New Girl

Es el mejor estreno del año. Tampoco es que haya visto muchas series nuevas esta temporada, lo confieso. Pero adoro New Girl por encima de todas las cosas. Adoro a sus personajes, adoro cómo mejora capítulo tras capítulo, adoro ese humor gafapasta que raya lo absurdo, adoro la cabecera en plan vídeoclip. Y por supuesto, la adoro a ella: Zooey Deschanel. La serie está hecha para su lucimiento, sólo ella podría interpretar a la despendolada de Jess.

Supongo que me siento identificado con ella. Como yo el año pasado (bueno… yo más a menudo de lo que pienso), Jess empieza la serie enfrentándose al mundo como una niña de 30 años: estrena soltería, es loca, impulsiva, optimista, soñadora, idealista. Canta cuando nadie lo haría y pone voces raras durante cualquier conversación (puede pronunciar «pene» de dos cientas formas distintas). Se las da de moderna: amigurumis, cupcakes, gafas de pasta, el grupo más indie, nada se le resiste.

Un maremoto que irrumpe en un apartamento hasta ahora habitado por chicos acostumbrados a la rutina más aburrida. Los secundarios son todos encantadores: Schmidt (que algún día saldrá del armario; al actor ya lo adoraba en Veronica Mars), Cece diva inmediata, Winston que en la recta final de la serie consigue que olvidemos a otro personaje del piloto más divertidos (interpretado por Brad de Happy Endings), los diversos ligues que le buscan a Jess… A todos ellos, Jess les contagiará su alegría ingenua y a cambio ella aprenderá a desenvolverse de nuevo en el mundo real.

Pero sobre todo está Nick. El típico vecino de la puerta de al lado: sexy sin saberlo, con un potencial que no se atreve a aprovechar. Jess y él comparten una tensión sexual innegable pero jamás resuelta. Son polos opuestos y por eso se complementan tan bien. Él es realista, cuando no catastrofista, no se ilusiona, cree que las cosas saldrán siempre mal. Ella, en cambio, cree en la magia. Juntos encuentran un punto intermedio. Caminar por las nubes con los pies en la tierra, cruzar puentes frágiles para convertirlos en baldosas amarillas. Y les funciona.

En fin, si te gustan las series sin pretensiones, que sólo buscan dejarte con una sonrisa de oreja a oreja cada semana, si te gusta Zooey Deschanel, si te gustan los personajes extremos que te hacen reír con el comentario inesperado, si quieres aprender nuevas perspectivas, si quieres recordar cómo era aquello de creer que te comerías el mundo… no busques más, ya tienes nueva compañera de piso. Dale una oportunidad para encandilarte.

Who’s that girl? It’s Jess!

Sherlock (Holmes)

«Stop boring me and think. It’s the new sexy.»

¿Cómo se desenvolvería Sherlock Holmes en la era 2.0? En la era de internet, los teléfonos móviles, el terrorismo internacional, los blogs, Twitter… ¿Cambiaría mucho el personaje? Podríamos pensar que sí, pero la serie británica Sherlock, que acaba de estrenar su segunda temporada consigue actualizar el personaje y al mismo tiempo, mantenerse fiel al estilo de las aventuras que Sir Arthur Conan Doyle escribió hace ya más de un siglo.

Cambia que el doctor Watson ahora en vez de publicar libros, abre un blog comentando los casos que resuelve su compañero de piso. Y la tecnología se actualiza, claro, complicando los casos, ahora más vistosos y trepidantes. Son capítulos largos, de más de una hora, pero pasan en un suspiro. Sherlock sigue siendo asocial y rematadamente inteligente, con un humor áspero que no pretende serlo; Watson tiene un punto entrañable que no parecía estar en los libros de Doyle. Hay bromas sobre una relación homosexual entre ambos, claro, pero quedan perfectas en el contexto actual. A destacar el nuevo James Moriarty, toda una reinvención del personaje. Uno estaba harto de ver siempre al mismo tipo de profesor que se mueve entre las sombras. Su presentación en la primera temporada me dejó sin habla.

La serie también es muy imaginativa a la hora de poner en escena el método deductivo de Sherlock Holmes. Textos, gráficos y números se pasean con libertad por la pantalla para indicarnos en qué se fija Sherlock, hay barridos imaginativos en los que la figura de Sherlock borra de la pantalla las personas que le aburren, los mensajes de móvil son carteles en el aire (en vez de un primerísimo primer plano para hacer publicidad del móvil en cuestión: qué diferencia con las series y las películas estadounidenses, qué respeto al producto). Una presentación moderna, a ratos digna de un vídeoclip, pero al mismo tiempo austera y totalmente acorde con el personaje. Y es que en todo momento se nota que la serie está hecha con un mimo absoluto, muy fiel al estilo de las aventuras originales. De hecho, casi todos los capítulos son adaptaciones libres (pero llenas de guiños) de casos famosos del detective.

Qué diferencia con otra revisión reciente del personaje de Sherlock Holmes, las películas de Guy Ritchie. Ver ayer en el cine Sherlock Holmes: A Game of Shadows y hoy el primer capítulo de la segunda temporada de Sherlock impacta, la verdad. Menudo cambio. Si la primera película más o menos funcionaba, sin abusar (demasiado) de la violencia, con el toque justo de humor gamberro y con una ambientación de época muy digna, la nueva película A Game of Shadows descarrila, convirtiéndose en una cinta de acción de un personaje que nos dicen que es Sherlock Holmes (¿nos lo creemos?).

Robert Downey Jr está tan desmadrado, llegando en casi cada escena a la autoparodia, que a ratos piensas si no será el Johnny Depp de Piratas del Caribe disfrazado de inglés victoriano. Jude Law (lo único que echo en falta de la nueva serie inglesa, cómo me gusta este hombre) hace lo que puede para compensar el amaneramiento de Downey Jr, pero lo tiene difícil. Y a todo esto, cuesta creer que Noomi Rapace fuera la Lisbeth Salander de la versión sueca de Los hombres que no amaban a las mujeres, porque de gitana zíngara hace aguas, la pobre.

La verdad es que viendo tamaño despropósito estaba convencido de que esta película era obra de algún director menor que se había visto con carta blanca para deshacer el correcto trabajo previo de Guy Ritchie. Hasta el uso de la cámara lenta se hace pesado en esta entrega, todo lo contrario que en la anterior. Pero no, en los créditos finales remarcan una y dos veces que el director sigue siendo Guy Ritchie. Debo decir que la única escena que me pareció realmente graciosa e ingeniosa es la más homoerótica de todas, cuando Sherlock y Holmes casi se ponen a follar en pleno tren.

En definitiva: dos formas totalmente distintas de actualizar un personaje clásico para los gustos del siglo XXI. Yo tengo clarísimo con cuál me quedo. La que lo moderniza drásticamente pero sigue dejándolo reconocible. La que nos enseña que la típica imagen de Sherlock con boina (algo que no aparece en los libros) es puramente accidental: un disfraz improvisado para evitar a los paparazzis. Humor, conocimiento del personaje original, ubicación en el contexto actual. Bravo por Sherlock. Mañana estrenan otro capítulo, por cierto, esta vez basado en El sabueso de los Baskerville. Con ganas de descubrir qué han inventado para este caso.

¿Cómo dejar de ser uno mismo si eres algo mejor?

«A veces no basta con que merezca la pena». Con esta cita de Hiromi Kawakami empecé este año. Y poco después, un buen amigo me daba el mejor consejo: «Tienes que pensar en ti». Ese ha sido mi objetivo principal a lo largo de 2011: pensar en mí, dedicarme a mí. Quererme. En mi mente, se repetía una escena de Mujeres Desesperadas en que Edie Britt y Susan Delfino se quedan encerradas en un sótano; Edie acusa a Susan (que es mi mujer desesperada favorita y con la que más me identifico) de ser una arrastrada de los hombres porque nunca ha sabido estar sola: el diálogo me impactó especialmente, porque me di cuenta de que yo había sido igual durante 28 años. Y eso no podía ser así. Hay que saber depender de uno mismo. Alcanzar un estado mental que a veces describo como The Edge of Glory, pero también como State of Independence: no necesitar nada más que lo que ya tienes, lo que ya eres… pero dejando la puerta entreabierta a todo lo bueno que pueda llegar para completarte.

Cisne Negro fue una de las primeras películas que vi este año y me dio las claves para dejar de ser lo que se esperaba de mí, lo que yo me había creído que tenía que ser para ser yo. Así, pasito a pasito, empecé a conocerme a mí mismo. El Alex real. Ha sido un proceso de probar cosas nuevas, de no decir que no a casi ningún plan porque en cualquier plan podía descubrir una nueva faceta mía. No todo me gustaba, pero con todo aprendía. Y probando y descartando, poco a poco voy afinando quién soy. Quién me gusta ser.

Midnight In Paris me confirmó lo mismo que aseguraban en How I Met Your Mother, que lo nuevo siempre es mejor. Ha sido uno de mis lemas de 2011. Precisamente, el protagonista de HIMYM es el responsable de mi película estrella de este año: Happy Thank You More Please, que no he dejado de recomendar. Su filosofía vital ha sido el subtítulo de este blog durante muchos meses. Seamos personas que merecen ser queridas, porque lo merecemos. Eso y abrir los ojos a lo que siempre estuvo allí y no veías. O sobre todo: dar las gracias por todo lo que recibes de los demás. Dar gracias y pedir más, por favor. Last Night me sosegó porque viéndola supe que había hecho bien las cosas (todo lo bien que se puede hacer cuando tienes que decidir entre sobrevivir o hacer daño) y One Day resume muy bien lo que pienso y siento sobre esas historias que se quedan en Destino Oculto, como por ejemplo el romance intelectual de Weekend. La verdad es que este ha sido un año de mucho cine, aprovechando que ahora vivo en el barrio que siempre había querido vivir, Gracia, y tengo los Cines Verdi a 5 minutos de casa. Con El Árbol de la Vida sentí emociones intensas que tuve que digerir, mientras que las casi tres horas de Pequeñas mentiras sin importancia se me pasaron en un suspiro gracias a personajes que me gustaría tener en mi vida.

2011 ha sido un año de muchísima buena música, alguna nueva y alguna ya conocida: Florrie, El Pescao, Those Dancing Days, Andrea Corr, Aqua, The Sound of Arrows, Pastora, La Casa Azul… Canciones con las que he aprendido, canciones con las que he bailado.

También ha sido un año de muchos libros, porque me regalé un diario de lecturas y he retomado el hábito de devorar libros. He conectado con autores fantásticos, como Javier Montes, Hiromi Kawakami o Mathias Malzieu. He releído a Terenci Moix, cuya novela Olas sobre una roca desierta ha sido y será mi nuevo libro de cabecera porque «En algún lugar, supongo, tiene que haber algún reino, un mundo, un ser, una cosa, una sola idea que, nada más cogerla, me haga sentir un rey». Albert Espinosa ha sido muy decisivo también este año, sobre todo su mágico Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven. Sólo ahora me doy cuenta de lo importante que es ese título. Así pienso yo, y no quiero cambiarlo. Con Nada de Janne Teller aprendí las cosas a las que no quiero renunciar, y con Siddhartha de Hermann Hesse aprendí todo de lo que me puedo desprender para ser yo mismo. En mi corazón lector también hay un rinconcito para las lecciones de El arte de no decir la verdad y El año zen, libros que me han servido para sobrevivir en muchos momentos de este año.

En 2011 he encontrado nuevos faros cuyas señales me guían, como mis pizarras favoritas de toda Barcelona. Me he comprado por primera vez mi propia cama. Ya no necesito el llavero con forma de llave de Kingdom Hearts: primero se partió un trocito y hace unos días la cadena se rompió; no la arreglé, me limité a sonreír. He comprendido que se puede sonreír bajo la lluvia. Que hay que ser positivo siempre, y por eso en Facebook cada día lo he empezado colgando una canción que me sube el ánimo. It’s a beautiful life. He aprendido que hay que dejar espacio en la nevera para tener sólo las cosas que me gustan. Y también he comprobado que hay que perder el miedo a arriesgarse, porque prueba a prueba, vamos aprendiendo. Mejorando.

He salido mucho más, aprovechando no solo la soltería y las nuevas amistades sino también que ya no se puede fumar dentro de los locales y gracias a eso no me lloran los ojos y cuando vuelvo a casa mi ropa sigue oliendo a limpia. He probado alcoholes muy variopintos, y ahora los disfruto. He bebido por primera vez delante de mi madre, brindando con ella. Pero lo más importante de todo 2011 es que he mejorado la constancia. Me he propuse acabar mi primera novela antes de cumplir 30 años, y sé que lo voy a conseguir porque desde agosto, escribo como mínimo una página cada día. Además, por ahora estoy muy contento con los resultados. Y sé que retomar este blog a principios de año y tomármelo en serio me sirvió para, meses después, ser capaz de escribir de forma constante.

En 2011, por fin, puedo decir que he aprendido a disfrutar la soledad. No me ha importado estar solo. Me gusta tener tiempo para mí. Me gusta, por ejemplo, ir solo al cine y pedir una entrada y que a veces la persona de la taquilla no me entienda porque al parecer sólo oye los números pares. Pero también he disfrutado de los amigos, por supuesto. Han sido muy importantes, algunos incluso decisivos. He hecho nuevos amigos, pero también he redescubierto gente que ya estaba en mi vida pero con la que ahora los lazos se han hecho más fuertes. Con todos ellos he vivido cenas, Fireworks, conciertos, bar de los miércoles, noches de jueves, Xalupadas, Malasaña, cerveza japonesa, Blue Tropics, 43, Arenas y Átames y Museums (y Cangrejos y Metros), el Maresme, Lavapiés, tiradas de cartas, On The Floors, Cremas, Penúltimas, Udons y Recons, películas, risas, cumpleaños, simulacros, viajes, exposiciones, desayunos en el McDonald’s… muchas experiencias, mucha gente que ahora está en mi vida y de la que me ha gustado disfrutar y espero seguir haciéndolo el año que viene. Gracias a todos por estar ahí.

Por último, también quiero dar las gracias a quienes leéis este blog y contestáis a veces o incluso lo recomendáis. Nos vemos el año que viene: mañana mismo. 2012 va a ser aún mejor. De The Edge of Glory pasaremos a The Glory.

Más, por favor.

It was like Rockaway Beach in the month of June

«Si algo no te gusta en tu vida, tienes la libertad de intentar cambiarlo», reza el nuevo anuncio de Aquarius. Adoro el mensaje. Consumo poca publicidad (el efecto de encender la tele sólo para DVDs y videojuegos) pero reconozco que entre chorrada y chorrada, a veces se cuelan frases magníficas como ésta.

Me gusta que incentiven a la gente a arriesgarse. Cambiar tu nombre por uno menos convencional: cambiarlo como metáfora de tomar la iniciativa, elegir la ruta secreta, desoír las advertencias, apostar por lo desconocido. A la gente le da miedo el cambio. Adoramos a quienes se arriesgan (o venden la imagen de arriesgarse) pero a la hora de la verdad, nos asalta el vértigo si tenemos que tomar decisiones. Aunque sea para vendernos un producto, Aquarius nos recuerda que tenemos el derecho (¿o la suerte?) de elegir.

Llama la atención que estos anuncios tan vigorizantes suelan ser los de bebidas. Y es que quizá sean las bebidas el mayor icono de liberación, ocio, felicidad -a solas o con los amigos-, fiesta, verano, cambio, color. Cuando viajo al extranjero, tengo la secreta costumbre de probar las bebidas más raras que se me crucen: Coca-Cola de vainilla, Fanta de melón (la cosa más refrescante del mundo, pero sólo se vende en Japón), Mountain Dew de lima, etc. Impresiona la variedad que te puedes encontrar, y rara vez están malas. A veces te asustan esos envases con ciertos nombres y ciertos colores, pero no hay mayor satisfacción que atreverse a comprarlas y dar ese primer sorbo.

Capítulo aparte merecen los anuncios buenrollistas que anuncian cerveza, especialmente en verano. Suponen la idelización de esas vacaciones que a todos nos gustaría tener pero nunca nos atrevemos a hacer realidad. También es cierto que a veces aspiramos a demasiado. Damos vueltas y vueltas, esperamos que pasen trenes dorados y dejamos escapar los de plata y bronce porque no brillan tanto. Por eso me gusta el eslógan de Estrella Damm de este año, ligeramente irónico después de tantas imágenes bucólicas: «Las cosas normales pueden ser extraordinarias». Decidir cambiar y aceptar los resultados: no hay más.

¿Cuáles son vuestras frases fetiche?

Rubicon

«La suerte está echada» (alea iacta est), dicen que pronunció Julio César justo antes de cruzar con sus tropas el río Rubicon, que con su estrecho caudal marcaba el límite del poder del gobernador de las Galias. Con esta acción de rebeldía, Julio César dio comienzo a la Segunda Guerra Civil de la República de Roma. Cruzar el Rubicon, pues, significa entrar en un punto de no retorno, tomar una decisión consciente de las consecuencias que deberás afrontar, dejar atrás la tiranía en busca de la libertad.

La serie «Rubicon» demuestra ya muy buen gusto en la elección de su título. Buen gusto, simbolismo y declaración de intenciones. Porque de eso trata la serie, de tomar decisiones que lo cambiarán todo, de lidiar con las consecuencias y seguir adelante: «We all make choices along the way. Sometimes good, sometimes bad. But we choose. It’s what makes us unique, special» . Y en eso consiste la vida en el fondo, ¿no? De crearse un camino a base de decisiones, y no arrepentirse después, porque fueron las correctas.

Da gusto encontrar series así hoy en día, que huyen de los tópicos, no imitan a los formatos de éxito, no tratan al espectador como un niño al que hay que dárselo todo mascado. «Rubicon» apuesta encontrar por su propio ritmo (planos muy abiertos y largos, mucho silencio: ni rastro del montaje frenético que esperarías de una serie sobre conspiraciones e intrigas gubernamentales), prescinde de cliffhanghers en los últimos 15 segundos de cada capítulo a favor de una sabia dosificación de la información. Todo va llegando con cuentagotas, pero acaba llegando, y lo más importante: encaja.

Se exige una implicación total del espectador. Lo dice uno de los personajes: «Find the dots. Connect the dots. Understand the dots.» Hay que estar atento a los detalles, a las pistas, a las frases, incluso a los simbolismos (una tubería manchada de sangre como metáfora de lo que está por ocurrir).  La verdad que buscas siempre estuvo ahí, delante de tus narices; sólo necesitas encontrar las claves necesarias para interpretarla correctamente.

Por eso, en «Rubicon hay que ir uniendo las piezas que van soltando tan sutilmente y llegado al final, asombrarse de que por una vez los guionistas hayan construido un puzzle inteligente donde todo encaja. Sólo son 13 capítulos, pero qué inmensa satisfacción da llegar al final. ¿Final abierto? Sí: desgraciadamente, en el último momento AMC no renovó la serie. Pero, personalmente, no veo qué más habría aportado una segunda temporada. La conversación final es demoledora y sintetiza perfectamente qué ocurre en la vida real con estos asuntos. Me sirve como cierre de la serie.

«This job it’s all about not taking care of yourself.» Otra de las puntas de lanza de la serie es la manera de mostrarnos cómo este trabajo consume tanto a todos los personajes que ni siquiera tienen tiempo o ánimos de ocuparse de unas vidas personales que hacen aguas. Desde el protagonista hasta el secundario más discreto, pasando por los villanos, todos se ven superados por esa avalancha de informes, exigencias, horarios despóticos, amenazas y conspiraciones.

La madre recién divorciada que tiene que dejar a su hija en manos de su indeseable exmarido, el hombre con problemas en su matrimonio, la chica de inteligencia frustrada que se refugia en las drogas, romances incipientes que quedan en segundo plano porque hay que seguir investigando… Es angustioso verles ahogarse lentamente y sin remedio, y está todo tratado sin momentos lacrimógenos, sólo asistes a un realismo muy crudo. Y como ocurre con todo lo importante de esta serie, se insinúa más que se afirma: tienes que ir uniendo los puntos para entender y cogerles cariño a los personajes.

«It’s only bullets whistling by, they can’t kill you», sentencia uno de los personajes en el capítulo final en relación a las conspiraciones. Y tiene razón. Ahí están: silbando alrededor, amenazantes como una balada, pero si te mantienes al margen no te matarán, podrás seguir cómodamente con tu vida. Sólo cuando abres los ojos y las detectas, sólo entonces resulta tan fácil obsesionarse por ellas, cruzar el Rubicón y (entonces sí), luchar por la verdad y ponerse en peligro. Es sensacional asistir a todas esas escenas -muy tensas, puro thriller- en que la paranoia se va instalando en la vida de los personajes: se sienten en amenazados, espiados, perseguidos, inseguros. Pero siguen adelante porque saben que para ellos no hay marcha atrás.

Seguir con los ojos cerrados o despertar. Tomar la pastilla roja o tomar la pastilla azul. Decisiones, una vez más. Gracias, «Rubicon».