I want to know everything, maybe someday I will

Empezar por el primer capítulo. Parece la forma más sensata de ponerse a escribir una novela. Primero escribes el primer capítulo, después el segundo, y entonces el tercero, y así hasta llegar al final. Con este método, sólo he conseguido escribir una miríada de novelas incompletas, historias a medio nacer y personajes sin un futuro claro. Coitus interruptus literarios, y no hay nada más frustrante.

Como sea que una de mis metas antes de cumplir 30 años es terminar como mínimo uno de estos manuscritos, opté por encontrar un nuevo método de escritura, algo que me desbloquease la mente y me permitiera llegar a buen puerto. Con esa intención, retomé el proyecto que más me ilusiona hoy por hoy. Prefiero no mencionar su título real todavía pero el nombre del documento Word es «Máscaras».

Siempre pensé que era una novela tristísima sobre un futuro sin futuro. Leídas con perspectiva, las páginas que ya tenía escritas me revelaron la semilla de una historia optimista que siempre estuvo ahí. Un personaje luchando no sólo por su felicidad sino también la de quienes le rodean. La larga travesía que te lleva de la negación a la aceptación, de la densa oscuridad a la luz empalagosa.

Así que fui valiente y escribí el último capítulo del libro. Le di a Klaus todo lo que quería, o mejor dicho, sólo lo que necesitaba. Le descubrí ese futuro que le esperaba en la última página, ése que se merecía. Y entonces fluyeron todas las ideas, todas las opciones, todas las páginas que quedaban por escribir antes de llegar allí. Ahora sólo queda ir rebobinando: primero el último capítulo, luego el penúltimo, después el antepenúltimo, y así hasta volver llegar al primero. Es curioso, pero me resulta mucho más fácil escribir de esta manera.

Cuando no conoces el final que quieres, es muy tentador o incluso inevitable acabar perdido en el bosque, dando brazadas inútiles en el océano mientras te hundes poco a poco. Sólo conociendo de antemano la meta -su aspecto, su posición exacta- serás capaz de explorar todas las posibilidades sin desviarte de tu rumbo. Mi meta no es otra que la felicidad. La de Klaus (el protagonista de la novela) y la mía. Una felicidad autónoma, si se puede expresar así; una felicidad que dependa única y exclusivamente de uno mismo. Klaus ya ha llegado a ella, ahora sólo me queda acabar de dibujar el camino que tuvo que recorrer hasta llegar a ese escenario helado lleno de promesas.

Mathias Enard – Habladles de batallas, de reyes y elefantes

Los puentes son cosas hermosas, siempre que permanezcan. Todo es perecedero. Eres capaz de tender una pasarela de piedra, pero no sabes abandonarte a los brazos que te esperan.

Hacía tiempo que no me sumergía en una librería tranquilamente: explorar sus mesas, deambular entre sus estantes, hojear los libros que ya conozco, dejarme sorprender por nuevos títulos y llamativas portadas… Sentir ese canto de sirena del próximo libro que deberás leer. Y así ocurrió con este Habladles de batallas, de reyes y elefantes. En cuanto lo vi en la mesa, al ladito de Pigmeo, lo nuevo de Chuck Palahniuk (autor que me encanta pero que últimamente me provoca cierta pereza), supe que este libro de Mathias Enard sería mi próxima lectura. No fallaba nada: buen título, buena portada, buena sinopsis y evocadoras frases iniciales: «La noche no conduce al día. Arde en él.»

Nos pasamos la vida construyendo puentes. Algunos seguirán en pie después de muchos años, otros se derrumbarán demasiado pronto. Construimos puentes de una orilla a otra; puentes entre culturas y religiones, entre pueblos; puentes para entendernos, para ayudar a un amigo; puentes hacia un nuevo amor; puentes hacia el pasado, para acariciar los recuerdos; puentes entre una página en blanco y una página escrita, dibujada, abocetada. Puentes que no siempre nos atreveremos a cruzar, a pesar de la satisfacción que sabemos que nos daría llegar a la otra orilla y volver la vista atrás. Admirar cuánto hemos caminado, aprendido.

Habladles de batallas, de reyes y elefantes nos habla de todo lo que enumera el título, claro, pero también del diseño de un puente con el que Miguel Ángel intentará unir las dos orillas de Constantinopla, aún sabiendo que Leonardo Da Vinci fracasó antes que él. Mezclando historia y ficción, Mathias Enard teje una bellísima historia donde sus breves capítulos son casi poemas en prosa. No hay una palabra fuera de lugar, todas están escogidas y colocadas con el mayor de los mimos. Sientes en tu piel la fascinación de Miguel Ángel por ese ambiente desconocido, esa Constantinopla esplendorosa, llena de luz y de rincones oscuros en los que dar rienda suelta a los instintos.

Página a página, asistimos a un canto sobre el amor y el deseo: amor y deseo por las personas, por los cuerpos, por las ciudades, por las culturas, por la música, por todo lo nuevo y todo lo antiguo… Amor también por la creación: buena parte de la novela consiste en la lucha de Miguel Ángel por derrotar a la página en blanco. ¿A quién no le gustaría espiar al artista mientras busca la inspiración? Aquí podemos hacerlo.

Cierras el libro como cuando te despides de un gran amor. En el estómago, una emoción extraña: mezcla de alegría por lo vivido y nostalgia por esos dedos que no volverán a rozarse. Sólo cabe darle las gracias a Mathias Enard por construir para nosotros este delicado puente hacia una historia que, como las mejores historias, quizá nunca ocurrió. Carne de museo.

Nada nos pertenece. Encontraremos la belleza en terribles batallas, el coraje en la cobardía de los hombres, todo entrará en la leyenda.

Hanna

-I tried to prepare you.
-You didn’t prepare me for this.

«Hanna» es un cuento de hadas clásico. Con su historia simple y universal, su princesa en apuros, su lobo feroz, su madrastra, su malo-malísimo, su casita de chocolate, su paisaje nevado y sus amables desconocidos. Tiene todos los elementos de los cuentos, sólo le falta una voz en off que nos vaya explicando la historia escena a escena antes de irnos a dormir.

Hanna sólo es una chica que quiere ser normal. Quiere descubrir el mundo, oír música. Es fácil sentirse identificado con ella porque en algún momento de nuestras vidas todos hemos pasado por un proceso de autodescubrimiento similar. Ese momento en el que, a pesar del rechazo o la incomprensión de tu entorno, sientes que debes poner en práctica todo lo que llevas aprendido para ser, por fin, más tú que nunca. La huída como búsqueda de uno mismo, la huída como la única vía posible para experimentar todo aquello que te ha sido negado.

«Hanna» no sería lo mismo sin Saoirse Ronan, espectacular en el papel de chica autosuficiente pero vulnerable abriéndose a la vida. Qué expresividad en la mirada. También ayuda la música de The Chemical Brothers: consiguen que las escenas de acción no pierdan la elegancia casi mística del resto del metraje. El tramo final de la película, con su punto onírico, me ha recordado a los mejores momentos del maestro del anime Satoshi Kon.

Hay que verla. No es la gran película del año, no está libre de defectos (es larga y es previsible), pero conviene acompañar a Hanna en este viaje iniciático. Todos deberíamos desprendernos de esos prejuicios dañinos que nos han inculcado (el miedo, por ejemplo) y, liberados, aprender a sobrevivir en un entorno hostil. No es tan difícil.

-Are you scared?
-Scared of what?

Niccolò Ammaniti – Que empiece la fiesta

Adoraba el hambre y odiaba el apetito. El apetito es la expresión de un mundo ahíto y satisfecho, dispuesto a rendirse.

Creo que ya he comentado alguna vez que soy bastante difícil a la hora de que me regalen un libro: si me gusta, es muy probable que ya lo tenga. Además, reconozco que quizá peco de ser demasiado esnob para leer según qué cosas. Con el cine y la música soy menos exigente, no así con los libros: leo para vivir. Mi amigo Álvaro me pilló perfectamente el punto sorprendiéndome con este libro de un autor italiano que desconocía pero de quien, después de esta lectura, me voy a hacer con sus anteriores libros. Regalazo doble, pues: un buen libro y un nuevo autor en mi vida.

Álvaro no lo sabía pero me fascinan los libros protagonizados por hombres guapos y exitosos, tan crápulas como magnéticos e inteligentes. Si ya además son escritores, gloria (es el caso de uno de mis libros favoritos: «El sexo de los ángeles» de Terenci Moix). Y todo ello se cumple en «Que empiece la fiesta», protagonizada por el escritor Fabrizio Ciba: famoso, promiscuo, con miedo de tener sentimientos reales porque teme que dejaría de amar a los personajes de sus libros, creído, con un talento natural para el engaño… Una joya. Quieres odiarle y tienes la certeza de que te enamorarías de alguien así, de sus ojos y su aura prefabricada de artista torturado.

Lo que empieza como una novelita muy distraída en torno a la preparación y el desarrollo de «la fiesta del siglo», acaba siendo una crítica feroz a una sociedad adormilada, que desfila de fiesta en fiesta, demasiado ocupada mirándose al ombligo entre risas como para acordarse de lo más importante: vivir. Picotean en vez de comer porque hoy en día comer -comer de verdad- está mal visto aunque te mueras de ganas de hacerlo. Hay protocolos inquebrantables y acuerdos tácitos que respetar. Los vistosos manjares que preparamos son sólo para admirarlos desde la distancia y tocarlos con la punta de los dedos, para socializar hablando de ellos, pero nunca para servirte el pedazo que te apetece, y repetir si hace falta.

Todos los personajes están tan hartos de sus vidas y tan necesitados de atención que quieren morir siendo mártires: prefieren ser recordados por un sacrificio inútil que por una vida plena. El tramo final del libro, con su inesperado guiño a «Jurassic Park», es tan salvaje que ni en las catacumbas se está a salvo. La carcajada intrascendente de los capítulos anteriores muere congelada en los labios. El hombre se cree un depredador intocable pero, por mucha fiesta y mucha opulencia con que lo adorne, siempre encontrará a un depredador mucho más poderoso y hábil que él. Al final a todos nos espera la misma muerte.

¿Hay lugar para la redención, para una segunda oportunidad, para un pedazo de esa felicidad que queremos devorar? Por supuesto. Depende de nosotros decir «no» y salir de ese círculo. Coger las riendas. Deberíamos apostar por un individualismo que nos mejore como personas y, por extensión, como sociedad.

En definitiva: gran toma de contacto con Niccolò Ammaniti, que a ratos me recordaba a los momentos más divertidos de Bret Easton Ellis. Repetiré, sin duda.

Vamos, salgamos de aquí, el mundo verdadero nos espera.

You Will Meet A Tall Dark Stranger / Conocerás al hombre de tus sueños

Shakespeare said life was full of sound and fury and in the end signified nothing.

Después de reconciliarme con Woody Allen gracias a Midnight in Paris, me apetecía darle una oportunidad a otra de sus películas recientes. Me encontré más o menos lo que esperaba: buenas ideas desperdigadas a lo largo de un guión enclenque y sin gracia. Como resultado, una película que se hace larga (sin serlo) y con actores que chirrían en los papeles que les ha tocado interpretar. Pero si la estoy reseñando en el blog es porque la esencia que desprende «You Will Meet A Tall Dark Stranger» me gustó, va muy en la línea de lo que intento transmitir entrada tras entrada.

No envidio a quien tuviera que traducir al castellano el título de esta película. Humildemente considero que «Conocerás a un misterioso desconocido» habría sido una opción mejor, manteniendo la ambigüedad original. Ambigüedad que es la clave de la película: al recibir la noticia de que conocerá a ese «desconocido alto y moreno», la ingenua Helena opta por interpretarlo como que conocerá al hombre de sus sueños. Su yerno, más pragmático, le dice que no sea absurda: la única persona que le queda por conocer al final del camino es La Muerte.

No es lo mismo dejarse llevar por la ilusión que permitir ser empujado por la desesperación. Optando por la ilusión a menudo puedes parecer ridículo pero estarás más receptivo a las sorpresas de la vida, más atento a esos pequeños detalles que la endulzan. En el lado opuesto, la insatisfacción te lleva a perseguir aquello que no tienes, pero también a actuar con egoísmo y precipitación, arriesgándote a perder aquello que sí tienes o podrías tener.

Entre estos dos polos, ilusión y desesperación, se enfrentan los personajes de «Conocerás al hombre de tus sueños» al miedo a envejecer, el miedo a la muerte, el miedo a no tener tiempo de hacer realidad sus proyectos… Esos miedos nos llevan a cambiar, no siempre de una manera inteligente.

Con un guión más trabajado, con un casting que prescindiera de estrellas y buscase actores que encajen en los personajes (pienso en los dos Antonios: fuera de lugar ambos), y con algo más de garra, estaríamos hablando de una buena película. Habrá que conformarse con rascar en su superfície banal para extraer ese recordatorio de que nunca hay que perder las ganas de ilusionarse, que hacemos muy bien en conservar ese punto naïf que nos ayuda a recorrer el día a día con una sonrisa. Sólo así ese misterioso desconocido a la vuelta de la esquina sea quizá el hombre de tus sueños esperándonos con un libro bajo el brazo y no la muerte con su guadaña.