aguántame el helado, que la subo a Instagram.

Y sobre todo, me gusta Barcelona en verano. Gracia, mi barrio, en verano vive sus mejores días. Se acercan las fiestas y ya hay cables colgando de lado a lado de los balcones y pronto colgarán guirnaldas de ellos. Estos días de preparativos, tengo que abrirme paso entre los tablones que pronto serán escenarios donde habrá conciertos. Pero estoy tranquilo, sé que cuando tenga que enseñar las calles adornadas, trazaré nuevas rutas donde todo estará conectado. Disfrutaremos de nuestra ciudad transformada y entre cerveza y cerveza asentiremos: «Qué bonita es Barcelona».

I had this perfect dream (Un sueño me envolvió)
This dream was me and you (Tal vez estás aquí)
I want all the world to see (Un instinto me guiaba)
A miracle sensation
My guide and inspiration
Now my dream is slowly coming true

¿Así que quieres ser escritor?

He decidido que quiero leer las poesías completas de Charles Bukowski. El motivo está muy claro. Ayer me hizo llorar un anuncio de whisky. Resulta que el texto que leen encima de una música emotiva e imágenes épicas es un poema suyo. Y hace justo un mes que llegaba a mi vida otro de sus poemas. Así que toca leerle, no hay duda.

En 1944, Bukowski publicó en una revista su primer relato, titulado «Secuela de una larga nota de rechazo». Sabía bien lo que era que rechazasen sus novelas e historias pues no tenían ningún éxito entre los editores y acababan todas en lo más profundo del cajón. Así que, ante un panorama tan poco acogedor, ese joven de 24 años perdió la ilusión por la literatura y la aparcó de su vida durante una década.
Se dedicó a beber, a follar con mujeres, a encadenar trabajos basura. Pero escribir sale de dentro y es incontrolable. Una necesidad ardiente. Y así debe ser, como da buena cuenta el propio Bukowski en este poema que escribió cuando ya alcanzó la fama. Sus palabras me han removido de arriba abajo y han dado pie al anuncio excelente que comentaba antes. Ojalá os inspire. Habla el maestro.

«¿Así que quieres ser escritor?»
(Charles Bukowski)
Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
ó clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
ó a tu novia ó a tu novio
ó a tus padres ó a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
ó hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.