Metafísica de los tubos

Cada historia tiene su propia estructura. Capítulos largos o cortos, flashbacks, partes diferenciadas: es algo que vas descubriendo sobre la marcha, a medida que escribes. En general, me gustan las novelas con capítulos muy breves que te invitan a leer uno más, y otro, y otro. Pero desde el principio intuí que El mar llegaba hasta aquí no sería así. Porque el protagonista iba a resolver un problema o situación al final de cada capítulo y para desarrollarlo de esa manera necesitaba más espacio (más páginas). Se me ocurrió que podía convertir los capítulos en pequeños cuentos que formaran parte de una misma historia.

De lo que piensas a lo que escribes hay un mundo. Lo de los cuentos sonaba bien en mi cabeza, pero me había puesto a escribir una novela, así que la historia acabó expandiéndose por todos ellos, vinculándolos. No podía ser de otra manera. A ratos, la novela parecía plastilina en mis manos. Plastilina de distintos colores: te da miedo mezclar fragmentos que escribiste en momentos muy diferentes, hasta que no queda otro remedio, y mezclas y mezclas para que la masa adquiera un color único y una forma característica.

Fue gracioso ir probando cómo funcionaban mejor algunos capítulos. Buscar el contraste a veces, la fluidez otras. Situar a conciencia algunos ganchos (cliffhangers) para arrastrar al lector hasta el desenlace. Los finales sorprendentes están muy bien, pero solo los disfrutan quienes llegan a ellos. Y yo quería que a mi final llegaran todos los lectores. Así que, aunque la mayoría de manuales recomiendan situar el clímax de la historia a pocas páginas del desenlace, yo situé una de las escenas clave justo a la mitad de la historia. Una conversación que, si todo va como espero, el lector estará esperando para que cambie el curso de la novela. Y lo hace, pero no de la forma en que uno esperaría.

Es un clímax prematuro. Casi serviría de final de la historia, pero ocurre a 2/3 del verdadero final. Quedan 50 páginas por delante. Es entonces cuando levanto el telón y digo: en realidad mi novela habla de esto. Claro que no calculé bien y en las revisiones tuve que esmerarme para que lo que venía después de ese falso final estuviera a la altura. “Esperad, esperad: ¡no os vayáis todavía!”: creo que un escritor se pasa media vida exclamando esto. Tiene que enganchar en cada frase, en cada capítulo, en cada parte de la historia. Enganchar, convencer, seducir: yo no estoy seguro de haberlo logrado, pero tras jugar con todas las piezas de que disponía, sí creo que les he dado la mejor forma posible para, al menos, intentarlo.

Enternece mirar ahora los primeros esquemas. Me obsesioné con ajustar la historia a 13 capítulos por algo tan aleatorio como que el 13 es mi númro favorito, pero los personajes querían respirar, tener tiempo para hablar, relacionarse, viajar. En el primer borrador llegué a 19 capítulos y finalmente, tras muchas podas y reestructuraciones, El mar llegaba hasta aquí tendrá estos:

1: Náufragos
2: Faros
3: Remolinos
4: Salvavidas
5: Rompeolas
6: Barandillas
7: Lagos
8: Redes
9: Acuarelas
10: Perlas
11: Ceniza
12: Sushi
13: Eclipse
14: Tierra
15: Estrellas

No conseguí mis 13 capítulos soñados pero, cosas del azar, mi favorito (Eclipse) sí es el nº13. Mi deseo es que el lector navegue del capítulo 1 al 15, que siga leyendo página tras página aunque algunas cosas le descoloquen, y que llegado al final, se sienta recompensado por haber seguido a Leo en este viaje. Todos somos náufragos pero solo algunos contemplan las estrellas.
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