Jason Mraz – Love Is A Four Letter Word

«If it makes you wanna sing
Just sing it»

Jason Mraz siempre había pululado por mi vida. Estaba presente en playlists y recomendaciones, tenía algún disco suyo. Me gustaba, porque el chico canta bien y es majo. Tiene canciones bonitas de esas que apetece tener puestas de fondo. Y entonces llegó este disco, con ese título y esa portada perfectos.

En la línea de lo que ha hecho siempre: folk pop vitaminado, su voz, una guitarra, orquestra aquí y allá, armónicas, aromas de reggae…. Composiciones recién hechas, cálidas como algo que acabas de sacar del horno. Mira lo que acabo de grabar, te dice el chico con una sonrisa.

«Love…» es mucho más que el disco de alguien enamorado que se declara a esa persona cantándole que para él significa el mundo (The World As I See It). Es el disco de alguien que luchó por encontrar su hogar y ya está en él (93 Miles), que se siente por fin libre y se atreve a cantarlo (The Freedom Song), que tiene muy claro lo que quiere y va a por ello (I Won’t Give Up).

Alguien que vive aquí y ahora (Living In The Moment). Ese estado mental en que todo lo cantarías. Pues Jason lo tiene muy claro: «Si te da ganas de cantar, cántalo», recomienda en Everything Is Sound, una de las canciones más más positivas de un disco que ya de por sí es un subidón. Dicen que el verano es la mejor época. Ya iba siendo hora de ponerle banda sonora a éste.

When there is love, I can’t wait to talk about it
When things get rough, I like to walk with you
Or when it’s night, I like to be the light that’s missing
And remind you every minute of the future isn’t written 
Not yet

1000 kilómetros

Es curioso esto de echar de menos. No es lo mismo echar de menos a alguien que está a siete minutos de tu casa que echarle de menos a 623 kilómetros. Mirar a la derecha antes de llegar a casa y sentirte reconfortado porque él está allí, a unas cuantas manzanas, o mirar el móvil: ésa es la diferencia.

Pero la distancia temporal es positiva porque sobre todo significa perspectiva. Sirve para ajustar los astros en el telescopio, que se vean más nítidos. Un cursillo acelerado de Barrio Sésamo: esto es cerca, esto es lejos; esto es grande, esto es pequeño.

Lo reconozco: echar de menos no se me da todo lo bien que querría. A ratos mi mente vuela, cuando el que debería volar con cada palabra soy yo, volar y aterrizar tranquilo. Pero mejoraremos. De todo se aprende y todo puede servir para avanzar. Basta desearlo. Basta fijarse en los amigos.

De ellos he aprendido que todos los viajes tienen su regreso. Volverá y entonces tocará explicar, escuchar, disfrutar, reír, proponer, cocinar, bailar, saltar. Habría que positivizar, cambiar los «te he echado de menos» por «qué ganas tenía de verte». Sabes que abrirás otra vez la puerta y le verás con la misma sonrisa tímida.

The view from your balcony

Qué buenas vistas. Se ve toda la ciudad. Bueno, eso es lo que se suele decir siempre, pero en este caso es cierto. Barcelona a nuestros pies, de noche, más allá de la brisa. Por fin hemos subido. No se oye la tele ni los gritos, sólo algún coche, y nuestras voces. El chin-chin de los vasos de cerveza fría.

Hablamos apoyados en la barandilla aún tibia. Confidencias, anécdotas, sensaciones. No llegan a secretos. Por eso no los contamos a casi nadie. Pero esta noche sí, parece que en esta terraza las palabras nos salen más fáciles. También esas palabras que no habíamos pronunciado todavía.

Apenas nos damos cuenta y estalla el amanecer. Es el primero que vemos juntos. De eso me daré cuenta después, al volver a casa; por ahora me limito a disfrutarlo. A mirarte mirándolo. Cuando piensas que no te veo, entrecierras los ojos y sonríes más que de costumbre. Luego te giras y siempre te sorprende que esté mirándote.

Qué tendrán las barandillas para que desde ellas todo se vuelva más importante. La ciudad y nosotros. Menciono la música del vecino y resulta que es la tuya, llega del interior de tu casa. Valoro el detalle. Sacas más cerveza. La última, decimos, como venimos diciendo desde hace horas. Y brindamos otra vez. Sí, es una de esas noches especiales de verano.

Les chansons d’amour

«Quiéreme menos pero quiéreme más tiempo.»

Y sigo a vueltas con el cine francés. Esta vez, un musical de la sección retrospectiva de la muestra FIRE. Un triángulo amoroso que acaba convirtiéndose en pentágono aunque le falte uno de los vértices. Todo salpicado de deliciosas canciones y con las calles de un París lluvioso como telón de fondo. (Nota: tienes que volver.)

Sabes que un musical ha triunfado cuando al terminar lo primero que haces es buscar la banda sonora. Ocurre con Les chansons d’amour, sus canciones irrumpen directamente en todas tus listas de reproducción románticas. Y las tarareas asomado al balcón, como si fueras un personaje más.

La vendían en la sinopsis como una película buenrollista. Y a ver, algo hay, algunas escenas como la de Je n’aime que toi te dejan con una sonrisa de oreja a oreja, pero en general la historia no es tan alegre como parecía al principio. Eso sí, lo que ocurre te pone las pilas. Y eso bien vale un visionado y los que hagan falta.

Cuánto tiempo invertido en etiquetar, forzar la mente, tener celos, elucubrar, hacerse el remolón. Con lo fácil que es invertir esas horas en quererse. Abrazados en la cama, dando besos en silencio. Nada más. Las palabras ya las cantarán otros. Ahora importa la acción, cada gesto. Si todavía estamos vivos, aprovechémoslo. Amemos.

La délicatesse / La delicadeza

«Parece una tontería, pero cuando me toca nada me duele.»

Cuesta imaginar al próximo hombre. Después de cada historia que termina, no podrías ponerle cara a tu futuro. No existe ese futuro, te llegas a decir. Te acostumbras al ahora y te anclas en el recuerdo. Sólo los fantasmas tienen cara. Y entonces, un día, cualquier día, le ves de frente y sabes que él será el próximo.

De eso va La delicadeza. Del encuentro con ese alguien nuevo, pero también del reencuentro contigo mismo. Del momento en que toca salir a flote. O no toca, pero lo haces. Niegas la evidencia al principio pero luego te sientes tan y tan bien que qué vas a hacer. Pues fluir, remar, volar, abrazar, besar.

Es una película tan sutil que nunca sabes hacia dónde irá, podría acabar mucho después o mucho antes, y sin embargo, la escena final es perfecta. A priori el inseguro protagonista masculino no encaja con la bella y dulce Audrey Tautou, pero pronto le coges cariño y comprendes que no había elección mejor para subrayar el mensaje: no decides la persona que te remueve. El factor sorpresa por bandera.

En el cine me tocó sentarme junto a una chica sola que lloraba. A ratos de tristeza y a ratos de alegría, como con un buen libro. Quienes hayan sido viudos, cornudos, abandonados o no correspondidos la disfrutarán especialmente y al final se quedarán clavados en la butaca como esa chica. Porque en el fondo siempre lo supiste. Que una noche le abrirías tu puerta a él y ya no haría falta jugar al escondite.