13,99 euros

100 ejemplares, 200, 500, 1.000. Las tiradas mínimas son uno de los quebraderos de cabeza a la hora de autopublicarte. Sí, claro, confías en la calidad de tu obra, pero toca ponerse realistas: ¿dónde almacenas tantos libros? ¿En qué librerías los venderás si la mayoría no aceptan obras sin editorial? ¿Y si no los vendes? Por muchos contactos que tengas en las redes sociales, eres consciente que solo una pequeña porción de ellos se interesarán por tu obra, no digamos ya comprarla. Pero sobre todo, te preguntas: ¿cómo los pagarás? Estas tiradas, por pequeñas que sean, no son baratas.  Algunos optan por el crowdfunding, otros simplemente se resignan diciendo: “No tengo un duro”.

Yo no me atrevía con el crowdfunding pero tampoco quería resignarme. Mientras el manuscrito de El mar llegaba hasta aquí continúa su odisea, y hasta que descubra qué ocurre con él, necesitaba airearme, pensar en otro proyecto, lanzar algo como experimento. Así empecé a gestar La noche nos alumbrará (aunque en un primer momento se titulaba Nuestras sombras de neón), donde transformaría mi blog en un libro. Tenía claro, eso sí, que no quería (ni podía) gastarme dinero. Valoré lanzarlo solo como ebook: sería la forma más cómoda y barata de hacerlo. Pero claro, me parecía un contrasentido lanzar un ebook yo, que no tengo lector de libros electrónicos y prefiero el fetichismo del papel. Me puse a buscar presupuestos de imprentas, pero todo se salía de mi presupuesto. Y aunque el crowdfunding volvió a planear sobre mi cabeza, me entró el miedo de que, por inexperiencia, no saliese bien y el proyecto muriera antes de nacer.

Entonces leí en algún blog inglés acerca de la existencia de CreateSpace, el servicio de impresión bajo demanda de Amazon. Hablaban de coste 0 para el autor, de libertad absoluta. No terminé de creérmelo. Parecía demasiado bonito y sencillo. Alguna trampa tenía que haber; a saber cómo sería la calidad del libro, o quizá solo funcionaba en EEUU. Entonces me acordé de aquellas máquinas enormes que hay en algunas librerías de Londres y que imprimen el libro que tú eliges al momento: muy útil para obras descatalogadas o de interés minoritario. La última vez que estuve en Charing Cross Road, las estaban probando en público y hasta nos dejaron tocar el libro que acababa de salir de la máquina. Aquel tacto húmedo no se me olvidará, fue la primera vez que toqué un libro recién impreso. Me sorprendió que pareciera un libro “de verdad”, como si aquel cacharro tuviera que producir hamburguesas en vez de libros.

Pensé que quizá CreateSpace utilizaba un sistema similar. Y ya había tocado un ejemplar nacido de esta manera, tampoco estaría tan mal si mi libro nacía también así. Así que creé una cuenta y fui rellenando punto por punto los formularios que iban apareciendo. Para mi sorpresa, todo estaba guiado y bien a la vista, para todo hay tutoriales, incluso para algo que no domino como los datos fiscales. El primer paso importante fue decidir el tamaño del libro. Se sentía como elegir el sexo de tu bebé o el color de sus ojos. Comparé los tamaños de varios libros que tenía en la tienda, hasta dar con uno que encajaba en mi “formato ideal”, y seleccioné lo más parecido. A partir de ahí, venía el trabajo de verdad: crear la portada y maquetar el interior página a página. Para lo primero, conté con la ayuda de mi amigo Jose Soriano, que trabaja en publicidad y siempre está dispuesto a echar una mano. Mientras él diseñaba, yo me puse con la maquetación a partir de la plantilla que me descargué del propio CreateSpace.

Que a estas alturas ya me hubieran facilitado un ISBN fue extraño. Todo ocurría de verdad y eso era lo que más costaba de creer. La noche nos alumbrará existía en una base de datos, no solo en mi ordenador. Mil quebraderos de cabeza después (un cursillo acelerado de espaciados, tipos de letra, tabulaciones…), el PDF estuvo listo y la portada también, todo según los parámetros que pedía el servicio. Aunque el validador online daba los archivos como válidos, yo no las tenía todas conmigo. Temblando, le di a aceptar en el último paso (“Authorize proof”), decidí los precios teniendo en cuenta el coste de impresión y mi margen de beneficio, los canales de venta aparte de Amazon, lo envié al servicio Kindle para que también se crease un ebook… y esperé. Según la web, tardaría unos 7 días en estar a la venta. Me planifiqué bien, tocaba dar a conocer un proyecto que había llevado medio en secreto, pero por suerte tenía días de sobras…

O eso creía. Porque en apenas dos días, el libro ya estuvo disponible. Pude ver cómo se creaba la ficha y en cuestión de horas, el “No disponible” se convirtió en un botón de “Comprar”. No sé si tuve suerte o es que las cosas lentas, cuando por fin encarrilan, acaban acelerándose así. El caso es que pude comprar un ejemplar y comenzar a darlo a conocer. Y enseguida me llegó y sí: ese archivo había cobrado vida y ahora era un libro, el mío. Podía acariciarlo, hojearlo. Desde entonces, cada vez que alguien compra La noche nos alumbrará, Amazon se lo manda directamente. No tengo que preocuparme de nada y hasta puedo monitorizar las ventas en tiempo real (o casi). Esta semana, además, he encargado un lote de ejemplares a precio de coste: algunos para la presentación del libro y otros para repartirlos yo mismo en algunas librerías amigas.

Esa es la contrapartida de tener todo el control: no solo tienes que aprender sobre la marcha, la promoción también tienes que hacerla tú. Dar voces en las redes sociales, ingeniártelas para no ser más pesado de lo necesario, mandar notas de prensa al vacío, patearte el barrio o la ciudad en busca de brazos que lo acojan… Pero al menos tienes el mejor escaparate inicial: Amazon. Y sin invertir más dinero que los cafés que tomes durante las mil revisiones y los 5,40 euros del registro (paso opcional pero siempre recomendable). Si algún día tengo que volver a autopublicar, ya no tendré que hacer números ni pensar en crowdfundings. Repetiré aquí.

La noche nos alumbrará

La hoguera de las vanidades

“No hablamos de libros autoeditados”. Ha sido la respuesta más repetida al empezar a mover el libro La noche nos alumbrará. No lo decían medios importantes; lo decían blogs más o menos pequeños, blogs como el mío, ya que por ellos me parecía oportuno iniciar la promoción. Les presentaba mi libro y les ofrecía la posibilidad de pasárselo en pdf para que le echen un vistazo y si les apetece, reseñarlo. Algunos sí se han ofrecido a leerlo, pero la mayoría respondían con algo que venía a decir: “No hablamos de libros autoeditados”.

Para mí, era como decirme que no hablan de libros con las tapas rosas. O que no hablan de autores que se llamen Alex o David o Nicolás. Es decir: que un libro sea autoeditado no debería ser suficiente motivo para descartarlo así de entrada. Hay razones que sí puedo comprender: algunos me decían que no les interesaba el tema o que solo leen ficción (vale), otros que ya tenían muchos libros en la mesita de noche (a mí también me pasa). Pero a los demás, me quedo con las ganas de preguntarles: ¿hoy en día, qué te garantiza un logo más en la portada?

Será que estoy acostumbrado a que en cine y música, surjan proyectos interesantes por parte de gente con pocos recursos pero mucha imaginación y talento. Y en estos campos se valoran estos proyectos autofinanciados: gran parte de la gracia de La Bruja de Blair está en los poco medios con que se hizo. ¿Cuántas películas que empezaron en un garaje han derivado en franquicias taquilleras? La cantante Florrie gestionaba ella misma su web, cuidaba a los fans, autopublicaba canciones en iTunes y además las ponía a disposición del público… desde que fichó por una multinacional hace casi 2 años, apenas ha lanzado una canción y ha cortado el contacto con los seguidores (será que todavía no le han asignado un community manager). Se alaban los grupos que comparten maquetas autoproducidas. Se genera ilusión por los comienzos de gente que quizá en el futuro destaque. Pero parece que en literatura seguimos estupendos, si no hay logo de editorial en portada, desconfiamos.

Como si olvidáramos que, con la crisis, el dinero y los beneficios inmediatos se han impuesto a todo lo demás. Y eso también ha ocurrido en un terreno sagrado como el literario. Las editoriales se han cerrado en banda a todo lo que no sea un valor seguro (superventas en el extranjero, escritor ya famoso o tema de moda). Incluso las editoriales pequeñas, que son las que tradicionalmente apostaban por autores desconocidos y obras minoritarias, ahora te piden que les vuelvas a mandar tu manuscrito dentro de uno o dos años porque están colapsadas: publican poco y leen menos, no hay personal. Ante este panorama, a menos que tengas un golpe de suerte, autopublicarte parece la única salida lógica si no quieres que tu obra se quede en el cajón.

A los libros autopublicados se les suele achacar que tienen faltas de ortografía o que les falta detrás el trabajo de un editor o que ni siquiera tienen portadas profesionales. Y sí, es cierto: ocurre, es casi inevitable por más cuidado que tengas. No es tu profesión y lo haces lo mejor que puedes con las herramientas de que dispones. Pero todo eso te lo puedes encontrar también en un libro que una editorial te vende a 20 euros. Creo que podría contar con los dedos de una mano los libros que he leído a lo largo de mi vida y no tenían algún fallo. Incluso a las editoriales más famosas (y con más trabajadores en nómina) se les escapan desajustes de maquetación, errores garrafales en la portada que les obligan a retirar toda una tirada

Sin ir más lejos, mi última lectura estaba llena de erratas y algo más grave: dos traducciones en castellano y catalán hechas por la misma persona pero que difieren por completo en matices, en el orden de las frases, en contenido. (En una versión, la protagonista tiene “una reunión”, en la otra queda “con alguien para resolver un asunto de trabajo”; en una, no ve porque está “muy oscuro”, en otra porque “las farolas no daban suficiente luz”.) Este desaguisado lo publica una editorial muy prestigiosa de la que cualquier librero os hablará maravillas. A día de hoy, aún no me han respondido a mi email sobre qué versión es más fiel al original.

Cuánto nos falta por avanzar en literatura… Avanzar o recordar. Porque incluso Proust y Poe recurrieron a la autopublicación en sus primeras obras. A ellos también les hubieran dicho ese “No hablamos de libros autopublicados”. Mi madre me dice que a pesar de todo, tengo que estar contento. Que ya he vendido más libros que cuadros vendió Van Gogh en vida. Y es verdad. He tenido mucha suerte. No soy Proust, no soy Poe y desde luego no soy Van Gogh, pero he vendido una cifra respetable de ejemplares y por ello estoy contento y agradecido.

Y a pesar de que las puertas no se abran, ni siquiera las más modestas y al alcance, a pesar de no tener el logo de una editorial junto a mi nombre, yo sigo creyendo en mi obra. Creo en este libro y en el manuscrito de El mar llegaba hasta aquí. Ahora sé que autopublicar la novela, si es que lo hago, no será tirar la toalla sino reivindicarla. Autopublicas porque le tienes cariño a tu libro y quieres compartirlo, que la gente lo lea. Y en eso no habrá ninguna editorial que pueda ganarte si decides tomar el camino solitario: en cariño y respeto a tus lectores, a ti mismo, a tu obra. Echarás de menos la promoción y el apoyo de una editorial, los brazos receptivos de las librerías y blogs, pero sabrás que cada ejemplar leído será gracias a tu esfuerzo.

De repente el último verano

La semana pasada, un amigo se embarcaba en la aventura de la autopublicación. Llevaba casi un mes contándome un proceso que conozco bien pero siempre se siente como nuevo y emociona leerlo de otras manos: terminar el relato, revisarlo, comprobar que sí, que se sostiene, buscar una imagen de portada. Él se atrevía a ir más allá y apostaba por darlo a conocer. Ahí sí que entró en terrenos que yo desconocía: editó el archivo como RTF, lo ajustó a los parámetros de Kindle, lo envió a Amazon para Amazon… et voilà, al día siguiente vio la luz. Resultado: tras 24 horas de intensa promoción, lo habían comprado apenas media docena de sus cientos de seguidores en las redes sociales.

Y me dio pena. Porque por mucho que él se riera, un encogimiento de hombros modesto, “así son las cosas”, y de hecho ya antes de publicarlo me había dicho que no esperaba grandes resultados… pienso que en el fondo todos escribimos para que nos lean. Y estamos convencido de que así será. Que escribiremos y nos leerán con los brazos abiertos. A mí me ha pasado. Mientras redactaba la novela, una parte de mí, pequeña pero implacable, sentía que estaba escribiendo algo importante, que perduraría. Algo que el mundo necesitaba leer justo ahora. Cada “me gusta” a una publicación referente al manuscrito la veía transformada en el futuro en cientos, cuando no miles, de ventas.

En cuanto la terminé, la mandé a muchos amigos y pocos se volcaron en ella. La mayoría la dejaron para más adelante. Para cuando tuvieran tiempo. No pude entender cómo no la devoraban en menos de un fin de semana. Así que la mandé a más gente, con los mismos resultados. La única realidad es que a nadie le importa eso que has escrito. Como se suele decir, los escritores predicamos en el desierto. Una entrada de blog puede que tenga más o menos aceptación, se ve como algo simpático y que se lee en un par de minutos. Pero algo más largo requiere esfuerzo y concentración, y la gente tiene cosas demasiado importantes por hacer, mil cosas antes que sentarse a leer durante quinte minutos o media hora ese escrito al que tanto cariño le tienes.

No lo comprendí hasta que alguien me pasó a mí un texto suyo para que le diera mi opinión y permití que se escurrieran las horas y los días sin darme cuenta. Y sin leerlo hasta mucho tiempo después. No porque tuviera lecturas pendientes (la excusa preferida: “no es que no lea, es que tengo tanto por leer”) o un exceso de trabajo, sino simple y llanamente porque ya bastante cómodo estaba en mi mundo como para sumergirme en el de otro. Al menos no estaba mirando el reality show de turno, me consolé. Supongo que entonces no fui consciente de que yo no era el único que había aporreado el teclado hasta altas horas, depositando ilusión en cada palabra, ni tampoco el único enamorado de sus personajes, ni mucho menos el único creyéndose ese elegido que algún día alguien descubriría. Todos nos creemos únicos.

Leí hace tiempo que un artista solo necesita 1000 seguidores fieles para poder vivir de su arte. Entonces me pareció una cifra razonable. Asumible, incluso. Ahora asumo que a un cantante quizá le resulte más o menos sencillo porque todos escuchan música, pero ¿leer? ¿Eso quién lo hace? Si hasta yo que me considero lector empedernido puedo tener temporadas en las que me demoro una semana o un mes con el mismo libro.

Y cuando pienso estas cosas me siento fatal, porque sé que nunca debería escribir para que me lean ni mucho menos para ganar dinero con ello, sino para mí mismo. Como escribo un diario o como pienso tantas cosas que no luego no llegan a materializarse. Pero no puedo evitarlo. Escribo y deseo que alguien me diga que eso es lo mejor que ha leído en su vida. Y cuando eso no ocurre, y no ocurrirá nunca, me da por jurarme a mí mismo que lo conseguiré la próxima vez, con el siguiente texto. De un proyecto naufragado al siguiente. Lo que falla en todos los casos es la mentalidad. Porque escribir ya escribo para mí, siempre me propongo escribir el libro que a mí me gustaría leer en ese momento exacto. ¿Por qué debería interesarle a nadie más? Tendría que sentirme satisfecho de haberlo terminado y de poder compartirlo al fin, tanto con aquellos que sí lo leen como esos otros que lo dejan a medias. Sí, quizá sea bastante recompensa haber llegado a puerto. Otras veces no lo logré y esta vez sí. “¡Vuelé! ¡Vuelé!”, que diría el pterodáctilo de En busca del Valle Encantado.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

El lunes recibí la invitación de otra editorial a mandarles el manuscrito completo. Hacía casi dos meses que no me ocurría. La euforia inicial se disipó enseguida, “ya he pasado por esto”, me dije, pero aun así les mandé la novela. Y ahora toca esperar. Una vez más. Estos saltos emocionales, pasar de la euforia a la resignación, son bastante habituales cuando pienso en la escritura. No sé si a los demás les pasará. Recibes una opinión positiva y ya te convences de que tu libro traerá un soplo de aire fresco; enseguida te das cuenta de que no, que tu libro será solo uno más de los 70.000 que se publican en España, que en cualquier librería será solo un lomo delgado, perdido entre cientos, miles de ejemplares de autores mejores y más buscados.

Vienen bien estas curas de humildad. Distanciamiento para volver a conectar. Hace mes y medio, guardé las dos copias impresas de la novela por eso mismo. Llevo desde entonces sin tocarla, sin abrir siquiera el archivo .docx, para olvidarme del entusiasmo que sentí al acabarla y leerla entera y saber qué le parecía a los amigos más cercanos. Tengo que asumir de una vez que quizá para mí sea un libro especial, pero para los demás solo es otro más que seguramente nunca leerán, o lo dejarán a medias.

Tanto me he distanciado que ahora tengo miedo. Miedo de releer después de todo este tiempo y ya no estar enamorado de la historia ni de sus personajes. Que me parezcan blandengues, mejorables. Como cuando te reencuentras con un antiguo amor y no entiendes muy bien qué veías en él para que te gustase tanto. Si ya me entristece cuando vuelvo a leer algunas entradas de blog a las que tenía cierto cariño, y ahora me parecen escritas por alguien inexperto, alguien un poco estúpido a quien no me gustaría conocer, con la novela sería un duro golpe.

Claro que a veces, pocas pero ocurre, al revisitar un texto mío, pienso “¿Esto lo he escrito yo? ¡Pero si es bueno!”. Y no negaré que ésa es la mejor sensación del mundo. Esa sorpresa. Es como haberlo escrito para mandárselo a mi yo futuro y darle un mensaje de ánimo. No te rindas, que irás mejorando. Lo dicho, locatis perdido.

Por el camino de Swann

“¿Has pensado en autopublicarte?” No solo dice eso el anuncio que me aparece a mano derecha de forma recurrente. También es la pregunta que, tarde o temprano, salta cuando le explico a alguien cómo funciona y cómo está ahora mismo el panorama editorial. La crisis hace que se arriesgue menos en autores que no son valores seguros, que haya menos personal para leer los manuscritos que llegan (cada vez más, porque hay más gente con tiempo de escribir). Ante semejante colapso, lo de autopublicarse parece la salida lógica, ¿no? Me pregunta mi amigo.

Para mí, sería como tirar la toalla. Asumir que ninguna editorial apostará por mi libro. Que seré otro de esos aspirantes que se quedan en el banquillo y que nunca pasarán por los procesos de corrección y diseño profesionales, que no tendrán la promoción y visibilidad que justifican la existencia de editoriales. Ese proceso que hace que un libro en una librería tenga cara y ojos, un acabado muy cuidado, con solapa o (si hay suerte) tapa dura y una portada bonita, bien diseñada.

Claro que entonces descubres que Marcel Proust tuvo que pagarse de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, obra rechazada por los editores de su época. Luego llegarían los premios, los demás volúmenes, el prestigio, la aparición en los puestos más altos de todos los ránkings de mejores libros de la historia. Mark Twain autopublicó Huckleberry Finn, Edgar Allan Poe hizo lo propio con su primer libro de poemas (y poco antes de morir, su intención era volver a hacerlo), Virginia Woolf también autopublicó la mayoría de sus obras. Etc. Es decir: muchos autores que hoy los críticos admiran y sirven de ejemplo en todas las escuelas de escritura, tuvieron que pasar primero por el trance de autopublicarse porque ningún editor confiaba en sus libros.

Me gusta especialmente el caso de Beatrix Potter. Un editor le dijo que esos cuentos ilustrados con las aventuras de un conejo eran “demasiado caros de publicar”. Así que ella misma financió una primera tirada y el editor que la rechazó, al ver materializado el libro y poder tocarlo, hojearlo, quedó prendado de la historia y los dibujos. Solo entonces le vio todo el potencial. Los niños lo adorarán, pensó él. Y así fue.

Por eso, empiezo a pensar que autopublicar El mar no llegaba hasta aquí no significaría rendirme sino probar otro camino. Confío en mi novela. No solo le tengo cariño a sus personajes, además estoy orgulloso de que sea el primer libro que termino. Creo que es justo lo que tenía que escribir ahora y con lo que tengo que darme a conocer o intentarlo al menos. Todavía guardo la esperanza de que alguna de las editoriales y agencias que ahora están leyendo el manuscrito, lo vean digno de publicarse en sus filas.

Pero también soy consciente de que mi libro tiene peculiaridades. Si yo fuera editor, me preguntaría a qué público le vendo un libro con sexo explícito entre hombres, y elementos fantásticos, y numerosas referencias pop, y un argumento que gira alrededor de las señales y mi convicción de que todo ocurre por algo y al final las piezas siempre encajan. Escribí el libro que a mí me gustaría leer, ¿por qué debería existir otra persona con interés por sumergirse en sus páginas? No lo sé. Y sin embargo, me gustaría averiguarlo. Si alguien conectará con esta historia que escribí para mí. Si puede aportarle algo.

Veremos qué camino tomo. De momento, cuando ahora los amigos me preguntan si no he pensado en autopublicarme, respondo: “No lo descarto”.