Como en la canción, me apetecía montar algo. Pieza a pieza. Sentir el placer único que produce el acto de montar. Aunque tengas que seguir las instrucciones paso a paso, sientes que estás creando algo. Que eres capaz. Es la misma emoción que acariciabas de niño cada mañana de Navidad, cuando gracias a tus manos cobraban vida los castillos de Lego. Ya no estaban en un anuncio, ahora se desplegaban en el suelo del comedor. Olvidabas incluso que no te hubieran regalado el castillo más grande sino el mediano: daba igual, lo estabas creando y era tuyo.
Así que para mi cumpleaños, pedí un Nanoblock. Una especie de Lego japonés con las piezas pequeñas. Un Lego de adultos, si eso es posible. Al fin y al cabo, perseguía sentirme como un niño. Sigue leyendo




