Said you took a big trip, they said you moved away

Ayer volví a casa de mis padres, por primera vez solo, a comer con mi madre y mi hermano. Se me hace raro, y al mismo tiempo me gusta, llamar “casa de mis padres” al lugar en el que vivía hasta hace 4 meses. Disfruté de la abundante comida familiar y me sorprendí sonriendo al comprobar cómo mi madre, que tan moderna es para lo que quiere, recitaba los tópicos de toda mujer cuyo hijo acaba de abandonar el nido: “¿Ya comes bien? ¿Te cuidas? ¿Necesitas algo? ¡Toma esto! ¿Hace frío por las noches? ¿Seguro que no necesitas nada? ¡Te veo muy delgado…!”. Ella se sorprendió cuando le expliqué las cosas que me cocino, cuando le dije que como ensaladas cada día, y que no todo son pizzas y pasta: también hago pescado, legumbres, arroz, etc. Y en sus ojos vi esa mezcla de nostalgia y orgullo ante el hijo independizado. En cierto modo, nunca habíamos estado tan unidos como ahora.

Mi antigua habitación no me impactó tanto como esperaba. Seguía prácticamente igual, algo más llena de cajas con los libros y el material de papelería que sobraron de la otra librería que cerramos el año pasado, pero con los mismos muebles, los pocos peluches que no me llevé, casi todos mis juegos y discos y  películas y libros, mi viejo ordenador, mi PS3, mis pósters… Cosas que algún día, cuando encuentre El Lugar, me llevaré pero que por el momento me esperan allí pacientemente.

Aproveché para coger algunos libros de autores fetiche (Terenci Moix, Bret Easton Ellis, Oscar Wilde…) que me apetece releer, o quizá no, quizá sólo me apetece que me hagan compañía. ¿Es raro echar de menos a un libro? ¿Es raro que te guste tenerlo cerca, tener la tranquilidad de que podrás sumergirte en sus páginas si lo necesitas? No lo sé, pero a mí me pasa con ciertos libros y ciertos escritores.

Buscando ropa en el armario, encontré una caja con recuerdos de mis primeros novios y también de mi primer amor. Fotos, billetes de tren, mixtapes, entradas de cine, postales… Y cartas, muchas cartas. Al releerlas, más que empañarse los ojos, me di cuenta de cuánto he crecido desde entonces, cuánto he vivido. Eran cartas de 1998 y 1999, me hablaban de conversaciones por IRC, de servidores de internet extintos, de la música de entonces (Spice Girls, el segundo disco de Alanis, “Mechanical Animals” de Marilyn Manson…), de exámenes y clases de instituto, de primeros besos, de citas inolvidables, de amigos que ya no son amigos, de futuros que nunca llegaron.

Me avergüenza decir que sentí como si ciertas cartas nunca me las hubieran enviado a mí, como si el cartero se hubiera equivocado de persona, de ciudad. Eran de gente que ya había olvidado casi por completo. En plena efervescencia juvenil de hormonas, con qué facilidad decimos cosas como “Eres el amor de mi vida”, “Quiero vivir contigo”, “Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien como a ti”, “Te quiero”. Ansiando ser adultos, cómo confundimos el sexo puro y duro con la necesidad de amar y ser amados, y cómo además, sin pudor alguno, a ese deseo físico lo llamamos amor.

En una de las cartas, un chico me explicaba porqué me enviaba una lámina con la imagen de un corazón. La había comprado en Londres un par de años atrás y la había guardado todo ese tiempo hasta dar “con la persona indicada”. Me la enviaba a mí porque estaba convencido de que yo la guardaría y la cuidaría bien. El sobre acolchado que había contenido esa lámina crujía, estaba vacío. Ni siquiera recuerdo cómo era el dibujo de ese corazón. En aquel entonces, nos reíamos de cómo semana a semana, los personajes de series como Al Salir De Clase cambiaban de pareja, con un chasquido de dedos pasaban de estar enamorados de una persona a otra, pero nosotros no éramos tan distintos.

Lo volví a guardar todo en la caja, la cerré y la devolví al armario. Mi madre me tendió una bolsa para que me llevase los libros, la película y el juego que había cogido. Y me añadió un paquete de jamón serrano, “del bueno, para que comas un bocadillo rico”. Le di un beso y me fui a trabajar. Al volver a casa (mi casa, aunque la comparta con dos compañeros), no pude evitar la curiosidad de buscar en Facebook a esos antiguos novietes de las cartas. Comprobé que algunos estaban más guapos y otros más feos, pero que para todos ellos también había pasado la vida: tenían subidas decenas, cientos de fotos de momentos en los que yo no tenía que estar, en sus perfiles indicaban gustos y aficiones nuevos, películas y series que yo mismo he visto con otras personas, nuevos discos, nuevos libros. Frases en el muro con una madurez que no desprendían aquellas cartas adolescentes. Todos crecemos, todos aprendemos, todos vivimos. Satisfecho, o quizá debería decir aliviado, apagué el ordenador y seguí leyendo “Azul casi transparente”.

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6 comentarios en “Said you took a big trip, they said you moved away

  1. Oye, ¿yo no te había puesto un post acerca de los sentimientos agridulces de los recuerdos? ¿No lo llegué a poner o Blogspot me lo ha censurado? XDD

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