If I was your vampire

Iba a empezar la entrada preguntando: “¿Qué tendrán los vampiros para resultar tan seductores?” pero no lo haré porque lo sabemos perfectamente: son atractivos, elegantes, rodeados de cierto aire melancólico que inspira una peligrosa ternura. Si quieren convertirte en su presa clavarán su mirada glacial en ti, te prometerán la inmortalidad, te hipnotizarán con su dulce voz hasta que consigan que los invites a entrar, y entonces ya será demasiado tarde.

Los vampiros siempre han sido uno de mis mayores mitos eróticos. Me parecían más que morbosos. No creo que sea casualidad que los vampiros muerdan, precisamente, en el cuello (zona erógena por excelencia). En cierto modo, la primera película porno que vi fue la maravillosa “Drácula” de Francis Ford Coppola. En la ficción, todas las víctimas, ya se llamen Mina Harker, Buffy Summers o Sookie Stackhouse, siempre acaban enamoradas de sus depredadores. Y está bien que así sea, es excitante y divertido.
El problema es que en la vida real quizá no existan chupasangres mitológicos, pero sí vampiros de otros tipos. Se alimentan de tu energía para su propio beneficio, te debilitan para tener control sobre ti. Hay por ejemplo vampiros institucionales (a los que encima votamos), vampiros laborales (jefes adictos al mobbing, por ejemplo), vampiros familiares que imponen su voluntad y, por supuesto, entre muchos otros, vampiros emocionales.
Son especialmente perversos. Son atractivos, de modales atentos y educados, hablan mucho y muy bien, saben ganarse la confianza de los demás: parecen inofensivos, se les perdona todo y parecerías loco si intentases desenmascararlos. Incapaces de mantener una relación sana, torturados por un pasado con el que no se atreven a romper o un presente que no saben cambiar, te eligen a ti como refugio, alimento y diversión. Y tú prefieres ver pasión en esa mirada penetrante, prefieres dejarte llevar por esos escalofríos cuando te muerden en el cuello; lo prefieres antes que ser sensato, detectar lo salvaje de su mirada y la energía que te absorben con cada mordisco.
Les obedecerás gustosamente, modificarás tu conducta para que ellos se sientan más cómodos, en los momentos de debilidad te ilusionarás con cada mentira que te prodigue el vampiro (saben dosificarlas para mantenerte enganchado), sonreirás si alguien te advierte que estás demasiado pálido, les justificarás, mentirás por ellos, disfrutarás cada gota de sangre que impregne sus besos. Y así será hasta que una noche cualquiera, sin motivo aparente, abras los ojos en una cama demasiado grande y descubras que esa sangre es la tuya, siempre ha sido la tuya. Que estás medio desangrado ya. Que has cedido tanto que te sientes absolutamente incapaz de ceder más: o huyes o mueres ahogado en su telaraña. Lo triste es que llegadas a este punto hay personas que acaban convirtiéndose en ese mismo vampiro que tanto despreciaban: pasan de víctimas a verdugos. Y hay víctimas que, en adelante, ya sólo sabrán ser víctimas de nuevos vampiros.

Al final del día, despojados de toda su elegancia deslumbrante, los vampiros sólo inspiran lástima. Tienen unas ojeras de tristeza imborrable y una piel tan seca y acartonada como la base de un ataúd barato. Están condenados a vagar solos, buscando recuperar lo irrecuperable, dañando a las personas que podrían haberles devuelto la vida, siempre al acecho de nuevas víctimas que caigan en sus trampas viejas, con la frustración de saber que con ellas volverán a cometer los mismos errores y seguirán siempre igual de solos, sintiéndose más y más abandonados con cada víctima que dejan atrás.

¿El mejor crucifijo? Mucho amor propio, mucho respeto a uno mismo, buenos amigos (quién sabe, alguno puede ser un Van Helsing en potencia), y tener la valentía de escapar del Castillo de Drácula en cuanto sintáis sus muros alrededor. Tirarse de cabeza al río si hace falta, como hizo Jonathan Harker para huir de las concubinas de Drácula. Y tener presente esta cita de (cómo no) Oscar Wilde:

Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo.

(Oscar Wilde, De Profundis)

En fin: dejemos los vampiros a la ficción. Que estarán todo lo buenos que quieran, follarán todo lo que puedan, nos harán reír con sus frases ácidas y les clavarán una estaca si se portan mal.

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