I’m single, bilingual

Ayer me permití ser un turista en mi propia ciudad. Demasiado a menudo olvido que ellos vienen y van pero yo siempre estoy. Que aunque haya calles hasta los topes, también las hay menos transitadas. Desvíos que me llevan adonde siempre había querido, sin saberlo. Caprichos: míos y del destino. Una paella frente al mar, sin ir más lejos.

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Encontrarla no fue sencillo porque en todas partes pedían un mínimo de dos personas. Pero ir solo tiene ventajas a modo de consuelo: no hay que negociar ni rendir cuentas, así que pude dar vueltas hasta que por fin apareció de la nada el restaurante donde me iban a servir lo que yo quería. La camarera me guiñó un ojo; quizás ella supiera perfectamente lo que es sentirse solo en una ciudad a veces demasiado grande.

Y fue allí, degustando la comida entre sorbo y sorbo de vino blanco, donde terminé el libro que llevaba encima. Historias cruzadas, llenas de casualidades, con finales felices. Parecía tan fácil y tan lejos a la vez. Entonces levanté los ojos del vacío de la última página en blanco, ese futuro que nadie había escrito, y vi que delante tenía la playa y más allá, a pesar de tantas sombrillas, la franja azul del mar. No se había movido de sitio. Mil rumbos, mil posibilidades. Invisibles y aun así a mi alcance. Comprendí que aquello no era un final sino el principio de algo todavía sin nombre. Solo tenía que tirar del hilo y ponerme en movimiento. Así que me puse en pie y…

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