I picked myself back up, I held my head up high

Leía ayer la triste historia de un adolescente gay austríaco que se ha suicidado harto del bullying al que le sometían sus compañeros de instituto. Por desgracia, parece que esto ya no sea noticia: este verano ha habido una desoladora oleada de suicidios similares en Estados Unidos, lo que ha llevado a organizar la famosa campaña It Gets Better, a modificar el argumento de una serie como Glee para incluir el bullying en su trama, y a varias cantantes a subirse al carro del mensaje esperanzador (Katy Perry con “Firework”, Ke$ha con “We R Who We R”, P!nk con “Raise Your Glass”, Lady Gaga con “Born This Way”…).

Estos casos me hierven la sangre. Comprendo perfectamente el sufrimiento extremo que les ha llevado a matarse, pero también sé que nada ni nadie merece que acabemos con nuestra vida. Yo fui otro de esos adolescentes que sufrían el acoso y las burlas diarias de sus compañeros. En aquella época, ese acoso ni siquiera tenía un nombre que le diera visibilidad o ayudase a clasificarlo. Era, sencillamente, la crueldad típica de los adolescentes.

Podría pensarse que todos los avances legales y sociales ayudarían a suavizar este tipo de actitudes, que las nuevas generaciones serían más tolerantes, más abiertas. Pero no. No en el colegio, no en el instituto. La infancia y sobre todo la adolescencia son etapas de inseguridad y de muchos cambios. La forma más fácil que tenemos para reafirmar nuestro lugar en el mundo es uniéndonos a la manada. Aplastando al diferente demostramos que nosotros sí formamos parte de la sociedad.

Si eres homosexual (o sólo lo pareces), si llevas gafas, si eres cojo, si no vistes como dictan los cánones, si tienes sobrepeso… En definitiva: si no eres un clon de lo que debería ser un adolescente “normal”, muy probablemente sufrirás ese acoso asfixiante. Asfixiante porque sabes que eres así, que aunque intentes cambiarlo o disimularlo, seguirás siendo así. Y esto te crea una desazón de la que no puedes escapar.

En mi caso, todo empezó porque en la hora del patio me gustaba leer. Con 12 años, me llenaba más devorar la bibliografía de Stephen King que darle patadas a una pelota, qué le vamos a hacer. Fue suficiente para convertirme en blanco de burlas, insultos y algún que otro escupitajo. Seguí leyendo, claro. El primer indicio de que me ocurría algo peor fue cuando mi mejor amigo, aquel con el que nos pasábamos las tardes enteras hablando, viendo Bola de Drac, haciendo los deberes, probando videojuegos… dejó de quedar conmigo porque los demás decían “que éramos novios”. ¿Sabéis lo más irónico? Que empecé a hacerme amigo suyo precisamente porque los demás chicos de mi grupo de amigos me atraían sexualmente, y en cambio él no, así que ser amigo suyo me sosegaba. Mi primer intento de una amistad “normal” se fue al traste y volví con mis amigos de siempre, a pesar de la incomodidad que me provocaba sentirme atraído por ellos. Me acogieron con los brazos abiertos, olvidando mi extraña actitud de rechazo de esos últimos meses.

Luego llegaron las primeras pajas, el ratificar que cuando contemplábamos aquellas revistas y aquellos cómics, yo no me fijaba en lo mismo que mis amigos. La angustia de los vestuarios, especialmente los vestuarios de clase de vela, porque el monitor estaba tremendo. Las primeras risas al pasar, el primer “maricón” lanzado contra mí. Y agaché la cabeza. Procuraba salir poco de casa o cambiar de ruta para evitar pasar por las calles y las plazas donde sabía que estaría mis acosadores. Lo más frustrante era que algunos de los me insultaban me gustaban, no podía evitarlo. Tampoco podía evitar ayudarles con los deberes o incluso dejándoles copiar mi examen. Quería encajar a costa de mi inteligencia. Pero ni así conseguía que dejasen de insultarme.

Los profesores hacían la vista gorda y aunque mis amigos a veces me defendían (“Y tú eres gilipollas”, le respondió un amigo a un chico que me había preguntado si yo era maricón), también eran amigos de los mismos que me insultaban. Yo lo sentía como una traición. Al principio valoré la posibilidad de suicidarme.  Cuando iba de camino a casa de un amigo que vivía cerca de las vías, estudiaba los mejores puntos para hacerlo, me fijaba en la velocidad de los trenes que pasaban para calcular el mejor momento del salto. Escribí un relato sobre un chico que se tiraba al tren y me horroricé al describir el estado en que quedaba el cadáver. No quería convertirme en ese amasijo.

Lo peor es que todo esto ocurría en Sitges, meca del turismo gay pero a la hora de la verdad, un pueblo tan pueblerino y cerrado como cualquier otro. En aquella época, al Ayuntamiento (del Partido Popular) no se les ocurrió otra cosa que empezar a fichar homosexuales en el Paseo Marítimo, “por seguridad”. Cuando saltó la polémica y se criticó esta práctica en los medios, se organizó una pequeña manifestación a favor de un pueblo limpio de homosexuales y un turismo más familiar. Algunos de esos manifestantes eran compañeros de clase o de instituto. Afortunadamente, al final el dinero es lo más importante y los comerciantes del pueblo sabían perfectamente que necesitaban al turismo homosexual, así que todo siguió como siempre. Pero me impactó profundamente ver en televisión a gente que conocía, lanzando proclamas que me negaban un sitio en mi propio pueblo.

Me creé escudos: empecé a peinarme mal y vestirme peor. Eran dos cosas que yo podía controlar y por tanto, no me hería que me criticasen por ello. Empecé a escuchar música en el discman a todas horas: yendo al instituto, en la hora del patio, entre clases… Los cascos me blindaban de cualquier murmullo, cualquier crítica, cualquier insulto. Escucha principalmente a Aqua: en sus letras divertidas, sonido desenfadado y vídeos coloristas veía un refugio y me aferraba a él. Alguna gente se ríe de que hoy en día aún me guste Aqua, pero de alguna manera fueron mi salvavidas y supongo que por eso les tengo tanto cariño.

Pero no sólo fui una víctima. Como decía antes, los adolescentes pueden ser los seres más crueles. Cuando tuve la oportunidad de unirme a la manada y aplastar a otros por ser diferentes, no la desaproveché. Nos reíamos de una chica con gafas muy aparatosas, que siempre se sentaba en primera fila y que nos “traicionó” haciendo un examen que los demás habíamos acordado dejar en blanco en protesta por los penosos métodos de la profesora. La chica estaba perdiendo la vista y para ella, cada día que pasaba significaba ver un poco menos y por tanto, arriesgarse a no poder terminar los estudios. Nos reíamos de dos chicas que siempre iban juntas: bolleras fijo.

Y nos ensañábamos especialmente con un chico que había cometido el pecado de ser menos guapo que los demás, llevar gafas y no tener dinero para ropa de marca. Le decíamos de todo y más, le abucheábamos, le lanzábamos bolas de papel. Nos reíamos al enterarnos de que alguien le había llenado la mochila de jabón, estropeándole los cuadernos. Experimentaba el placer de, por una vez, no ser yo el blanco de las burlas. Me sentía parte del instituto. Sobra decir que tiempo después me arrepentí de todas estas actitudes. Lo peor es que soy incapaz de recordar el nombre de este chico que, a pesar de tantas humillaciones, no perdía la sonrisa y a veces, incluso, intentaba hablar conmigo, quizá no para ser mi amigo, sino sólo porque sabí que compartíamos la misma angustia de ser insultados por ser como éramos. No lo sé.

Pronto llegó internet a mi vida. Y con internet, la liberación: el éxtasis de teclear “gay” por primera vez en un buscador (Altavista: no existía Google aún). descubrir que había más gente como yo, que había actores que incluso cobraban por practicar lo que yo ansiaba, los primeros escarceos, el primer amor, los primeros amigos homosexuales con los que compartir preocupaciones comunes, las primeras tardes en Arena. Descubrir que en el instituto no estaba solo, que aunque se camuflasen muy bien, había más como yo. Y vencer poco a poco los miedos, encontrar fuerzas para decir la verdad a mis amigos de toda la vida. Comprar la revista Zero: con las manos temblorosas y la cara roja la primera vez, riendo con una amiga la tercera. La luz al final del túnel, en definitiva.

Empecé a cuidarme más, a vestir mejor. Dejé de agachar la cabeza y con ese simple gesto, las críticas se diluyeron. Encontraron nuevos blancos, supongo. El último día de gimnasia para mí fue tan significativo (adiós al ridículo de no ser tan fuerte, adiós a los vestuarios) que no he vuelto a ponerme chándal jamás; es una prenda que detesto (para mí, ojo; en otros, si marca lo que tiene que marcar, sigo disfrutándola). Los años pusieron las cosas en su sitio. Ese paraíso colorista que intuía en las canciones de Aqua existía. Y empecé a sentirme feliz de ser quién era. Dejé lo malo atrás, en Sitges (significativamente, sólo vuelvo al pueblo una vez al año, para el Festival de Cine de Terror) y me concentré en disfrutar, bailar, reír, conocer gente, follar, descubrir música y películas y libros y series, viajar, llorar, escribir, amar. Vivir. It gets better, en efecto.

Y nada se compara al placer de ver cómo algunos de los que me insultaban entonces ahora tienen novio, o cómo indican “Me Interesan: Hombres” en su perfil de Facebook, el placer de cruzármelos en  Metro bailando “Bad Romance” de forma más maricona que yo (que ya es decir). Y digo placer porque como mínimo me queda la dulce venganza de saber que yo no perdí el tiempo negándome a mí mismo y empecé a disfrutar mi vida mucho antes que ellos.

Que para eso estamos aquí, para disfrutar siendo nosotros.

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9 comentarios en “I picked myself back up, I held my head up high

  1. Por desgracia yo también he vivido algunas de esas situaciones, lo “malo” es que a mi la luz al final del tunel me lo trajo facebook hace 3 años, a nivel gayfriendly me refiero.

    en serio noi, cada día te superas más!

  2. Desde que has retomado el blog con asiduidad estás sembrado. A mí me ha removido muchas cosas leer esto; todos lo hemos vivido en mayor o menor medida. En mi caso, se puede aplicar aquello que cantaban Mecano de “con mis piedras hacen ellas su pared”: cuando más me insultaban y acosaban más me empeñaba yo en marcar la diferencia y en lucirla con orgullo. Fue duro hubo momentos de flaqueza por supuesto pero a día de hoy, no me arrepiento en absoluto.

    Y como dices, qué dulce es la venganza de saber que has empezado a disfrutar de tu vida mucho antes y más intensamente que ellos; y el tiempo que han perdido riéndose de ti y/o negándose nunca lo podrán recuperar.

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