Florrie – Experiments

Experimentos. Sonoros, personales y sobre todo profesionales. Florrie es fascinante por su autosuficiencia, aspecto que se refleja en sus letras, fotos y vídeos, pero también en la forma de afrontar su carrera. A pesar de haber recibido numerosas ofertas de discográficas, por ahora la chica prefiere mantenerse independiente y administrar ella misma su carrera, sus conciertos, sus lanzamientos, su tienda oficial… Todo lo lleva ella. El dinero que pierde en los conciertos lo compensa consiguiendo acuerdos como el de Dolce & Gabbana.

Después de generar expectación a finales de 2010 con el EP «Introduction» y el single Call 911, ahora Florrie vuelve a la carga con un nuevo EP, «Experiments». Contiene 6 temas tan excelentes como variados, siempre enmarcados dentro del pop electrónico. Empezamos fuerte con Speed Of Light, canción que hace justicia a su título: trepidante y llena de efectos. Es de esas canciones que son buenas pero además ganan con cada escucha: ya te gustaba pero de repente un día descubres que no puedes parar de escucharla.

Pronto llega la joya de la corona: Experimenting With Rugs es melancólica y bailable a partes iguales, de ese tipo de baladas uptempo que tan bien se les dan a artistas como Pet Shop Boys. No hay un estribillo claro porque todas las estrofas son igual de eficaces y pegadizas. El final del amor cantado como una nueva oportunidad de abrir los ojos y ser feliz. Y cuando irrumpe esa guitarra tan New Order, sabes que Florrie ha alcanzado la perfección electropop. La elegancia se mantiene en What You Doing This For?, el tema más relajado del disco.

Recuperamos el ritmo con I Took A Little Something y sus guitarras etéreas. Suena a Xenomania, y eso es bueno. Begging Me debe ser difícil de cantar en directo: el estribillo no da tregua, porque no se puede dar tregua a quien te hace daño. Soy fan incondicional de los últimos versos: «I won’t lose the battle, not in love, not in war, ‘cause I got something to fight for». La autosuficiencia que os comentaba antes. Finalmente, She Always Gets What She Wants suena fiestera, con esas trompetas y percusiones. Su letra, como no podría ser de otra manera con un título así, es otra declaración de intenciones.

En definitiva: estamos ante un pack con 6 temas muy sólidos, bien producidos y mejor cantados. Por ahora, este «Experiments» es lo más interesante que nos ha traído la música de 2011. Sorprende una obra tan madura en una artista recién llegada: no suena a segundo EP sino a cuarto álbum, el álbum de la madurez.

Si algunas cantantes aprovechan el dolor para crear arte (Robyn o Adele) y otras para construirse una imagen de diva que al final siempre acabará arrastrándose otra vez por los hombres (pienso sobre todo en Lady Gaga, pero también en Madonna), Florrie aprovecha la experiencia para aprender. Para experimentar. Para mantenerse al margen haciendo (y compartiendo) lo que le gusta. Ella misma se basta y se sobra. Y lo hace con un estilo y una clase únicos. Dadle una oportunidad.


«Experiments» ya está a la venta por 1,99€ en iTunes o si lo preferís en formato CD, lo encontraréis por sólo 4,50€  en su tienda oficial (y no, no me he equivocado con los precios). En su web podréis escuchar gratis todas las canciones, y también en Spotify.

Matías Candeira – La soledad de los ventrílocuos

A lo mejor no hace falta mucho para que uno se acostumbre al ruido de una existencia distinta.

Y con éste ya he disfrutado de todos mis autorregalos de Sant Jordi. El debut literario de Matías Candeira es en realidad el segundo libro suyo que leo (tras el recomendable Antes de las jirafas), y se trata de otro recopilatorio de relatos donde lo extraño y lo absurdo se abren paso entre lo cotidiano con una naturalidad muy creíble. Queda claro que es marca de la casa.

Quizá por tratarse de su estreno, aquí a Matías Candeira lo noto más comedido, no llega al punto de ciencia ficción y pulp de «Antes de las jirafas», es todo más poético y simbólico. Y lo cierto es que, quizá por eso, lo he disfrutado más. Hay algunos relatos donde parece que el autor se centra más en acumular imágenes chocantes, pero son minoría: cuando se dedica a utilizar esos elementos extraños para narrar, consigue emocionar como pocos.

Ese funeral a una nevera como despedida de nuestra normalidad, ese bombardeo de flores lanzado no tanto para contraatacar como para recordarle qué son los sentimientos a un país demasiado bélico, las cuerdas que utiliza el destino para movernos como marionetas (un destino que con valor quizá podamos controlar), ese agujero que le canta a nuestra pareja como símbolo del amor que se escurre entre los dedos y sin remedio, el romance con una mano que nos recuerda a la de alguien que se fue (¿buscamos siempre el recuerdo de patrones que ya supimos amar?)…

Pero si tengo que quedarme con un relato, será sin duda con «La segunda vida»: la emocionante historia de un cartero que lleva cartas a un edificio ruinoso pero todavía en pie a pesar de la lluvia eterna que se filtra por todos los rincones. En ese edificio, sus extravagantes inquilinos se refugian a la espera de las cosas buenas. Es el relato más largo de todo el pack y me ha dejado con ganas de más, de un libro entero con esta ambientación y estos personajes. Fascinante. Seguiré con interés la carrera de Matías Candeira, y ojalá nos sorprenda pronto con una novela que siga la línea de «realidad fantástica» de sus relatos.

«La soledad de los ventrílocuos» es una soledad autoimpuesta, quizá melancólica pero en absoluto triste. Es la soledad de los que esperan sabiendo que lo mejor todavía está por llegar, la soledad de los que aprenden a valorar la belleza de las cosas poco comunes, la soledad de los que descansan merecidamente antes de volver a coger su machete para adentrarse en la jungla del destino. La soledad paciente y feliz.

Si les describía esos lugares infrecuentes del mundo, esos instantes que sólo podían ser ciertos si uno fabricaba un pequeño hatillo y se lanzaba al interior de un paisaje lluvioso, quizás aquellos hombres de musgo, que se encerraban día a día en sus habitaciones con la solemnidad de los gusanos de seda, decidieran salir y abrir los ojos; salvarse de esa vida encenagada que también se había cebado con el edificio y lo había carcomido hasta dejarlo con la forma de una muela podrida.

Reif Larsen – Las obras escogidas de T.S. Spivet

No me parece que sea nada que yo haga. El mundo está ahí fuera, yo sólo intento verlo. El mundo ha hecho todo el trabajo por mí. Los modelos ya están ahí, y veo el mapa dentro de mi cabeza y luego lo dibujo.

Pobres murciélagos, piensa T.S.: siendo ciegos, están condenados a no conocer nunca su «Aquí» y con su oído apenas pueden intuir el eco del «Allí». Pobres criaturas, vagando sin rumbo y sin hogar. Para no ser como uno de esos murciélagos, para transformar en familiar lo desconocido, para acortar el abismo que separa aquí y allí y volverlo menos misterioso, T.S. se dedica con sólo 12 años a dibujar mapas. Mapas, gráficos, ilustraciones, estadísticas, planos… todo le sirve para saciar su curiosidad.

La suya es una curiosidad insaciable. La forma de comer de su padre, las detonaciones de diferentes escopetas, el recorrido de un tren de larga distancia, su habitación, los parques de Washington DC o la soledad de los transeúntes: de todo crea mapas con una precisión envidiable. Se fija en detalles que pasan inadvertidos para la mayoría, le da importancia a banalidades que quizá no lo sean tanto. Clasifica, memoriza. También es un perfeccionista.

Los lectores disponemos de una privilegiada ventana al imaginario de T.S. Spivet gracias a una edición espectacular con ilustraciones en los márgenes. Me encanta que mientras algunos vaticinan el fin del formato físico, escritores como Reif Larsen apuesten por un libro sólo posible en papel. Y es que las ilustraciones al margen son imprescindibles porque no sólo ilustran, sobre todo complementan el texto; lo tiñen con las sensaciones y emociones de este crío, reflejan con acierto su peculiar forma de observar la realidad que lo rodea. Y no es que Reif Larsen escriba mal, al contrario: página a página, plasmas toda la inteligencia y toda la ingenuidad del protagonista, toda la emoción y toda la crudeza de su viaje.

T.S. Spivet pasa de una vida confinado en un rancho de Montana a descubrir lo inabarcable del mundo que le esperaba fuera de sus vallas. Y dibuja, y dibuja y sigue dibujando para entender -para intentar entender- ese mundo, para intentar pertenecer a él. Dibujará cosas que jamás imaginó que existían y se verá incluso desbordado por todo lo que tiene que aprender todavía. Cosas buenas y cosas malas, porque fuera de la seguridad del hogar se encontrará con numerosas sorpresas desagradables. El mundo de los adultos le enseñará los dientes mientras le da palmaditas en la espalda y le ríe las gracias.

Como todas las historias protagonizadas por un crío explorando el mundo, estamos ante un viaje de iniciación, de aprendizaje, de entrada en la edad adulta, pero también de reconciliación (con uno mismo, sobre todo). T.S. comprenderá que al final del día más importante que hacer las cosas, lo es saber que eres capaz de hacerlas. Por eso, decir «no» conscientemente nunca podrá ser considerado una derrota.

«¿Será posible coleccionar todo lo que tiene el mundo? Si todo lo que existe en el mundo se encuentra en tu colección, ¿seguiría siendo una colección?»

I’d rather be a comma than a full stop

«Inicio de las obras en esta calle: 7 de Junio», anunciaba el letrero. La casilla para la fecha del final de las obras estaba en blanco. Todos los comerciantes de la calle se llevaron las manos a la cabeza: se sabía cuándo empezaban las obras pero no cuándo terminaban. «La cosa irá para largo», dijo alguien. Entre rumores y especulaciones, se empezaron a describir futuras imágenes apocalípticas: el tráfico cortado, las aceras levantadas, la calzada abierta para acceder a las tuberías que tenían que cambiar, la gente evitando adentrarse en una calle tan impracticable.

«Todo el verano perdido», dijo una segunda voz. «Nos vamos a arruinar», añadió alguien con desesperación. Y un apunte ingenuo: «Parece mentira: hace dos días que pintaron las señalizaciones ¿y ahora van a levantar toda la calle para volver a pintarla después? Cómo se nota que no es su dinero». Quejas y temores, temores y quejas. Yo me mantuve cauto. El aviso era confuso, sí, pero eso no tenía necesariamente por qué ser malo. Ya se vería. Angustiarse con tanta antelación me parecía absurdo.

Después de semanas de angustia y quejas, el día tan temido por los comerciantes llegó. De buena mañana, los cristales de las tiendas temblaban al ritmo de los motores de los camiones gigantes, los obreros gritaban en sus idas y venidas frenéticas, resultaba casi imposible atender a los -pocos- clientes bajo el ruido de las taladradoras que destripaban la calzada, por el resquicio de las puertas entraba contínuamente humo y polvo y costaba respirar con el olor que llegaba de las alcantarillas abiertas. Imaginarse varias semanas trabajando con este caos era poco menos que una pesadilla.

Falsa alarma: el letrero no indicaba la fecha de finalización de las obras porque éstas sólo iban a durar tres horas. A mediodía, realizado su trabajo, los obreros volvieron a asfaltar rápidamente la calle. Sólo habían tenido que levantar una mitad, así que las señalizaciones recién pintadas que tanto habían preocupado a uno de los comerciantes continuaban intactas. Las máquinas se fueron; volvió el silencio, la tranquilidad. Los clientes siguieron comprando. Y por la tarde llovió y el asfalto antiguo, al mojarse, igualó el tono oscuro del asfalto nuevo.

Por la noche, después de cerrar, la dependienta de la tienda contigua me sonrió: «Tenías razón. Al final las cosas nunca son tan terribles como te las imaginabas». Volví a casa contento, con un buen libro bajo el brazo y una canción inesperada animándome desde el mp3.

Sun Tzu – El arte de la guerra

Conócete a ti mismo, conoce a tu enemigo, y tu victoria nunca estará en peligro. Conoce el terreno, conoce tu tiempo, y tu victoria será entonces total.

Dicen que todas las respuestas están ya escritas en los clásicos. No sé si será verdad, pero lo cierto es que nunca dejará de sorprenderme que textos ancestrales como este «El arte de la guerra» sigan teniendo plena vigencia. Y no me refiero exclusivamente a la hora de aplicarlos al mundo de los negocios o, por supuesto, a la guerra (leyéndolo entiendes mejor ciertos acontecimientos y conflictos, y también te lamentas de que haya capítulos «pacifistas» del libro que se olvidan demasiado a menudo), también me refiero a aplicar esos mismos textos –Hagakure sería otro ejemplo- al día a día de cada uno.

Sería discutible si estos autores clásicos aprobarían que sus textos pudieran aplicarse lejos del terreno bélico, pero yo creo que no sólo darían el visto bueno, sino que incluso en el momento de escribirlos ya previeron esa posibilidad. Ya fuera un general chino como Sun Tzu o los samuráis del Japón medieval, todos entendían el entrenamiento del guerrero como una forma de vida, como una filosofía más que como un adorno o algo puramente físico.

Se trataba del desarrollo como persona y mente pensante, no como cuerpo mercenario. Al contrario del falso individualismo moderno -que intenta convertirnos en consumidores-máquina, tan egoístas como clónicos-, ellos proponían un individualismo al servicio de la sociedad: mejorando como persona, contribuías a mejorar la sociedad. Y quizá por eso, por priorizar el desarrollo personal y la filosofía -incluso siendo una filosofía bélica-, resulta tan fácil extrapolar ahora sus lecciones a un terreno más íntimo.

«El arte de la guerra» te recuerda cosas que ya sabes y te abre los ojos ante detalles cuya importancia habías pasado por alto. La importancia de la estrategia, pero también del factor sorpresa; la importancia de respetar las normas sin renunciar por ello a la intuición propia; la importancia de ser consciente de los defectos propios para recordar cuáles son las virtudes de las que podemos sacar provecho; la importancia de tener al enemigo controlado pero sin parecer receloso. Si bien es imposible caerle bien a todo el mundo, tampoco es cuestión de plantearse la vida como un campo de batalla lleno de enemigos potenciales de los que desconfiar. Hay que ser precavido, claro, pero sin dejar de lado el optimismo o la afabilidad. Y conviene recordar que muchas veces, ese temido enemigo es uno mismo.

Un clásico eterno, muy accesible, cuya lectura recomiendo (y si ya lo habéis leído, nunca vendrá mal una relectura).

Y como viene siendo habitual, os dejo una selección de las citas que me han parecido más interesantes:

Cada día, cada ocasión, cada circunstancia exige una aplicación particular de los mismos principios.

El segundo peligro es una atención demasiado grande en conservar la vida. Uno se cree necesario para el ejército entero; uno no quiere exponerse; uno no se atreve, por esta razón, a proveerse de víveres en el campo enemigo; todo inspira desconfianza, todo da miedo; siempre se está en suspenso, uno no se decide a nada, se espera una ocasión más favorable, se pierde la que se presenta, no se hace ningún movimiento; pero el enemigo, que siempre está atento, se aprovecha de todo y pronto hace perder toda la esperanza a un general tan prudente.

Un general que no sabe moderarse, que no es dueño de sí mismo y que se abandona a los primeros movimientos de indignación o de cólera, no puede dejar de ser víctima del engaño de sus enemigos. Le provocarán, le tenderán mil trampas que su furor le impedirá reconocer y en las que caerá infaliblemente.

Un general debe saber disimular; no debe desanimarse después de algún fracaso, ni creer que todo está perdido porque haya cometido algún error o haya sufrido algún revés. Por querer reparar el honor ligeramente herido, a veces se pierde sin remedio.

En las ocasiones en que todo es de temer es cuando no hay que temer nada; cuando uno carece de recursos es cuando hay que contar con todos; cuando uno es sorprendido es cuando hay que sorprender al enemigo.

¿De qué sirven la bravura sin la prudencia, el valor sin la astucia?

Sé vigilante y manténte informado, pero muestra en el exterior mucha seguridad, sencillez e incluso indiferencia; manténte siempre vigilante, aunque parezca que no pienses en nada; desconfía siempre de todo, aunque parezca que no receles de nada; sé extremadamente secreto, aunque parezca que lo haces todo al descubierto; ten espías en todas partes; en vez de utilizar palabras, sírvete de señales; ve por la boca, habla por los ojos.