Había olvidado lo distanciador que puede ser el silencio. De repente, todas aquellas conversaciones que imaginé viendo tus fotos se habían desvanecido. En la mesa diminuta tú estabas cada vez más lejos. Traían platos y platos y ya apenas te veía o escuchaba. Para recuperarte, como quien lanza un último salvavidas, recurrí a los temas que me había prometido aparcar. Y te uniste. Dejamos de pretender que éramos dos personas nuevas y sin pasado. Juntos nos zambullimos en la melancolía, hablamos de otras personas en ciudades que no eran esta. Pero cuando miraste tu reloj, quedó en evidencia nuestro fracaso.
Fotografía: Théo Gosselin.