Will I have flashlights, nightmares, sudden explosions?

Este fin de semana (hoy mismo, en realidad), vuelvo a Madrid después de casi 10 años. Suelo decir que Madrid no me gusta, pero miento. Si bien es verdad que abundan las señoras de toda la vida armadas con sus abrigos de pieles, la ciudad en sí es preciosa, sus gentes siempre me han acogido con los brazos abiertos, y lo más parecido al Retiro que hay en Barcelona son cuatro árboles mal puestos. El problema de Madrid es que es una ciudad que asocio con la lluvia.

Me explico. La primera vez que estuve en Madrid fue en Enero de 2001. Entre otras cosas, iba a reencontrarme con P, mi primer amor, después de año y medio sin vernos. Rompimos en circunstancias… digamos tristes. Nos íbamos a dar una segunda oportunidad; o mejor dicho: íbamos a ver si era posible darnos esa segunda oportunidad. Recuerdo bajar del tren a las 7:00 de la mañana, el andén estaba al aire libre y desde el cielo negro caía una lluvia gélida. Ése es mi primer recuerdo de Madrid. Nada que ver con el sol abrasador de aquel Julio de 1999 en Granada.

El reencuentro con P fue incómodo. Saliendo de la estación, parecíamos dos personas que no se conocen de nada atrapadas en un ascensor y obligadas, por tanto, a hablar la una con la otra. Recuerdo que P me llevó a la residencia de estudiantes donde vivía. Estaba sumida en el caos: época de exámenes, gente histérica corriendo arriba y abajo, dando portazos, gritándole cosas a P que yo no podía comprender. Ese tipo de bromas privadas que te recuerdan que ése no es tu sitio. Para mayor incomodidad, P empezó a enseñarme sus dibujos y sus cosas con el compañero de habitación (que por supuesto, no tenía ni idea de quién era yo) a nuestro lado, estudiando y lanzándonos miradas de odio porque no le dejábamos concentrarse en sus libros.

Después, atravesamos bajo la lluvia un descampado embarrado para llegar hasta la facultad de Bellas Artes donde P estaba estudiando. No recuerdo cuál era: ¿la Autónoma, la Complutense? A saber. Una vez dentro, nos limpiamos un poco el barro y P me enseñó el aula gigantesca, los lienzos, los caballetes, las pinturas, los armarios, las manchas en la pared… Todo. Me hablaba de las clases y los profesores y los otros alumnos, pero ambos notábamos que lo hacía para llenar el silencio, como un vendedor ambulante que sabe que no venderá nada pero que aún así se obliga por sistema a explicar pormenorizadamente las excelencias de los productos que lleva en su maleta polvorienta. Sobra decir que no hubo segunda oportunidad. «Si eso, ya coincidiremos esta noche por ahí» fue el último SMS de P. Lo recibí mientras yo cargaba mi maleta hacia la casa donde iba a alojarme esos días. De aquel fuego ya no quedaban ni las cenizas frías.

Meses después, tuve más desencuentros en Madrid bajo la lluvia, aunque ninguno tan significativo como el de P, claro, Pero es absolutamente injusto tener un mal recuerdo de Madrid por culpa de algo que ya estaba muerto antes de que llegase yo allí, sobre todo teniendo en cuenta que ese mismo 2001 y en esa misma ciudad también viví grandes cosas. Quedadas muy emotivas y muy divertidas, conocer a buenos amigos y buenas amigas que aún a día de hoy duran, risas y madalenas, comer en un vietnamita con Alejo Sauras (en aquel entonces, mi amor platónico), buen cine, besos que no estuvieron nada mal, numerosas conversaciones trascendentes a altas horas de la noche, bailar «Vogue» por primera vez, comer sushi de los palillos que me tendía un chico que me gustaba muchísimo, la visión de ese mismo chico en calzoncillos a la mañana siguiente, paseos y barbacoas, viajes interminables en coche con un único cassette (Pimpinela), reuniones de amigos que deberían haber sido eternas, mi primer (y por ahora único) Orgullo, gente abriéndome sus casa con una hospitalidad y una generosidad imposibles de encontrar en Cataluña… Es una ciudad en la que he disfrutado mucho, muchísimo.

Y allí vuelvo, casi 10 años después, acompañado precisamente de uno de los amigos que conocí allí. Vamos un poco a la aventura, pero sobre todo a pasarlo muy bien y a ver cuánto dan de sí esas 48 horas. Por supuesto, iremos con nuestras mejores galas y nuestra mejor sonrisa. Hasta ahora todos mis viajes a Madrid han marcado un punto de inflexión (la separación final con P, todas aquellas quedadas de 2001, darme cuenta en el Orgullo de que mi novio de entonces era demasiado muermo para mí), no sé si esta vez será el caso, y en ese sentido estoy al mismo tiempo muy sereno y algo inquieto, pero todo eso da igual por ahora. Me conformo con desconectar. Ya tengo la maleta hecha y sólo queda esperar a que por fin sea de noche y empecemos a quemar y redescubrir Madrid rodeados de gente guapa.

I don’t know what more to ask for
I was given just one wish

Said you took a big trip, they said you moved away

Ayer volví a casa de mis padres, por primera vez solo, a comer con mi madre y mi hermano. Se me hace raro, y al mismo tiempo me gusta, llamar «casa de mis padres» al lugar en el que vivía hasta hace 4 meses. Disfruté de la abundante comida familiar y me sorprendí sonriendo al comprobar cómo mi madre, que tan moderna es para lo que quiere, recitaba los tópicos de toda mujer cuyo hijo acaba de abandonar el nido: «¿Ya comes bien? ¿Te cuidas? ¿Necesitas algo? ¡Toma esto! ¿Hace frío por las noches? ¿Seguro que no necesitas nada? ¡Te veo muy delgado…!». Ella se sorprendió cuando le expliqué las cosas que me cocino, cuando le dije que como ensaladas cada día, y que no todo son pizzas y pasta: también hago pescado, legumbres, arroz, etc. Y en sus ojos vi esa mezcla de nostalgia y orgullo ante el hijo independizado. En cierto modo, nunca habíamos estado tan unidos como ahora.

Mi antigua habitación no me impactó tanto como esperaba. Seguía prácticamente igual, algo más llena de cajas con los libros y el material de papelería que sobraron de la otra librería que cerramos el año pasado, pero con los mismos muebles, los pocos peluches que no me llevé, casi todos mis juegos y discos y  películas y libros, mi viejo ordenador, mi PS3, mis pósters… Cosas que algún día, cuando encuentre El Lugar, me llevaré pero que por el momento me esperan allí pacientemente.

Aproveché para coger algunos libros de autores fetiche (Terenci Moix, Bret Easton Ellis, Oscar Wilde…) que me apetece releer, o quizá no, quizá sólo me apetece que me hagan compañía. ¿Es raro echar de menos a un libro? ¿Es raro que te guste tenerlo cerca, tener la tranquilidad de que podrás sumergirte en sus páginas si lo necesitas? No lo sé, pero a mí me pasa con ciertos libros y ciertos escritores.

Buscando ropa en el armario, encontré una caja con recuerdos de mis primeros novios y también de mi primer amor. Fotos, billetes de tren, mixtapes, entradas de cine, postales… Y cartas, muchas cartas. Al releerlas, más que empañarse los ojos, me di cuenta de cuánto he crecido desde entonces, cuánto he vivido. Eran cartas de 1998 y 1999, me hablaban de conversaciones por IRC, de servidores de internet extintos, de la música de entonces (Spice Girls, el segundo disco de Alanis, «Mechanical Animals» de Marilyn Manson…), de exámenes y clases de instituto, de primeros besos, de citas inolvidables, de amigos que ya no son amigos, de futuros que nunca llegaron.

Me avergüenza decir que sentí como si ciertas cartas nunca me las hubieran enviado a mí, como si el cartero se hubiera equivocado de persona, de ciudad. Eran de gente que ya había olvidado casi por completo. En plena efervescencia juvenil de hormonas, con qué facilidad decimos cosas como «Eres el amor de mi vida», «Quiero vivir contigo», «Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien como a ti», «Te quiero». Ansiando ser adultos, cómo confundimos el sexo puro y duro con la necesidad de amar y ser amados, y cómo además, sin pudor alguno, a ese deseo físico lo llamamos amor.

En una de las cartas, un chico me explicaba porqué me enviaba una lámina con la imagen de un corazón. La había comprado en Londres un par de años atrás y la había guardado todo ese tiempo hasta dar «con la persona indicada». Me la enviaba a mí porque estaba convencido de que yo la guardaría y la cuidaría bien. El sobre acolchado que había contenido esa lámina crujía, estaba vacío. Ni siquiera recuerdo cómo era el dibujo de ese corazón. En aquel entonces, nos reíamos de cómo semana a semana, los personajes de series como Al Salir De Clase cambiaban de pareja, con un chasquido de dedos pasaban de estar enamorados de una persona a otra, pero nosotros no éramos tan distintos.

Lo volví a guardar todo en la caja, la cerré y la devolví al armario. Mi madre me tendió una bolsa para que me llevase los libros, la película y el juego que había cogido. Y me añadió un paquete de jamón serrano, «del bueno, para que comas un bocadillo rico». Le di un beso y me fui a trabajar. Al volver a casa (mi casa, aunque la comparta con dos compañeros), no pude evitar la curiosidad de buscar en Facebook a esos antiguos novietes de las cartas. Comprobé que algunos estaban más guapos y otros más feos, pero que para todos ellos también había pasado la vida: tenían subidas decenas, cientos de fotos de momentos en los que yo no tenía que estar, en sus perfiles indicaban gustos y aficiones nuevos, películas y series que yo mismo he visto con otras personas, nuevos discos, nuevos libros. Frases en el muro con una madurez que no desprendían aquellas cartas adolescentes. Todos crecemos, todos aprendemos, todos vivimos. Satisfecho, o quizá debería decir aliviado, apagué el ordenador y seguí leyendo «Azul casi transparente».

We could steal time, just for one day

Terenci Moix empezaba «El Beso de Peter Pan», el segundo volumen de sus memorias, con una escena demoledora. A sus 60 años, está en la misma habitación del mismo hotel de París que tantas veces ha visitado a lo largo de su vida: en ocasiones solo, en ocasiones con buena compañía. Fue uno de sus primeros refugios cuando se independizó y le gusta volver allí. Esta vez, viaja con él un chico mucho más joven. A Terenci le fascina el entusiasmo de ese chico al descubrir la ciudad al otro lado de la ventana. Le fascina esa ilusión ingenua, esa felicidad absoluta, esa confianza del chico de que el amor que comparten será eterno. Ahora no tengo el libro a mano (fallo gordo: los libros del señor Moix deberían acompañarme siempre), pero en ese momento Terenci piensa algo así: «Y sé que por mucho que lo niegues, porque todavía no puedes comprenderlo, nuestro amor terminará algún día. Conocerás a alguien, o me cansaré de ti».

La serenidad con la que expone esa certeza de que el amor siempre termina te deja planchado. La vida es así, fin. En esas palabras no hay ni rastro del dramatismo desgarrado de canciones como Who wants to live forever (when love must die) de Queen. Y es que el drama lo hace todo más digerible. Pero no hay drama alguno en las palabras de Terenci, sólo la voz de la experiencia. Una nostalgia triste y pletórica al mismo tiempo. Pletórica, sí. Porque mucho cuidado: tampoco se trata de cerrarse en banda, como una tortuga en su caparazón, para no sufrir en el futuro. Para nada. Escondernos en el caparazón sólo nos lleva a ir dando bandazos, a golpearnos contra la pared una y mil veces, a sufrir más de lo que intentábamos evitar al refugiarnos ahí dentro.

Está claro que nunca te vuelves a entregar tan absolutamente como al primer amor. El temblor de esos besos,  esa sensibilidad total con la que vuelves a descubrir el mundo, la eternidad de vuestras promesas, el tiempo detenido, la seguridad compartida de que sois únicos… son cosas irrepetibles. Y así debe ser. Después, recuperas la vista de golpe y el sol te ciega. Debes volver a acostumbrarte a la luz. Toma su tiempo. Las pupilas se contraen despacio; «demasiado despacio», pensarás a veces, esos días en que la luz te quema tanto que jurarías que no volverás a ver de forma normal. Las gafas de sol y las habitaciones en penumbra, como el buen sexo, ayudan a pasar el trago.

«Un primer amor, luego llega el cuarto» cantan Pastora en «Un Pedazo De Tierra». Pues sí. Ésa es la actitud. Ningún amor es eterno, pero todos deben parecerlo. ¿Qué sentido tiene empezar una relación obsesionado por el hecho de que algún día se acabará? «Me dejará, no soy lo bastante bueno, no me merezco ser feliz, no follo bien, no siento lo mismo que con X, ¿para qué decirle te quiero si pasado mañana ya no nos veremos?»… Es absurdo dejar de disfrutar de los besos por culpa de pensamientos así. ¿Y aparte de seguir más solo que la una, qué ganas diciendo «Es demasiado pronto, no estoy preparado para volver a salir con alguien» cuando se te presenta una nueva oportunidad? Nada. Haced caso a Robyn: «I’m gonna love you like I’m indestructible».

Los amores llegan de repente. No hay que empeñarse en buscarlos, pero sí que hay que tener siempre la maleta preparada para embarcarnos en uno en cuanto se nos cruce por delante. Y disfrutarlo como si fuera el último. Disfrutarlo como el adolescente ingenuo que fuiste, pero con la tranquilidad que te da saber que ya no lo eres. De eso creo que hablaba Terenci Moix al describir esa escena en la habitación de París, momentos antes de arremolinarse en la cama junto a su joven amante. El mismo colchón, pero una cama nueva, recién hecha.

I picked myself back up, I held my head up high

Leía ayer la triste historia de un adolescente gay austríaco que se ha suicidado harto del bullying al que le sometían sus compañeros de instituto. Por desgracia, parece que esto ya no sea noticia: este verano ha habido una desoladora oleada de suicidios similares en Estados Unidos, lo que ha llevado a organizar la famosa campaña It Gets Better, a modificar el argumento de una serie como Glee para incluir el bullying en su trama, y a varias cantantes a subirse al carro del mensaje esperanzador (Katy Perry con «Firework», Ke$ha con «We R Who We R», P!nk con «Raise Your Glass», Lady Gaga con «Born This Way»…).

Estos casos me hierven la sangre. Comprendo perfectamente el sufrimiento extremo que les ha llevado a matarse, pero también sé que nada ni nadie merece que acabemos con nuestra vida. Yo fui otro de esos adolescentes que sufrían el acoso y las burlas diarias de sus compañeros. En aquella época, ese acoso ni siquiera tenía un nombre que le diera visibilidad o ayudase a clasificarlo. Era, sencillamente, la crueldad típica de los adolescentes.

Podría pensarse que todos los avances legales y sociales ayudarían a suavizar este tipo de actitudes, que las nuevas generaciones serían más tolerantes, más abiertas. Pero no. No en el colegio, no en el instituto. La infancia y sobre todo la adolescencia son etapas de inseguridad y de muchos cambios. La forma más fácil que tenemos para reafirmar nuestro lugar en el mundo es uniéndonos a la manada. Aplastando al diferente demostramos que nosotros sí formamos parte de la sociedad.

Si eres homosexual (o sólo lo pareces), si llevas gafas, si eres cojo, si no vistes como dictan los cánones, si tienes sobrepeso… En definitiva: si no eres un clon de lo que debería ser un adolescente «normal», muy probablemente sufrirás ese acoso asfixiante. Asfixiante porque sabes que eres así, que aunque intentes cambiarlo o disimularlo, seguirás siendo así. Y esto te crea una desazón de la que no puedes escapar.

En mi caso, todo empezó porque en la hora del patio me gustaba leer. Con 12 años, me llenaba más devorar la bibliografía de Stephen King que darle patadas a una pelota, qué le vamos a hacer. Fue suficiente para convertirme en blanco de burlas, insultos y algún que otro escupitajo. Seguí leyendo, claro. El primer indicio de que me ocurría algo peor fue cuando mi mejor amigo, aquel con el que nos pasábamos las tardes enteras hablando, viendo Bola de Drac, haciendo los deberes, probando videojuegos… dejó de quedar conmigo porque los demás decían «que éramos novios». ¿Sabéis lo más irónico? Que empecé a hacerme amigo suyo precisamente porque los demás chicos de mi grupo de amigos me atraían sexualmente, y en cambio él no, así que ser amigo suyo me sosegaba. Mi primer intento de una amistad «normal» se fue al traste y volví con mis amigos de siempre, a pesar de la incomodidad que me provocaba sentirme atraído por ellos. Me acogieron con los brazos abiertos, olvidando mi extraña actitud de rechazo de esos últimos meses.

Luego llegaron las primeras pajas, el ratificar que cuando contemplábamos aquellas revistas y aquellos cómics, yo no me fijaba en lo mismo que mis amigos. La angustia de los vestuarios, especialmente los vestuarios de clase de vela, porque el monitor estaba tremendo. Las primeras risas al pasar, el primer «maricón» lanzado contra mí. Y agaché la cabeza. Procuraba salir poco de casa o cambiar de ruta para evitar pasar por las calles y las plazas donde sabía que estaría mis acosadores. Lo más frustrante era que algunos de los me insultaban me gustaban, no podía evitarlo. Tampoco podía evitar ayudarles con los deberes o incluso dejándoles copiar mi examen. Quería encajar a costa de mi inteligencia. Pero ni así conseguía que dejasen de insultarme.

Los profesores hacían la vista gorda y aunque mis amigos a veces me defendían («Y tú eres gilipollas», le respondió un amigo a un chico que me había preguntado si yo era maricón), también eran amigos de los mismos que me insultaban. Yo lo sentía como una traición. Al principio valoré la posibilidad de suicidarme.  Cuando iba de camino a casa de un amigo que vivía cerca de las vías, estudiaba los mejores puntos para hacerlo, me fijaba en la velocidad de los trenes que pasaban para calcular el mejor momento del salto. Escribí un relato sobre un chico que se tiraba al tren y me horroricé al describir el estado en que quedaba el cadáver. No quería convertirme en ese amasijo.

Lo peor es que todo esto ocurría en Sitges, meca del turismo gay pero a la hora de la verdad, un pueblo tan pueblerino y cerrado como cualquier otro. En aquella época, al Ayuntamiento (del Partido Popular) no se les ocurrió otra cosa que empezar a fichar homosexuales en el Paseo Marítimo, «por seguridad». Cuando saltó la polémica y se criticó esta práctica en los medios, se organizó una pequeña manifestación a favor de un pueblo limpio de homosexuales y un turismo más familiar. Algunos de esos manifestantes eran compañeros de clase o de instituto. Afortunadamente, al final el dinero es lo más importante y los comerciantes del pueblo sabían perfectamente que necesitaban al turismo homosexual, así que todo siguió como siempre. Pero me impactó profundamente ver en televisión a gente que conocía, lanzando proclamas que me negaban un sitio en mi propio pueblo.

Me creé escudos: empecé a peinarme mal y vestirme peor. Eran dos cosas que yo podía controlar y por tanto, no me hería que me criticasen por ello. Empecé a escuchar música en el discman a todas horas: yendo al instituto, en la hora del patio, entre clases… Los cascos me blindaban de cualquier murmullo, cualquier crítica, cualquier insulto. Escucha principalmente a Aqua: en sus letras divertidas, sonido desenfadado y vídeos coloristas veía un refugio y me aferraba a él. Alguna gente se ríe de que hoy en día aún me guste Aqua, pero de alguna manera fueron mi salvavidas y supongo que por eso les tengo tanto cariño.

Pero no sólo fui una víctima. Como decía antes, los adolescentes pueden ser los seres más crueles. Cuando tuve la oportunidad de unirme a la manada y aplastar a otros por ser diferentes, no la desaproveché. Nos reíamos de una chica con gafas muy aparatosas, que siempre se sentaba en primera fila y que nos «traicionó» haciendo un examen que los demás habíamos acordado dejar en blanco en protesta por los penosos métodos de la profesora. La chica estaba perdiendo la vista y para ella, cada día que pasaba significaba ver un poco menos y por tanto, arriesgarse a no poder terminar los estudios. Nos reíamos de dos chicas que siempre iban juntas: bolleras fijo.

Y nos ensañábamos especialmente con un chico que había cometido el pecado de ser menos guapo que los demás, llevar gafas y no tener dinero para ropa de marca. Le decíamos de todo y más, le abucheábamos, le lanzábamos bolas de papel. Nos reíamos al enterarnos de que alguien le había llenado la mochila de jabón, estropeándole los cuadernos. Experimentaba el placer de, por una vez, no ser yo el blanco de las burlas. Me sentía parte del instituto. Sobra decir que tiempo después me arrepentí de todas estas actitudes. Lo peor es que soy incapaz de recordar el nombre de este chico que, a pesar de tantas humillaciones, no perdía la sonrisa y a veces, incluso, intentaba hablar conmigo, quizá no para ser mi amigo, sino sólo porque sabí que compartíamos la misma angustia de ser insultados por ser como éramos. No lo sé.

Pronto llegó internet a mi vida. Y con internet, la liberación: el éxtasis de teclear «gay» por primera vez en un buscador (Altavista: no existía Google aún). descubrir que había más gente como yo, que había actores que incluso cobraban por practicar lo que yo ansiaba, los primeros escarceos, el primer amor, los primeros amigos homosexuales con los que compartir preocupaciones comunes, las primeras tardes en Arena. Descubrir que en el instituto no estaba solo, que aunque se camuflasen muy bien, había más como yo. Y vencer poco a poco los miedos, encontrar fuerzas para decir la verdad a mis amigos de toda la vida. Comprar la revista Zero: con las manos temblorosas y la cara roja la primera vez, riendo con una amiga la tercera. La luz al final del túnel, en definitiva.

Empecé a cuidarme más, a vestir mejor. Dejé de agachar la cabeza y con ese simple gesto, las críticas se diluyeron. Encontraron nuevos blancos, supongo. El último día de gimnasia para mí fue tan significativo (adiós al ridículo de no ser tan fuerte, adiós a los vestuarios) que no he vuelto a ponerme chándal jamás; es una prenda que detesto (para mí, ojo; en otros, si marca lo que tiene que marcar, sigo disfrutándola). Los años pusieron las cosas en su sitio. Ese paraíso colorista que intuía en las canciones de Aqua existía. Y empecé a sentirme feliz de ser quién era. Dejé lo malo atrás, en Sitges (significativamente, sólo vuelvo al pueblo una vez al año, para el Festival de Cine de Terror) y me concentré en disfrutar, bailar, reír, conocer gente, follar, descubrir música y películas y libros y series, viajar, llorar, escribir, amar. Vivir. It gets better, en efecto.

Y nada se compara al placer de ver cómo algunos de los que me insultaban entonces ahora tienen novio, o cómo indican «Me Interesan: Hombres» en su perfil de Facebook, el placer de cruzármelos en  Metro bailando «Bad Romance» de forma más maricona que yo (que ya es decir). Y digo placer porque como mínimo me queda la dulce venganza de saber que yo no perdí el tiempo negándome a mí mismo y empecé a disfrutar mi vida mucho antes que ellos.

Que para eso estamos aquí, para disfrutar siendo nosotros.

The spell has been broken, I loved you so

La ruptura. Y tras la ruptura, el desierto. El descorazonador éxodo hacia la Tierra Prometida. La ilusión y el miedo, las ganas y los reparos, la iniciativa y las dudas, la propulsión y el vértigo. Aprender a vivir solo, aprender a ser tú otra vez. Volver a decir «yo» en vez de «nosotros». Mudar la piel, como una serpiente.

Afrontar y superar una ruptura nunca es fácil para ninguna de las dos partes. Está claro que no es lo mismo ser el abandonado que quien abandona. Dependiendo de las circunstancias en que se produzca esa ruptura, es muy probable que uno sufra más que el otro. Pero aún así, lo disimulen más o menos, para ninguno de los dos será sencillo. Mientras uno está en pareja, deja de ser «uno». Volver a convertirse de golpe y porrazo en ese «uno» cuesta. Es un vacío absoluto que duele. Duele muchísimo pero toca avanzar con la esperanza de que el futuro será mejor, como un bebé cuando le crecen los primeros dientes y pronto podrá comer algo que no sean papillas.

Cada cual sobrelleva la ruptura como buenamente sabe. No hay opciones mejores o peores. Hay quien decide encerrarse en sí mismo, llorar por las esquinas y colgar canciones de desamor en Facebook. Hay quien engaña a la tristeza con una espiral de fiesta y risas y alcohol interminable. Hay quien cambia de aires y se traslada a otra ciudad u otro país. Hay quien se deja ilusionar por el primer capullo que pase, creyendo que será el amor de su vida aunque no le haga ni puto caso. Hay quien se da de bruces con una nueva relación estable que no estaba buscando, que le hace sentir extrañamente culpable pero que también le hace feliz. Hay quien pone en práctica por fin todo aquello que había ido postergando: apuntarse al gimnasio o a un cursillo intensivo de coreano, renovar por completo el vestuario, hacer un viaje a Tombuctú… Hay quien prohíbe a los amigos que le hablen de su ex y al mismo tiempo no para de ponerle verde despiadadamente. Hay quien se va de putas o de cruising. Hay quien se desgañita en la ducha cantando «Sobreviviré» o «No Voy A Llorar» de Mónica Naranjo. Hay quien harta a sus amigos de ciclos de películas lacrimógenas acompañadas de helado. Hay quien aprovecha para acostarse con medio Grindr o abrir mil perfiles para cepillarse a todo el que pueda, sin listón que valga. ¿Y qué?

A veces estaremos tentados de decir sobre alguien que atraviesa una ruptura: «está cambiado, no le reconozco». Pero no hay que juzgar a alguien por su forma de superar una ruptura, hacerlo es cruel y mezquino. Curar el dolor requiere agarrarse a todo aquello que huela a salvación, sea verdad o no. Requiere perder el norte, la noción de lo que está bien o mal, incluso humillarse públicamente si es preciso. Es como ponerse zapatos nuevos para aprender a caminar otra vez: aprietan, salen llagas, caminas de forma extraña, tropiezas. Ya pasará esa cojera. Sé benévolo con los demás. Ten paciencia contigo mismo.

Lo más delicado de toda ruptura son los amigos comunes. Toda historia de pareja tiene dos versiones y no se puede pretender que los amigos se transformen en seres bipolares capaces de afrontar y apoyar dos perspectivas distintas sobre una misma ruptura. Tomarán partido por uno de los dos bandos casi por inercia. Así que si alguien deja accidentalmente de hacerte un favor o te da largas para quedar contigo pero luego se cita a diario con la otra persona, no le culpes. Es normal. Tú también acabarás apoyando a un amigo que sale de una relación: por afinidad, por conocerle de antes, por compartir ese dolor, porque está más bueno, porque la otra persona en realidad tampoco te había caído tan bien, porque sinceramente consideras que tu amigo es el que lo está pasando de los dos y te resulta imposible concebir que el otro sufra a su manera, porque tu amiga afronta las rupturas con risas y prefieres eso que aguantar los lloros de la otra persona. Tú también acabarás poniendo a un amigo común en contra de tu expareja gracias a alguna crítica destructiva o algún comentario sesgado sobre el porqué de todo. Da igual. Como decía, que los amigos se posicionen es normal. Ya pasará el tiempo, ya se asentarán las cosas.

Y lo más horrible de toda ruptura es cuando el amor se convierte en odio y los antiguos besos en puñaladas. Cuando pasas de compartir lo que te ha pasado a lo largo del día a gritar y resoplar ante cada frase del otro. Cuando los pequeños defectos entrañables se transforman en afrentas imperdonables. Cuando se rompe el hechizo, el desamor y las rupturas sacan lo peor de todos nosotros, nos convertimos en pequeños monstruos (hola, Lady Gaga) que se defienden del dolor provocando más dolor. Escorpiones luchando salvajemente contra escorpiones. Y como conoces tanto a la otra persona (no en vano habéis compartido media vida), sabes perfectamente dónde asestar el golpe de gracia, olvidando que pueden contraatacarte. Quieres olvidar que tú también eres vulnerable. Criticas, acumulas rencor, crees que sólo el otro ha cambiado, detestas todo lo que antaño habías adorado: su forma de peinarse, su optimismo, su forma de dibujar o bailar, su memoria fotográfica para hablar de cualquier película habida y por haber, su sonrisa (que ahora te parece abominable). Una ruptura es como coger una habitación, pintar de negro todas sus paredes, tapiar las ventanas, romper los muebles, llenarla de polvo y pretender que siga tan bonita como antes.

Ethan Hawke (del que hace poco hablé, en la entrada de la maravillosa Before Sunrise) escribió un libro normalito titulado «Estado de excitación» pero con una escena que me impactó. Durante los primeros días de relación, cuando todo son besos robados y caricias y risas tontas y bombones, el chico le propone a ella que se digan ya todo lo que detestan del otro. Que se echen en cara todo lo que criticarán y escupirán el día que, Dios no lo quiera, rompan. Que adelanten la escena trágica de la ruptura y así puedan quedarse sólo con lo bueno. Ojalá las cosas fueran así. Pero no: es inevitable sentir ese odio y ese desprecio, dejar de hacerle la cena a tu pareja con cariño para poder tirarle los platos a la cabeza y desear que uno de ellos le rompa la nariz. Yo me considero afortunado de ser amigo de 2 de mis ex (de uno de ellos, muy buen amigo además) y a otros 3 los tengo en Facebook, que ya es mucho. Pero diría que son las excepciones que confirman la regla: cuando del amor ya sólo queda odio o indiferencia, difícilmente podrás ser amigo de tu ex, por muchas afinidades y gustos que compartiérais.

Personalmente, lo que peor llevo de las rupturas (aparte de la ruptura en sí, por supuesto) son dos temas. El primero, ese ineludible proceso de «separar» las cosas. Incluso si se hace de mútuo acuerdo, racionalmente («esto es tuyo, esto es mío, esto es de los dos pero te lo puedes quedar tú»), impacta ponerse a clasificar películas y discos y libros y series y ropa y peluches y fotos y muebles, como si ya no significasen nada, como si de repente trabajases en una oficina de objetos perdidos y estuvieras clasificándolos para que al día siguiente puedan llegar a sus dueños correctamente, gente que no conoces ni conocerás jamás.

Pero lo que se me hace más cuesta arriba es imaginar al otro con una nueva persona. Es algo irracional. Darte cuenta de que los próximos besos ya no serán los tuyos, que otro cuerpo entrará en contacto con el suyo, que le enseñará cosas nuevas, que unas promesas de amor eterno más fuertes sustituirán a las que os hicisteis… Resulta más complicado de asimilar que una ley de física cuántica. Esta especie de celos absurdos pueden atacarte en cualquier momento, aunque la decisión de cortar fuera tuya y tú ya estés tan feliz saliendo con alguien. Es como si considerases que la vida sólo puede seguir adelante para ti, no para los demás. Pues no: la vida sigue para todos. Hay que afrontarlo.

«Siento que no han merecido la pena estos años juntos», me decía el otro día un amigo sobre su ruptura. Y le dije que no es cierto. Toda relación, acabe como acabe, es positiva. Hay que quedarse con las cosas buenas (que siempre las habrá habido: nadie se enamora de alguien con quien no compartía cierta complicidad y buenos momentos). Saber guardar esas fotos con cariño, ser capaz de tenerlas expuestas con orgullo en el corcho de tu vida. Darte cuenta de cuánto has avanzado gracias a esa relación: ahora eres menos tímido, o has descubierto miles de películas y cantantes nuevos, sabes más de sexo, has viajado, has conocido gente, has descubierto lo que es la convivencia, cocinas mejor. ¿Y lo malo? Pues lo malo como mínimo nos servirá para intentar no repetir los mismos errores en el futuro. Las heridas que hoy sangran mañana serán pequeñas cicatrices en una piel más dura y resistente, más sabia.