Rubicon

“La suerte está echada” (alea iacta est), dicen que pronunció Julio César justo antes de cruzar con sus tropas el río Rubicon, que con su estrecho caudal marcaba el límite del poder del gobernador de las Galias. Con esta acción de rebeldía, Julio César dio comienzo a la Segunda Guerra Civil de la República de Roma. Cruzar el Rubicon, pues, significa entrar en un punto de no retorno, tomar una decisión consciente de las consecuencias que deberás afrontar, dejar atrás la tiranía en busca de la libertad.

La serie “Rubicon” demuestra ya muy buen gusto en la elección de su título. Buen gusto, simbolismo y declaración de intenciones. Porque de eso trata la serie, de tomar decisiones que lo cambiarán todo, de lidiar con las consecuencias y seguir adelante: “We all make choices along the way. Sometimes good, sometimes bad. But we choose. It’s what makes us unique, special” . Y en eso consiste la vida en el fondo, ¿no? De crearse un camino a base de decisiones, y no arrepentirse después, porque fueron las correctas.

Da gusto encontrar series así hoy en día, que huyen de los tópicos, no imitan a los formatos de éxito, no tratan al espectador como un niño al que hay que dárselo todo mascado. “Rubicon” apuesta encontrar por su propio ritmo (planos muy abiertos y largos, mucho silencio: ni rastro del montaje frenético que esperarías de una serie sobre conspiraciones e intrigas gubernamentales), prescinde de cliffhanghers en los últimos 15 segundos de cada capítulo a favor de una sabia dosificación de la información. Todo va llegando con cuentagotas, pero acaba llegando, y lo más importante: encaja.

Se exige una implicación total del espectador. Lo dice uno de los personajes: “Find the dots. Connect the dots. Understand the dots.” Hay que estar atento a los detalles, a las pistas, a las frases, incluso a los simbolismos (una tubería manchada de sangre como metáfora de lo que está por ocurrir).  La verdad que buscas siempre estuvo ahí, delante de tus narices; sólo necesitas encontrar las claves necesarias para interpretarla correctamente.

Por eso, en “Rubicon hay que ir uniendo las piezas que van soltando tan sutilmente y llegado al final, asombrarse de que por una vez los guionistas hayan construido un puzzle inteligente donde todo encaja. Sólo son 13 capítulos, pero qué inmensa satisfacción da llegar al final. ¿Final abierto? Sí: desgraciadamente, en el último momento AMC no renovó la serie. Pero, personalmente, no veo qué más habría aportado una segunda temporada. La conversación final es demoledora y sintetiza perfectamente qué ocurre en la vida real con estos asuntos. Me sirve como cierre de la serie.

“This job it’s all about not taking care of yourself.” Otra de las puntas de lanza de la serie es la manera de mostrarnos cómo este trabajo consume tanto a todos los personajes que ni siquiera tienen tiempo o ánimos de ocuparse de unas vidas personales que hacen aguas. Desde el protagonista hasta el secundario más discreto, pasando por los villanos, todos se ven superados por esa avalancha de informes, exigencias, horarios despóticos, amenazas y conspiraciones.

La madre recién divorciada que tiene que dejar a su hija en manos de su indeseable exmarido, el hombre con problemas en su matrimonio, la chica de inteligencia frustrada que se refugia en las drogas, romances incipientes que quedan en segundo plano porque hay que seguir investigando… Es angustioso verles ahogarse lentamente y sin remedio, y está todo tratado sin momentos lacrimógenos, sólo asistes a un realismo muy crudo. Y como ocurre con todo lo importante de esta serie, se insinúa más que se afirma: tienes que ir uniendo los puntos para entender y cogerles cariño a los personajes.

“It’s only bullets whistling by, they can’t kill you”, sentencia uno de los personajes en el capítulo final en relación a las conspiraciones. Y tiene razón. Ahí están: silbando alrededor, amenazantes como una balada, pero si te mantienes al margen no te matarán, podrás seguir cómodamente con tu vida. Sólo cuando abres los ojos y las detectas, sólo entonces resulta tan fácil obsesionarse por ellas, cruzar el Rubicón y (entonces sí), luchar por la verdad y ponerse en peligro. Es sensacional asistir a todas esas escenas -muy tensas, puro thriller- en que la paranoia se va instalando en la vida de los personajes: se sienten en amenazados, espiados, perseguidos, inseguros. Pero siguen adelante porque saben que para ellos no hay marcha atrás.

Seguir con los ojos cerrados o despertar. Tomar la pastilla roja o tomar la pastilla azul. Decisiones, una vez más. Gracias, “Rubicon”.

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