Mathias Enard – Habladles de batallas, de reyes y elefantes

Los puentes son cosas hermosas, siempre que permanezcan. Todo es perecedero. Eres capaz de tender una pasarela de piedra, pero no sabes abandonarte a los brazos que te esperan.

Hacía tiempo que no me sumergía en una librería tranquilamente: explorar sus mesas, deambular entre sus estantes, hojear los libros que ya conozco, dejarme sorprender por nuevos títulos y llamativas portadas… Sentir ese canto de sirena del próximo libro que deberás leer. Y así ocurrió con este Habladles de batallas, de reyes y elefantes. En cuanto lo vi en la mesa, al ladito de Pigmeo, lo nuevo de Chuck Palahniuk (autor que me encanta pero que últimamente me provoca cierta pereza), supe que este libro de Mathias Enard sería mi próxima lectura. No fallaba nada: buen título, buena portada, buena sinopsis y evocadoras frases iniciales: “La noche no conduce al día. Arde en él.”

Nos pasamos la vida construyendo puentes. Algunos seguirán en pie después de muchos años, otros se derrumbarán demasiado pronto. Construimos puentes de una orilla a otra; puentes entre culturas y religiones, entre pueblos; puentes para entendernos, para ayudar a un amigo; puentes hacia un nuevo amor; puentes hacia el pasado, para acariciar los recuerdos; puentes entre una página en blanco y una página escrita, dibujada, abocetada. Puentes que no siempre nos atreveremos a cruzar, a pesar de la satisfacción que sabemos que nos daría llegar a la otra orilla y volver la vista atrás. Admirar cuánto hemos caminado, aprendido.

Habladles de batallas, de reyes y elefantes nos habla de todo lo que enumera el título, claro, pero también del diseño de un puente con el que Miguel Ángel intentará unir las dos orillas de Constantinopla, aún sabiendo que Leonardo Da Vinci fracasó antes que él. Mezclando historia y ficción, Mathias Enard teje una bellísima historia donde sus breves capítulos son casi poemas en prosa. No hay una palabra fuera de lugar, todas están escogidas y colocadas con el mayor de los mimos. Sientes en tu piel la fascinación de Miguel Ángel por ese ambiente desconocido, esa Constantinopla esplendorosa, llena de luz y de rincones oscuros en los que dar rienda suelta a los instintos.

Página a página, asistimos a un canto sobre el amor y el deseo: amor y deseo por las personas, por los cuerpos, por las ciudades, por las culturas, por la música, por todo lo nuevo y todo lo antiguo… Amor también por la creación: buena parte de la novela consiste en la lucha de Miguel Ángel por derrotar a la página en blanco. ¿A quién no le gustaría espiar al artista mientras busca la inspiración? Aquí podemos hacerlo.

Cierras el libro como cuando te despides de un gran amor. En el estómago, una emoción extraña: mezcla de alegría por lo vivido y nostalgia por esos dedos que no volverán a rozarse. Sólo cabe darle las gracias a Mathias Enard por construir para nosotros este delicado puente hacia una historia que, como las mejores historias, quizá nunca ocurrió. Carne de museo.

Nada nos pertenece. Encontraremos la belleza en terribles batallas, el coraje en la cobardía de los hombres, todo entrará en la leyenda.

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