The spell has been broken, I loved you so

La ruptura. Y tras la ruptura, el desierto. El descorazonador éxodo hacia la Tierra Prometida. La ilusión y el miedo, las ganas y los reparos, la iniciativa y las dudas, la propulsión y el vértigo. Aprender a vivir solo, aprender a ser tú otra vez. Volver a decir “yo” en vez de “nosotros”. Mudar la piel, como una serpiente.

Afrontar y superar una ruptura nunca es fácil para ninguna de las dos partes. Está claro que no es lo mismo ser el abandonado que quien abandona. Dependiendo de las circunstancias en que se produzca esa ruptura, es muy probable que uno sufra más que el otro. Pero aún así, lo disimulen más o menos, para ninguno de los dos será sencillo. Mientras uno está en pareja, deja de ser “uno”. Volver a convertirse de golpe y porrazo en ese “uno” cuesta. Es un vacío absoluto que duele. Duele muchísimo pero toca avanzar con la esperanza de que el futuro será mejor, como un bebé cuando le crecen los primeros dientes y pronto podrá comer algo que no sean papillas.

Cada cual sobrelleva la ruptura como buenamente sabe. No hay opciones mejores o peores. Hay quien decide encerrarse en sí mismo, llorar por las esquinas y colgar canciones de desamor en Facebook. Hay quien engaña a la tristeza con una espiral de fiesta y risas y alcohol interminable. Hay quien cambia de aires y se traslada a otra ciudad u otro país. Hay quien se deja ilusionar por el primer capullo que pase, creyendo que será el amor de su vida aunque no le haga ni puto caso. Hay quien se da de bruces con una nueva relación estable que no estaba buscando, que le hace sentir extrañamente culpable pero que también le hace feliz. Hay quien pone en práctica por fin todo aquello que había ido postergando: apuntarse al gimnasio o a un cursillo intensivo de coreano, renovar por completo el vestuario, hacer un viaje a Tombuctú… Hay quien prohíbe a los amigos que le hablen de su ex y al mismo tiempo no para de ponerle verde despiadadamente. Hay quien se va de putas o de cruising. Hay quien se desgañita en la ducha cantando “Sobreviviré” o “No Voy A Llorar” de Mónica Naranjo. Hay quien harta a sus amigos de ciclos de películas lacrimógenas acompañadas de helado. Hay quien aprovecha para acostarse con medio Grindr o abrir mil perfiles para cepillarse a todo el que pueda, sin listón que valga. ¿Y qué?

A veces estaremos tentados de decir sobre alguien que atraviesa una ruptura: “está cambiado, no le reconozco”. Pero no hay que juzgar a alguien por su forma de superar una ruptura, hacerlo es cruel y mezquino. Curar el dolor requiere agarrarse a todo aquello que huela a salvación, sea verdad o no. Requiere perder el norte, la noción de lo que está bien o mal, incluso humillarse públicamente si es preciso. Es como ponerse zapatos nuevos para aprender a caminar otra vez: aprietan, salen llagas, caminas de forma extraña, tropiezas. Ya pasará esa cojera. Sé benévolo con los demás. Ten paciencia contigo mismo.

Lo más delicado de toda ruptura son los amigos comunes. Toda historia de pareja tiene dos versiones y no se puede pretender que los amigos se transformen en seres bipolares capaces de afrontar y apoyar dos perspectivas distintas sobre una misma ruptura. Tomarán partido por uno de los dos bandos casi por inercia. Así que si alguien deja accidentalmente de hacerte un favor o te da largas para quedar contigo pero luego se cita a diario con la otra persona, no le culpes. Es normal. Tú también acabarás apoyando a un amigo que sale de una relación: por afinidad, por conocerle de antes, por compartir ese dolor, porque está más bueno, porque la otra persona en realidad tampoco te había caído tan bien, porque sinceramente consideras que tu amigo es el que lo está pasando de los dos y te resulta imposible concebir que el otro sufra a su manera, porque tu amiga afronta las rupturas con risas y prefieres eso que aguantar los lloros de la otra persona. Tú también acabarás poniendo a un amigo común en contra de tu expareja gracias a alguna crítica destructiva o algún comentario sesgado sobre el porqué de todo. Da igual. Como decía, que los amigos se posicionen es normal. Ya pasará el tiempo, ya se asentarán las cosas.

Y lo más horrible de toda ruptura es cuando el amor se convierte en odio y los antiguos besos en puñaladas. Cuando pasas de compartir lo que te ha pasado a lo largo del día a gritar y resoplar ante cada frase del otro. Cuando los pequeños defectos entrañables se transforman en afrentas imperdonables. Cuando se rompe el hechizo, el desamor y las rupturas sacan lo peor de todos nosotros, nos convertimos en pequeños monstruos (hola, Lady Gaga) que se defienden del dolor provocando más dolor. Escorpiones luchando salvajemente contra escorpiones. Y como conoces tanto a la otra persona (no en vano habéis compartido media vida), sabes perfectamente dónde asestar el golpe de gracia, olvidando que pueden contraatacarte. Quieres olvidar que tú también eres vulnerable. Criticas, acumulas rencor, crees que sólo el otro ha cambiado, detestas todo lo que antaño habías adorado: su forma de peinarse, su optimismo, su forma de dibujar o bailar, su memoria fotográfica para hablar de cualquier película habida y por haber, su sonrisa (que ahora te parece abominable). Una ruptura es como coger una habitación, pintar de negro todas sus paredes, tapiar las ventanas, romper los muebles, llenarla de polvo y pretender que siga tan bonita como antes.

Ethan Hawke (del que hace poco hablé, en la entrada de la maravillosa Before Sunrise) escribió un libro normalito titulado “Estado de excitación” pero con una escena que me impactó. Durante los primeros días de relación, cuando todo son besos robados y caricias y risas tontas y bombones, el chico le propone a ella que se digan ya todo lo que detestan del otro. Que se echen en cara todo lo que criticarán y escupirán el día que, Dios no lo quiera, rompan. Que adelanten la escena trágica de la ruptura y así puedan quedarse sólo con lo bueno. Ojalá las cosas fueran así. Pero no: es inevitable sentir ese odio y ese desprecio, dejar de hacerle la cena a tu pareja con cariño para poder tirarle los platos a la cabeza y desear que uno de ellos le rompa la nariz. Yo me considero afortunado de ser amigo de 2 de mis ex (de uno de ellos, muy buen amigo además) y a otros 3 los tengo en Facebook, que ya es mucho. Pero diría que son las excepciones que confirman la regla: cuando del amor ya sólo queda odio o indiferencia, difícilmente podrás ser amigo de tu ex, por muchas afinidades y gustos que compartiérais.

Personalmente, lo que peor llevo de las rupturas (aparte de la ruptura en sí, por supuesto) son dos temas. El primero, ese ineludible proceso de “separar” las cosas. Incluso si se hace de mútuo acuerdo, racionalmente (“esto es tuyo, esto es mío, esto es de los dos pero te lo puedes quedar tú”), impacta ponerse a clasificar películas y discos y libros y series y ropa y peluches y fotos y muebles, como si ya no significasen nada, como si de repente trabajases en una oficina de objetos perdidos y estuvieras clasificándolos para que al día siguiente puedan llegar a sus dueños correctamente, gente que no conoces ni conocerás jamás.

Pero lo que se me hace más cuesta arriba es imaginar al otro con una nueva persona. Es algo irracional. Darte cuenta de que los próximos besos ya no serán los tuyos, que otro cuerpo entrará en contacto con el suyo, que le enseñará cosas nuevas, que unas promesas de amor eterno más fuertes sustituirán a las que os hicisteis… Resulta más complicado de asimilar que una ley de física cuántica. Esta especie de celos absurdos pueden atacarte en cualquier momento, aunque la decisión de cortar fuera tuya y tú ya estés tan feliz saliendo con alguien. Es como si considerases que la vida sólo puede seguir adelante para ti, no para los demás. Pues no: la vida sigue para todos. Hay que afrontarlo.

“Siento que no han merecido la pena estos años juntos”, me decía el otro día un amigo sobre su ruptura. Y le dije que no es cierto. Toda relación, acabe como acabe, es positiva. Hay que quedarse con las cosas buenas (que siempre las habrá habido: nadie se enamora de alguien con quien no compartía cierta complicidad y buenos momentos). Saber guardar esas fotos con cariño, ser capaz de tenerlas expuestas con orgullo en el corcho de tu vida. Darte cuenta de cuánto has avanzado gracias a esa relación: ahora eres menos tímido, o has descubierto miles de películas y cantantes nuevos, sabes más de sexo, has viajado, has conocido gente, has descubierto lo que es la convivencia, cocinas mejor. ¿Y lo malo? Pues lo malo como mínimo nos servirá para intentar no repetir los mismos errores en el futuro. Las heridas que hoy sangran mañana serán pequeñas cicatrices en una piel más dura y resistente, más sabia.

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3 comentarios en “The spell has been broken, I loved you so

  1. ” un cursillo sobre el cuidado de bonsáis” Ande me vaaas! xD

    Buff.. me encantan tus textos, te he dicho ya que escribes de puta madre no? xD Pos eso! 😉

    Y bueno, como siempre digo (Gracias Astérix y Obélix) “Després de la pluja, vindrà el bon temps”

    :3

  2. Jops…no sé si me ha hecho muy bien leer esto ahora… pero estoy seguro que dentro de unos días me vendrá muy bien echarle un vistazo.

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