I’d rather be a comma than a full stop

“Inicio de las obras en esta calle: 7 de Junio”, anunciaba el letrero. La casilla para la fecha del final de las obras estaba en blanco. Todos los comerciantes de la calle se llevaron las manos a la cabeza: se sabía cuándo empezaban las obras pero no cuándo terminaban. “La cosa irá para largo”, dijo alguien. Entre rumores y especulaciones, se empezaron a describir futuras imágenes apocalípticas: el tráfico cortado, las aceras levantadas, la calzada abierta para acceder a las tuberías que tenían que cambiar, la gente evitando adentrarse en una calle tan impracticable.

“Todo el verano perdido”, dijo una segunda voz. “Nos vamos a arruinar”, añadió alguien con desesperación. Y un apunte ingenuo: “Parece mentira: hace dos días que pintaron las señalizaciones ¿y ahora van a levantar toda la calle para volver a pintarla después? Cómo se nota que no es su dinero”. Quejas y temores, temores y quejas. Yo me mantuve cauto. El aviso era confuso, sí, pero eso no tenía necesariamente por qué ser malo. Ya se vería. Angustiarse con tanta antelación me parecía absurdo.

Después de semanas de angustia y quejas, el día tan temido por los comerciantes llegó. De buena mañana, los cristales de las tiendas temblaban al ritmo de los motores de los camiones gigantes, los obreros gritaban en sus idas y venidas frenéticas, resultaba casi imposible atender a los -pocos- clientes bajo el ruido de las taladradoras que destripaban la calzada, por el resquicio de las puertas entraba contínuamente humo y polvo y costaba respirar con el olor que llegaba de las alcantarillas abiertas. Imaginarse varias semanas trabajando con este caos era poco menos que una pesadilla.

Falsa alarma: el letrero no indicaba la fecha de finalización de las obras porque éstas sólo iban a durar tres horas. A mediodía, realizado su trabajo, los obreros volvieron a asfaltar rápidamente la calle. Sólo habían tenido que levantar una mitad, así que las señalizaciones recién pintadas que tanto habían preocupado a uno de los comerciantes continuaban intactas. Las máquinas se fueron; volvió el silencio, la tranquilidad. Los clientes siguieron comprando. Y por la tarde llovió y el asfalto antiguo, al mojarse, igualó el tono oscuro del asfalto nuevo.

Por la noche, después de cerrar, la dependienta de la tienda contigua me sonrió: “Tenías razón. Al final las cosas nunca son tan terribles como te las imaginabas”. Volví a casa contento, con un buen libro bajo el brazo y una canción inesperada animándome desde el mp3.

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