Niccolò Ammaniti – Que empiece la fiesta

Adoraba el hambre y odiaba el apetito. El apetito es la expresión de un mundo ahíto y satisfecho, dispuesto a rendirse.

Creo que ya he comentado alguna vez que soy bastante difícil a la hora de que me regalen un libro: si me gusta, es muy probable que ya lo tenga. Además, reconozco que quizá peco de ser demasiado esnob para leer según qué cosas. Con el cine y la música soy menos exigente, no así con los libros: leo para vivir. Mi amigo Álvaro me pilló perfectamente el punto sorprendiéndome con este libro de un autor italiano que desconocía pero de quien, después de esta lectura, me voy a hacer con sus anteriores libros. Regalazo doble, pues: un buen libro y un nuevo autor en mi vida.

Álvaro no lo sabía pero me fascinan los libros protagonizados por hombres guapos y exitosos, tan crápulas como magnéticos e inteligentes. Si ya además son escritores, gloria (es el caso de uno de mis libros favoritos: “El sexo de los ángeles” de Terenci Moix). Y todo ello se cumple en “Que empiece la fiesta”, protagonizada por el escritor Fabrizio Ciba: famoso, promiscuo, con miedo de tener sentimientos reales porque teme que dejaría de amar a los personajes de sus libros, creído, con un talento natural para el engaño… Una joya. Quieres odiarle y tienes la certeza de que te enamorarías de alguien así, de sus ojos y su aura prefabricada de artista torturado.

Lo que empieza como una novelita muy distraída en torno a la preparación y el desarrollo de “la fiesta del siglo”, acaba siendo una crítica feroz a una sociedad adormilada, que desfila de fiesta en fiesta, demasiado ocupada mirándose al ombligo entre risas como para acordarse de lo más importante: vivir. Picotean en vez de comer porque hoy en día comer -comer de verdad- está mal visto aunque te mueras de ganas de hacerlo. Hay protocolos inquebrantables y acuerdos tácitos que respetar. Los vistosos manjares que preparamos son sólo para admirarlos desde la distancia y tocarlos con la punta de los dedos, para socializar hablando de ellos, pero nunca para servirte el pedazo que te apetece, y repetir si hace falta.

Todos los personajes están tan hartos de sus vidas y tan necesitados de atención que quieren morir siendo mártires: prefieren ser recordados por un sacrificio inútil que por una vida plena. El tramo final del libro, con su inesperado guiño a “Jurassic Park”, es tan salvaje que ni en las catacumbas se está a salvo. La carcajada intrascendente de los capítulos anteriores muere congelada en los labios. El hombre se cree un depredador intocable pero, por mucha fiesta y mucha opulencia con que lo adorne, siempre encontrará a un depredador mucho más poderoso y hábil que él. Al final a todos nos espera la misma muerte.

¿Hay lugar para la redención, para una segunda oportunidad, para un pedazo de esa felicidad que queremos devorar? Por supuesto. Depende de nosotros decir “no” y salir de ese círculo. Coger las riendas. Deberíamos apostar por un individualismo que nos mejore como personas y, por extensión, como sociedad.

En definitiva: gran toma de contacto con Niccolò Ammaniti, que a ratos me recordaba a los momentos más divertidos de Bret Easton Ellis. Repetiré, sin duda.

Vamos, salgamos de aquí, el mundo verdadero nos espera.

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